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BRRRRR… ¡Quién dijo miedo!

  • Monstruos, Ogros y otros inventos de la literatura para niños

En estas fechas propicias para la aparición de brujas y monstruos, resurgen esas preguntas frecuentes que se hacen los adultos en torno a las historias de miedo para los niños. ¿Qué efecto producen en ellos? ¿Es aconsejable leerlas? ¿Son las historias las que causan el miedo o, por el contrario, permiten expresarlo? Sobre esas y otras cuestiones habla este artículo de Yolanda Reyes.

Los cuentos que le leímos hormigueaban de hermanos, hermanas, padres, dobles ideales, escuadrillas de ángeles guardianes, cohortes de amigos tutelares que se hacían cargo de sus pesares, pero que, luchando contra sus propios ogros, encontraban a su vez refugio en los latidos inquietos de su corazón. Se había convertido en su ángel recíproco: un lector. Sin él, su mundo no existía. Sin ellos, él quedaba preso en la espesura del suyo. Así descubría la virtud paradójica de la lectura que consiste en abstraernos del mundo para hallarle un sentido.
Daniel Pennac. Como una Novela.

  • ¡Auxilio, un monstruo!

En una oscura, oscura noche, un niño se despierta gritando:
-¡Papá, mamá! ¡auxilio, un monstruo!
Papá llega corriendo y enciende la luz de la habitación.
-Vamos a ver, ¿dónde está el monstruo?- pregunta, con un tono de voz bastante incrédulo.
-No sé- duda el niño. Creo que estaba escondido debajo de la cama… o detrás de las cortinas, o entre el armario.
Papá revisa todos esos lugares y anima al niño a comprobar que no hay ningún monstruo en la habitación.
-¿Te das cuenta? –dice triunfante- Aquí no hay monstruos. Ahora, duérmete, que mañana tenemos que madrugar.
El padre apaga la luz y regresa a su cuarto. Sólo entonces, cuando ya se ha ido, el malvado monstruo sale de su escondite y vuelve a tomar su lugar en las tinieblas de la noche.

La escena anterior no pertenece a ningún cuento. Hace parte de la vida real. Tal vez le sucedió anoche a su hijo y es probable que suceda mil y una noches en todos los lugares de la tierra donde existan niños. Quizá, desde nuestra lógica, nos resulte incomprensible e incluso desesperante comprobar que la razón poco ayuda en estos casos. De nada valen los argumentos y el “sentido común” de los padres para demostrar la inexistencia de los monstruos que acechan en la oscuridad. Es más: podría decirse que los monstruos y los personajes siniestros son inherentes al mundo de los niños, a pesar de todos los esfuerzos de los adultos para erradicarlos del paisaje de la infancia. Aún si dejáramos de mencionarlos y si escondiéramos todos los relatos que, a nuestro juicio, dan miedo me atrevo a pensar que los niños se las arreglarían para crear sus propias ficciones tenebrosas.

¿En qué radica, entonces, el inmenso poder de estas criaturas? ¿Cómo se las han arreglado para sobrevivir durante milenios enteros, permaneciendo intactas en la memoria de tantas generaciones?

Para intentar posibles respuestas, conviene ampliar los estrechos límites de lo que llamamos “realidad “. Desde una cómoda perspectiva de “gente grande”, el término suele abarcar únicamente lo que sucede fuera de nosotros mismos; aquello que se puede medir, tocar, observar y ojalá fotografiar. En general, los adultos no consideramos que las realidades psíquicas hagan parte de “la vida real” y por eso nos resulta difícil entender que para los niños pueda ser tan real un helado de fresa como una poción mágica, o que quizás los atemorice más una pesadilla nocturna que un acontecimiento vivido verdaderamente.
El sueño de la educación muchas veces se reduce a lograr tempranamente que los niños “pongan los pies sobre la tierra” y que establezcan fronteras definidas entre realidad y fantasía, ignorando que se trata de una conquista progresiva que compromete procesos psíquicos bastante complejos.

Durante ese largo itinerario en el que se va construyendo la personalidad, el ser humano tiene contacto con realidades dolorosas que hacen parte de su mundo interior. La lucha con los monstruos del inconsciente, el descubrimiento de sentimientos no siempre buenos en nosotros mismos, la percepción de un cierto caos interior al que no nos resulta fácil dar forma, hacen de la infancia una época difícil. Basta con echar un vistazo a nuestra propia niñez para recordar miedos terribles y situaciones en las que nos sentíamos profundamente indefensos, vulnerables y confusos. Hasta el punto de que, si nos dieran a escoger, muchos evitaríamos volver a ser pequeños, con tal de no volver a pasar por los temores de la infancia.

De ahí, el enorme significado que tiene para los niños la literatura. Los tradicionales cuentos de hadas están llenos de personajes temibles: ogros, brujas, lobos feroces, malvadas madrastras… Los autores modernos más leídos por los niños tampoco evaden el tema. Maurice Sendak, el autor de “Donde viven los monstruos”, David McKee, con historias como “Ahora no, Bernardo” o el colombiano Ivar da Coll de “Tengo Miedo”, por citar unos pocos ejemplos, son leídos y releídos con devoción por los niños pequeños. Podría decirse que hay una fascinación compartida entre los autores para niños y sus jóvenes lectores, una especie de complicidad, frente a los personajes del miedo y frente a realidades como el dolor, la maldad, los celos, la muerte.

El tema ha dado para más de una polémica en la que, curiosamente, no son los niños los interesados sino sus padres y sus maestros. Con frecuencia, son ellos los que tildan a los cuentos de violentos y los que los acusan de causar temores “infundados” en los niños. Porque, a fuerza de despistar la memoria, muchos adultos se han ido creyendo el mito de la infancia como un paraíso perdido, como la época más feliz y despreocupada de la vida. En esa concepción idealizada, no caben la violencia, ni el miedo ni la maldad. Tampoco caben los cuentos, con su enorme poder para nombrar lo innombrable. Es como si el miedo fuera un perverso invento literario, ajeno a la vida real.

  • “De mi casa desterrada la palabra miedo”

En los talleres de literatura dirigidos a padres de familia, he escuchado más de una vez frases como esa. Con una gran dosis de ingenuidad y con las mejores intenciones, las madres se precian de escoger para sus hijos materiales de lectura sin escenas agresivas, tristes o miedosas. La creencia generalizada de que “el mundo es de por sí demasiado cruel para agregarle más problemas” tiende a buscar una literatura “rosa” o a adaptar los cuentos tradicionales, suprimiendo todos los conflictos que, a juicio de los adultos, puedan “herir la sensibilidad de los niños“. Las historias de personajes perfectos, muchas veces insulsos y aburridos o las de animalitos que viven en unas condiciones idílicas en el bosque o las versiones light de los cuentos de hadas, en las que Caperucita y su abuela alcanzan a esconderse en el armario antes de ser devoradas por el lobo, les encantan a los padres y a los educadores, deseosos de utilizar los libros para impartir enseñanzas y transmitir mensajes. A los niños, por el contrario, esas historias almibaradas y nostálgicas, les parecen un tanto sospechosas. Con razón suelen desconfiar de una “literatura” que se empeña en desconocer las “debilidades” de la naturaleza humana.

No se trata de afirmar que toda la literatura para niños deba ser “fuerte”. Se trata, más bien, de descubrir en los libros, los conflictos y las situaciones existenciales a las que todos los seres humanos nos vemos enfrentados desde muy pequeños. Justamente, el poder hablar acerca de aquello que nos preocupa, nos molesta o nos causa angustia, es ya un posible camino de solución porque implica salir de nosotros y poner las cosas afuera, para intentar mirarlas de otro modo. Esa es una de las principales funciones del lenguaje y de la literatura: la de expresar, traducir y dar forma a las emociones y a los sentimientos que tantas veces nos atormentan.

Citemos, por ejemplo, un cuento que a los adultos suele horrorizar y que muchas veces es eliminado del repertorio de las historias aptas para los pequeños. Estoy hablando, nada menos, que de Hansel y Gretel. La trama es espeluznante. Una noche, mientras los niños duermen, la malvada madrastra y su marido se quejan de lo pobres que están. Como no tienen con qué alimentar a los niños, ella sugiere que los abandonen en el bosque. La idea no es del todo descabellada ni perversa: quizás alguien se compadezca de ellos y encuentren un destino mejor. Lo que sigue, ya lo sabemos. Los niños escuchan y hacen planes, pero al final tienen que pasar por todo el lío de la falsa casa de chocolates y de la bruja y del horno, etcétera, etcétera.

Son escenas horribles, de verdad. Pero si pensamos en términos de símbolos la situación no es del todo ajena a cualquier niño de nuestra época y de nuestra ciudad, en cualquier clase social. Pongámonos en el lugar de alguien de dos o tres años. Es probable que haya escuchado conversaciones parecidas en el tranquilo seno de su hogar. La madre puede haber dicho cosas similares a las de esa malvada madrastra. Algo así como “ya no puedo quedarme más tiempo cuidando al niño, tengo que trabajar, porque no nos alcanza el dinero. Lo mejor es buscarle un Jardín…” Para el pequeño, que no tiene referencias concretas, la palabra Jardín suena tan desconocida y tan amenazante como el más terrible de los bosques. Y la sensación de abandono puede parecerle tan desesperada como la de Hansel y Gretel. Perderse en el supermercado, entre un bosque de piernas puede llegar a ser también una experiencia terrorífica. Poco importa que dure unos minutos. Para el niño, la noción del tiempo es diferente y la ausencia de la mamá es siempre una dolorosa incertidumbre.

Escuchar la historia de otros a los que ya les sucedieron cosas similares y que lograron, venciendo una serie de dificultades, resolver el conflicto, puede ser revelador para un niño. De manera simbólica, el cuento lo hace cómplice de otros que también tienen problemas. Le permite meterse en la piel del héroe, enfrentar los peligros, aceptar sus sentimientos agresivos, “quemar a la bruja entre el horno” y regresar ileso, sin necesidad de someterse, en la vida real a tan difíciles pruebas.

Desterrar de las lecturas de la infancia estas escenas que a simple vista nos parecen peligrosas, equivale a negar la validez de los sentimientos infantiles. Es creer que los niños no son seres humanos sino una especie de ositos de peluche. Es tenerle miedo al miedo y creer que, simplemente con dejar de mencionarlo, podremos librarnos de él. Y, en el fondo, es también una censura velada contra la libertad de expresión de los niños al señalarles temas vedados de los que, desde el principio, es mejor no hablar.

La psicoanalista Francoise Dolto afirma que “En el inconsciente, el ser humano lo sabe todo desde pequeño. La inteligencia del inconsciente es la misma que la de nosotros, los adultos. De manera que cada vez que tenemos ocasión de hablar a los niños de las cosas de la vida, hay que decírselas sencillamente como son.” (2)
Esa hipótesis recoge, a mi modo de ver, una de las principales características de la buena literatura para niños: Su capacidad para elaborar “las cosas de la vida, tal como son”.

  • “Los cuentos si lo permiten todo”

En ese sentido, los cuentos son sabios. En lugar de negar el miedo, lo afrontan y lo elaboran de una manera simbólica. El lobo, el ogro, el monstruo o la bruja, son personajes frente a los que se puede reaccionar y volcar en ellos lo que produce angustia. Esa angustia, que tantas veces es una sensación confusa e incierta, logra elaborarse en imágenes concretas y, de esa forma, encuentra salidas. A los personajes que la representan, el niño puede odiarlos y castigarlos y ser más fuerte que ellos. Puede, incluso, utilizar su inmenso poder de lector, para dejarlos prisioneros entre las páginas del libro, mientras él lo cierra, regresando a la “vida real”. Así va estableciendo esa sutil distinción entre ficción y realidad, tan necesaria para su existencia. En general, desde muy pequeños, los niños son capaces de intuir que el “Hace muchos, pero muchísimos años, en un lugar muy lejano” o el simple “Había una vez” son fórmulas de entrada a un mundo diferente del real, que se rige por sus propias normas. Para moverse con tranquilidad en estos dos territorios, el niño necesita un guía adulto que lo acompañe y le abra puertas, no un celoso guardián que le prohíba transitar por sus fronteras.

Además, en el mundo de los cuentos se puede andar con seguridad porque sus normas son muy estrictas. Por lo general, los temibles monstruos son castigados y los personajes indefensos logran superar una serie de difíciles pruebas, para encontrar, al final, lo que desean. Más allá de la posible “lección moral,” lo que le dicen a los niños estas historias, no es que el miedo no exista, sino todo lo contrario: que existe, que es válido sentirlo y que también es posible vencerlo. De ahí que muchas veces ellos disfruten con el ritual de escuchar una y otra vez el mismo cuento. Oírlo de nuevo es conjurar el miedo, es “jugar a asustarse otra vez”, es buscar, cada vez en el transcurso de la historia, nuevas claves para intentar descubrir un poco de sí mismos. Y cuando además se tiene la fortuna de escuchar el cuento cerca a un padre, a una madre o a un adulto que, con su voz cálida y su actitud protectora, transmiten seguridad y confianza, el niño recibe también otros mensajes diferentes al del cuento: siente que es acogido y comprendido y que no necesita siempre hacerse el valiente. Establece con los otros esa complicidad tan necesaria en la vida, esa sensación de que nadie, ni el más fuerte de los adultos, es perfecto e invulnerable.

Naturalmente, las historias que son tan significativas para los niños, esconden también sus propios riesgos. A quien las cuenta en grupo puede sucederle que se encuentre con un pequeño al que determinada historia llegue a aterrorizarlo. En ese caso, conviene saber que el miedo ya existía y que simplemente encontró una manera de salir. A propósito dice Gianni Rodari: “Si el niño siente el miedo angustioso de quien no consigue defenderse, es necesario reconocer que el miedo ya estaba en él, antes de que apareciese el lobo de la historia: estaba dentro de él como un conflicto escondido. El lobo es el síntoma que nos revela el miedo, no su causa.” (3)

De todas maneras, si los cuentos pueden servir de “pretexto” para que un niño nos diga algo que necesitaba urgentemente decir, bien vale la pena “el mal rato” de explicarle a la mamá que no fue la profesora quien traumatizó a su hijo, “metiéndole miedo con historias malvadas”. En cuanto al niño, muchas veces la simple oportunidad de conversar con alguien, de poner en palabras lo que lo atemoriza, es el antídoto más eficaz contra el más horrible de los monstruos.

Las historias tradicionales, que a todos nos inquietaron y nos fascinaron en la infancia, no son, en el fondo, más que eso: una manera de elaborar nuestros sueños y nuestras angustias más intimas. Por eso no pasan de moda y, por encima de las circunstancias particulares, tienen una significación universal. Hablan de sentimientos que todos hemos vivido: del temor a la muerte, de la agresividad que percibimos en los otros y, por qué no decirlo, de la que también intuimos en nosotros mismos.

A los niños les interesan esos temas, sobre todo porque los adultos no acostumbramos a conversarlos con ellos en la vida cotidiana. Nuestro instinto protector nos hace pensar que es mejor ahorrarles, hasta donde sea posible, todo sufrimiento. El problema de ese “ahorro” es que les evitamos, de paso, el sagrado derecho de sentir, de soñar despiertos y de llorar, como lloramos nosotros, en la oscuridad del cine, con las peripecias de nuestros héroes.

Ese sagrado derecho a identificarnos con criaturas de ficción es, a mi modo de ver, el más respetable de todos los derechos humanos. Es el que nos amarra a la trama del lenguaje, al tejido infinito de las palabras, de los símbolos y de la cultura. Es en ese territorio donde cada hombre, grande o pequeño, va escribiendo su lectura particular, en el libro inmenso de los tiempos.

Yolanda Reyes

Notas

(1) Dolto, Francoise. Tener Hijos 1. ¿Niños agresivos o niños agredidos?. Buenos Aires, Piados. Pg. 27.

(2) Rodari, Gianni. Gramática de la Fantasía. Introducción al arte de inventar historias. Barcelona, Reforma de la Escuela,1992. P. 164.

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Algunas cuestiones en torno al canon

Texto de María Teresa Andruetto*, leído en el II Congreso Argentino de Literatura, en la Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, en julio de 2006, en la Mesa de Literatura Infantil: «Acerca de los problemas del canon». Participaron Beatriz Actis, Lilia Lardone y María Teresa Andruetto. La coordinación de la mesa estuvo a cargo de Germán Prósperi.


*María Teresa Andruetto es una de las escritoras más reconocidas en el ámbito de la literatura infantil argentina (aunque esto sería encasillarla, pues escribe para diversos públicos y en muy diversos registros). En Espantapájaros decidimos publicar dos textos suyos que exploran las preocupaciones estéticas de toda una generación de escritores latinoamericanos que se preguntan sobre ese campo difuso que se denomina «Literatura Infantil» y que, pese a las etiquetas, se resiste a la comodidad y al encasillamiento. María Teresa Andruetto tiene la vocación de una autora polifacética que no sólo escribe para niños, sino que quizás escribe, simplemente.


 

Algunas cuestiones en torno al canon

1. Caña, vara, norma, regla, precepto, modelo, prototipo, son las acepciones de canon que nos da el diccionario. Debiera entonces partir de que la idea de un canon como norma, precepto o prototipo no me gusta. Que me gusta mucho más que la literatura sea un remolino, siempre desacomodándose…. porque -como ha dicho Lotman- es siempre dialéctica la relación entre lo canonizado y lo no canonizado en una cultura y ese movimiento permanente, hace que los que están fuera tiendan a ocupar el centro y pugnen por insertar sus modelos desplazando a otros que están dentro, porque no existe centro sin periferia y «lo literario» en cada caso, tiempo y lugar, precisa de lo «no literario» para definirse. De modo que todo canon necesita de la amenaza exterior – la amenaza de lo no canónico- y es de ese exterior no canonizado de donde provienen las reservas de la literatura que vendrá.

2. Presente/pasado. Un canon es una lectura del presente hacia el pasado, para decidir qué enseñar, qué antologar, cómo hacer para que ciertos libros permanezcan vivos y sean leídos por las generaciones que nos siguen. Lectura de lectores que nos arrogamos la facultad de dirigir las lecturas de los demás. Retomo la frase: para que ciertos libros permanezcan vivos y enseguida salta la paradoja, porque lo canonizado se fija, endurece, tiende a convertirse en monumento, o sea que en lo que respecta a la lectura como un acto irreverente (que es el concepto de lectura que me interesa), podríamos decir que tiende a morir. El Quijote convertido en brindis y celebraciones, del que hablaba Borges, o en un libro que no necesita ser leído porque ya lo han leído por nosotros las generaciones precedentes, como dice Raúl Dorra.

3. Cada lector construye su canon. Horacio González habla del pinchazo, Barthes habla de punctum. Se está refiriendo a fotografías, pero podría estar hablando de libros. Dice: «No soy yo quien va a buscarlo, es él quien sale de la escena como una flecha y viene a punzarme. En latín existe una palabra para designar esta herida, este pinchazo, esta marca…(…)…a ese elemento que viene a perturbar…lo llamaré punctum», dice, «pues punctum es pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte, y también casualidad». Cada (buen) lector construye su canon, más allá de lo que canonicen la academia, la escuela o el mercado. «La gloria de un poeta depende de la excitación o de la apatía de las generaciones de hombres anónimos que la ponen a prueba, en la soledad de sus bibliotecas (…) Yo, que me he resignado a poner en duda la indefinida perduración de Voltaire o de Shakespeare, creo (esta tarde de uno de los últimos días de 1965) en la de Schopenhauer y en la de Berkeley. Clásico no es un libro que necesariamente posee tales o cuales méritos, es un libro que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad», dice Borges.

4. Fervor/ Lealtad. Sucede con algunos libros: abren en nosotros una grieta que no nos permite olvidarlos. No se trata exactamente de los mejores libros, sino de aquellos que nos disparan una flecha que, como el amor, como el amado, no flecha a todos por igual. No atesoramos el libro mejor escrito sino aquél que, poseedor de un punctum que lo aloja en nuestra memoria, sigue preguntándonos acerca de nosotros mismos. Como el coleccionista que distingue una pieza única entre tantas y la retiene para sí, cada lector arma su canon personal. Libros como diademas excavadas en la lectura, dice Horacio González.

5. Canon y docencia. El intento de canonizar (seleccionar, fijar, detener y preservar) va unido a la docencia. Se trata de la discusión acerca de qué enseñar: ¿qué libros son los más representativos, los que vale la pena que lean las nuevas generaciones? Plantearse el problema del canon es entonces también -y particularmente en la LIJ- preguntarse acerca de cómo seleccionar las lecturas de los programas escolares.

6. Centro/periferia, alto/bajo, interior/exterior, estabilidad/ cambio, tradición/ vanguardia, previsibilidad/ imprevisibilidad, memoria/olvido, están en el corazón de estas cuestiones en torno al canon. Especialmente quisiera detenerme en la dupla memoria/olvido: la selección de unos textos y el olvido de otros. Así, lo que es seleccionado, perdura – perdura porque es valioso, porque perdura adquiere valor- y lo que es más longevo puede considerarse de mayor calidad, con lo cual (y esa idea sí me gusta) lo canonizado estaría en las antípodas de la búsqueda de la novedad (que es muy diferente a la búsqueda de lo nuevo), me refiero a la novedad novedosa y efímera que reclama el mercado.

7. Vara para hacer mediciones, el canon -qué lee, qué debiera leer una generación- es también un instrumento de control social. Retomo uno de sus sentidos: vara para hacer mediciones, así es el canon que aparece en los suplementos culturales de los periódicos masivos bajo el título de Los libros más vendidos, o en notas literarias que responden a operaciones editoriales de publicidad solapada. Canon efímero que dirige las ventas y preparan con fervor los especialistas en mercadotecnia.

8. Canon de autores/ canon de textos. En la actualidad, los cánones de autores han sido sustituidos por los cánones de obras. La Literatura Infantil, sin embargo, en un procedimiento que apenas hace unos años ha comenzado a resquebrajarse, ha ido a la cola de ese concepto porque ha canonizado mucho más que textos, a autores. Se trata de un modo de canonización más peligroso, que puede convertir a un autor en marca registrada, arrimando de un modo indiscriminado hacia la totalidad de su obra -incluidos muchas veces textos sensiblemente menores, o una repetición infinita de sí mismos- grandes volúmenes de compras. Canon como proposición de un único ideal de escritura, cuando el rasgo propio, particular y diverso, el desvío, para decirlo con palabras del poeta Nestor Perlongher, es lo verdaderamente interesante en el proceso creativo. Tanto tiempo buscando el trazo personal, para que después quieran que pinte como todos, me decía hace poco Jorge Cuello. Así ha venido sucediendo en la LIJ argentina: proliferación de escrituras «a la manera de» ciertos autores ya consagrados…. pléyades de escritores repitiendo sus procedimientos hasta el punto de no poder distinguir un libro de otro y pléyades de seguidores repitiendo hasta el cansancio temas, modismos, recursos de escrituras que ya han obtenido un lugar y cuyas ventas están garantizadas.

9. La LIJ no ha sido considerada por la academia. La queja de los autores, acerca de que la Literatura Infantil no ha sido considerada por la academia, es constante, la venimos repitiendo desde los primeros años ochenta, pero ¿no es acaso el olvido de la academia lo que ha favorecido la proliferación de escritores y escrituras de dudosa calidad que se venden en cantidades que un escritor que publica en el circuito adultos no podría soñar? Olvido de la academia. Inexistencia de la crítica. Nulo riesgo editorial y la escuela como mercado cautivo. Esas son las cuatro patas que nos han traído hasta acá, o por lo menos hasta un momento que fijaría en torno a la debacle del 2001, cuando se empieza a percibir un incremento del interés académico, un comienzo de desarrollo de la crítica especializada y el nacimiento de nuevos (pequeños y de capitales nacionales) emprendimientos editoriales.

10. Variedad/uniformidad. ¿Cómo se hace para estar en el centro y en los márgenes? En toda cultura trabajan dos mecanismos contrapuestos: la tendencia a la variedad y la tendencia a la uniformidad. También sucede eso al interior de cada escritor y entonces la escritura se coloca en un punto de tensión entre esos dos extremos: diversidad/ uniformidad. Mientras preparaba estas líneas me llegó una entrevista a Enrique Butti. Leo un párrafo porque dice, de un modo más eficaz que el de mis palabras, la posición en que me interesa colocarme a la hora de escribir: «Lo que debe preocuparle al escritor es tratar de escapar de sus límites o, por lo menos, tratar de cavarse túneles, fosos, pozos, ir más allá. Nuestra época canta loas a los escritores bien pautados y de senderitos asfaltados, cuando no de bien señalizadas autopistas. La alternativa la constituyen los autores que, merced a su vagabundeo, han dilatado los alcances y la amplitud de su estilo, autores preocupados no por estampar su firma en cada línea de sus libros, sino arrebatados por saltos mortales siempre más allá…» El cambio de género y de potencial lector han sido para mí modos de escapar a los encasillamientos que Butti llama «senderitos asfaltados o bien señalizadas autopistas». Yo podría, a esta altura de los años, visto cómo van las cosas, dedicarme exclusivamente a escribir libros para los chicos. Es ése un espacio en el que he alcanzado cierto reconocimiento, no tengo mayores problemas para colocar editorialmente lo que produzco y a su vez, los libros que he publicado -sin ser yo nunca un éxito de ventas- se han sostenido a lo largo del tiempo, de modo que devienen en liquidaciones de derechos de autor que -de dedicarme yo a tiempo completo a producir ese tipo de textos- engrosarían. ¿Para qué entonces escribir poesía, por ejemplo, para editarla en ediciones pequeñas, alternativas, a cambio de unos pocos ejemplares de obsequio? ¿Por qué escribir cuentos que, como dicen a coro los editores, no se venden? Sin embargo, cada vez que termino un proyecto de escritura (o cuando lo abandono porque no funciona como quisiera) me cruzo a viejos borradores que están en una búsqueda diametralmente opuesta a la que tenía entre manos. Es que no se trata sólo de escapar a los encasillamientos o etiquetas que puedan ponernos los lectores o los editores, sino sobre todo a los propios encasillamientos, etiquetas y estereotipos. Se trata de generar estrategias para permanecer en constante desacomodo, si es que uno entiende la escritura como una exploración, un camino de conocimiento.

11. Adecuación / exploración. En relación a esto, quisiera leer unas líneas sobre Carver, escritas por su mujer en el prólogo a uno de sus libros de poemas, porque tienen que ver con la exploración, con ese desacomodo interno al que me refiero, con la dialéctica entre el propio centro y los propios arrabales: «Ray utilizó su poesía -dice Tess Gallagher- para sacar al tigre de su escondite… (…)… desobedecía a sabiendas las presiones que le hacían para que escribiera relatos porque era en lo que se centraba su reputación y por lo que recibía mayores recompensas en términos de reputación y de público. No le importaba. Cuando recibió el premio Mildred and Harold Strauss, concedido sólo a escritores de prosa, inmediatamente se sentó y escribió dos libros de poesía. No estaba ‘haciendo carrera’; vivía una vocación y eso significaba que su escritura, fuera poesía o prosa, estaba ligada a unos mandatos íntimos que insistían más y más en una aprensión crecientemente inmediata de sus asuntos…» He traído este párrafo también para decir que se necesita tener un sentido ético sin fisuras para sostener lo que él sostuvo y aquí se ha dicho. Y para decir también que la ética de lo estético -la búsqueda de esa verdad interna de escritura- es para mí (ahora que hablamos de centro y periferias) central en un escritor y, aún más, que se trata de una construcción que lleva toda la vida. Centro del hacer que se sostiene por la posibilidad interna de forzar los propios límites, de explorar los linderos de la experiencia, los propios arrabales.

12. Tradición/vanguardia. Todo escritor se coloca en algún punto entre la tradición y la vanguardia, pero dónde debe buscar la tradición o la vanguardia un escritor que escribe «para niños», ¿en la tradición literaria universal?, ¿en la tradición universal de la literatura destinada a los niños?, ¿en la tradición literaria argentina?, ¿en la literatura argentina para niños?, ¿en qué tradición debe/quiere/puede inscribirse una escritora argentina de hoy que entre sus libros ha escrito algunos destinados a jóvenes lectores?

13. Literatura/ Infantil. ¿Qué está primero? ¿El sustantivo o el ambiguo adjetivo? ¿De qué padres aprender? Aún cuando leo considerable cantidad de libros destinados a niños y jóvenes, incluso mucho material inédito en mi reciente función de directora de una colección de libros para jóvenes, desde aquellos tiempos hasta hoy, se ha construido en mí y ha permanecido, la idea de que hay que buscar a los padres en el campo de la literatura, sin adjetivos.

14. La literatura infantil/ Los comienzos.
Empecé a trabajar en la Literatura Infantil en un tiempo que era al mismo tiempo el de final de la dictadura, el del inicio de mi maternidad y el de la fundación de CEDILIJ, institución que contribuí a formar y que a su vez me formó, un tiempo – fines de 1983/ comienzos de 1984- que los investigadores han empezado a considerar como los años de constitución del campo. En ese marco de fervor democrático naciente, fundamos -durante el filo de los años 83/84- un centro de LIJ, en busca de un espacio más específicamente literario en relación a este tipo de libros, un espacio que se opusiera a posturas más conservadoras y utilitarias. Lo que buscábamos revisar, cuando no combatir, era los fines didácticos, los textos funcionales, la escolarización de los textos destinados a los chicos. Veníamos de hacer estudios literarios, casi todas egresadas de la carrera de Letras, y queríamos plantarnos lisa y llanamente en la literatura. Si hay un adjetivo que yo le hubiera dado entonces a la LIJ, además de «didáctica» (palabra que usábamos para repudiar todo lo que no nos gustaba) ese adjetivo hubiera sido «marginal», ella – la Literatura Infantil y Juvenil- era por entonces algo que estaba en los márgenes de la literatura y en las orillas del mundo editorial y, tal como nosotros la entendíamos, estaba fuera de la escuela y lejos de todas las estrategias de ventas. Estaba en los márgenes y nosotros queríamos llevarla al centro. Al centro de la escuela, por sobre todo. Al centro de la escuela convertida -lo decíamos con orgullo- en verdadera literatura. Nuestras innumerables charlas, jornadas, cursos, seminarios y encuentros de aquellos años comenzaban y terminaban casi invariablemente con la frase «porque la Literatura Infantil también es literatura»

15. Terratenientes/inquilinos. No pertenecer de un modo exclusivo a este campo, compartir este hacer escritural con otros (la narrativa o la poesía para adultos, como es mi caso) tiene a la hora de la difusión sus desventajas. Ya se sabe: todo campo reclama pertenencia, demanda fidelidad. Sin embargo, a la hora de elegir novelas, libros de cuentos o de poemas para la colección destinada a jóvenes lectores que dirijo, lo más interesante proviene casi siempre de escritores que no escriben exclusivamente para niños o jóvenes, como es el caso de César Bandin Ron y su libro de poemas experimentales Sumamente hormiga, o las novelas de David Wapner, o una novela de Angeles Durini que tengo entre manos, incluso a veces provienen de escritores que tal vez nunca se han puesto a pensar en un lector joven, como es el caso de Hebe Uhart de quien estoy preparando una selección de cuentos. Es que a mí me gustaría un campo de LIJ que no tuviera terratenientes, sino inquilinos, visitantes y viajeros, gente que lisa y llanamente escribe, y en cuya escritura asoma a veces algún escrito que puede ser leído por lectores niños o jóvenes. Como ha pasado con Clarice Lispector, Ionesco, Saramago, Bradbury, Colasanti, Dino Buzzati o Calvino… un campo de florcitas a la manera de aquellas que plantó Daniel Divinsky alguna vez. Me parece que en un campo de esas características podríamos decir con facilidad porque la literatura infantil también es literatura. Y sería cierto.

16. ¿Al centro de qué? En aquellos años nuestro mundo y el mundo de todos era tanto más bipolar que el de hoy y entonces era sencillo saber de qué lado se estaba y contra quiénes disparábamos nuestros dardos. Ciertos autores de aquel tiempo (ninguno de ellos ha perdurado), ciertas colecciones y editoriales (hoy todas desaparecidas), ciertos espacios de formación, no eran para nosotros recomendables. Más aún, en muchos casos eran de un modo franco nuestros enemigos, pues tras los libros de escaso o nulo valor literario que escribían, editaban o difundían, se atrincheraban posturas ideológicas que repudiábamos. Teníamos muy en claro que había que difundir a otros autores y a otros libros, y que había que fundar otras editoriales y revistas y, por sobre todo, que había que construir otra calidad de mediadores. Todo (o casi todo) estaba por hacerse y teníamos para recomendar a unos pocos escritores, cada uno de ellos con uno, dos, no muchos más, libros publicados. Lo que a nuestro juicio era por entonces recomendable y, casi sin excepciones, lo que perduró de los años ochenta hasta nuestros días, lo hemos canonizado nosotros (me refiero al conjunto de instituciones, publicaciones, congresos y editoriales que surgieron entonces) en nuestros cursos, seminarios, campañas de lectura, revistas, reconocimientos públicos y reseñas. Empezamos por tender un puente entre aquel ayer apocalíptico y este hoy integrado pero luego, en aquel futuro que es hoy nuestro presente, a veces, muchas veces, no supimos distinguir -entre los innumerables libros editados que llegaron más tarde- aquellos libros que podían revelarnos algo sobre nosotros mismos… de otros que eran puro papel inútil, letra impresa incapaz de decir nada.

17. Utilitarismo, mercado y otras yerbas. Debemos situar ese nacimiento del campo, nuestra inserción en ese campo, y el fervor militante de entonces en el contexto social: fin de la dictadura, ilusionado renacer de la democracia, primavera alfonsinista. Estábamos construyendo algo nuevo y paralelamente estaba el mundo. No éramos un hongo solo en medio del campo, habitábamos un contexto que reclamaba esos nacimientos y escuchábamos a una escuela que estaba pidiendo otra cosa. Desde ese lugar mirábamos hacia atrás ciertos modelos, la escasísima tradición de la literatura infantil que nos precedía: Javier Villafañe, María Elena Walsh, Syria Poletti, María Granata, José S. Tallon, Laura Devetach, Nelly Canepari, Edith Vera, Jorge W. Abalos… – algunos con apenas un libro publicado o incluso con copias mecanografiadas circulando por fuera de todo mercado- conformaban para nosotros el pequeño universo modelo de este campo literario naciente, incipiente, en los primeros ochenta. Fueron años de militancia por el libro, por la lectura, por la literatura, años fuertemente cargados de voluntarismo, sentido militante y grandes ideales. En ese arremeter nuestro de entonces hacia el centro de lo instituido para generar un nuevo canon -en el que aparecieron en escena Graciela Montes, Graciela Cabal, Gustavo Roldán, Ema Wolf, Ricardo Mariño…entre otros, lo que sumado a los nombres anteriores podría considerarse como el canon fundante- dos cuestiones asomaban como grandes desafíos a resolver en el futuro, dos cuestiones -debemos también decir- que aún están pendientes. Una de ellas tiene que ver con el acecho de nuevas formas de un utilitarismo que no ha cesado, apetencias didácticas no ligadas ya a los buenos modales sino a lo que se podría llamar nobles ideales, cuestiones como la función social de los textos, la educación en valores, la preocupación por lo que entonces llamábamos «temas tabú», cuestiones que persisten hoy de muchas maneras, groseramente explícitas o de modos más sutiles, tal como lo refieren las reflexiones hechas por Marcela Carranza en La literatura al servicio de los valores, o cómo conjurar el peligro de la literatura publicada en Imaginaria, o por Cecilia Bajour en Abrir o cerrar mundos: la elección de un canon, leída en noviembre de 2005 en el Seminario Internacional Feria del Libro Infantil de México, o las reflexiones de ambas en Abrir el juego en la literatura infantil y juvenil, publicada también en Imaginaria o las de Claudia López sobre las Venturas y desventuras del canon literario en la escuela, publicada en La Mancha, así como las permanentes reflexiones de Graciela Montes acerca de los mandatos y corrales de la zona literaria que nos ocupa. La otra cuestión, más mediata, imprevisible por aquellos años tiene que ver con la creación de lectores y la promoción de la escuela como la gran compradora de libros, lo que devino en la explosiva aparición del mercado y sus estrategias de venta: canonización de autores más que de textos; aceptación de libros «sobre tablas» sin decantación crítica; (más) venta de lo que se vende más, considerando las cifras de ventas como única muestra de calidad bajo la idea de que debe ser bueno si a los chicos les gusta (lo que se promociona con obsceno merchandising….) y algo más que apareció junto a todo eso: la banalización de la figura del escritor contratado para ir a las escuelas con el objeto de llevar a cabo una suerte de «animación de sí mismo» que, si en un comienzo tenía el buen propósito de provocar un encuentro con los lectores, a menudo termina convirtiéndose en una acción que en lugar de llamar la atención sobre el libro, lo reemplaza.

18. Una mesa de muchas patas. En fin, que un campo debe sostenerse por varias puntas: los estudios académicos, la rigurosidad del aparato crítico, la formación lectora de docentes bibliotecarios y otros mediadores, la ética estética de los creadores, la capacidad de riesgo de los editores. Me parece que buena parte de lo que ha sucedido en términos de gran circulación de tantos libros pobrísimos en la LIJ de nuestro país, tuvo que ver con la – por lo menos hasta hace unos años- escasa o nula existencia de espacios de investigación y crítica y con el corrimiento de un modo de lectura alerta en las legiones de mediadores, formadores, maestros, bibliotecarios, coordinadores de talleres y técnicos de programas y campañas de lectura, lo que dejó a los grandes grupos editoriales el campo bastante libre en eso que podríamos llamar la conquista de la escuela.

19. Lectura alerta y flechazo. Lectura alerta, me digo. Alerta al pinchazo del que habla Horacio González o al punctum de Barthes, a eso que se produce cuando no lo esperamos, cuando olvidados de los destinatarios para los que podría llegar a ser «apropiado» leerlo, olvidados de su posible utilidad en clase e ignorantes de su eficacia para enseñar tales o cuales cosas, olvidados también de lo que estábamos buscando en él, el libro que tenemos en las manos nos hiere, deja escapar una flecha que nos punza y nos perturba. Libro que cuando nos llega es pequeña mancha, agujerito y también casualidad, alegría de haber sido flechados, ignorando el después, el sin más y el para qué, olvidados también de eso que debíamos hacer: escribir unas líneas sobre los problemas del canon.

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Algún día

Cuando este libro llegó a nuestra librería, hace un par de años, no habíamos oído hablar de él. Lo leímos y nos conmovió tanto que empezamos a recomendarlo a todas las mamás que nos visitaban. Y un día el libro se agotó.

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Hoy estamos felices porque ayer por la tarde volvió a llegar. 

Es un cuento de la escritora norteamericana Alison McGhee, ilustrado por Peter Reynolds y publicado por Serres. Cuenta la historia de una mamá que, mientras vigila el sueño de su hija, recuerda sus primeros días de vida, se da cuenta de cuánto ha crecido y sueña con la vida fascinante que le espera. 

Algún día es un libro perfecto para leer con los niños. Habla sobre los aspectos más sencillos y especiales del amor y la vida. Como dice la protagonista, «… algún día, desde el porche de casa, observaré cómo me dices adiós con la mano, hasta perderte completamente de vista. Ese día, te volverás a mirar la casa y te preguntarás cómo algo que se siente tan grande puede verse tan pequeño.«

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Los más mordidos de este semestre

Todos los semestres, el equipo de Espantapájaros hace la lista de los libros más mordidos para seguir aprendiendo sobre las relaciones impredecibles, íntimas y muchas veces reiterativas que se establecen entre niños y libros. ¿Por qué un niño necesita llevar siempre el mismo libro y pedir sucesivas relecturas a sus padres? ¿Por qué los libros elegidos nos cuentan lo que muchas veces los niños no saben nombrar aún o no saben siquiera que les está sucediendo? ¿Por qué la literatura habla a los niños en un lenguaje cifrado y secreto y les permite tener profundas conversaciones sobre la vida? ¿Cuál es el lugar del adulto en este proceso? ¿Qué tanto debe intervenir, nutrir el gusto, pero también propiciar y respetar el criterio del lector?

Compartimos con ustedes los libros que tuvieron más éxito este semestre entre los exigentes lectores de Espantapájaros:

 

Harold y la crayola morada, de Crocket Johnson

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¿Has visto a mi gata?, de Eric Carle

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¡Grrr!, de Jean Maubille

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Nuestra Directora: «El botín del ICBF»

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En su columna para El Tiempo, de hoy, lunes 7 de julio de 2014, Yolanda Reyes escribió:

.EL BOTÍN DEL ICBF

En su carta de renuncia a la dirección del ICBF, Marco Aurelio Zuluaga presenta una rendición de cuentas que preocupa, justamente, por las cuentas. Habla de contratos “cercanos a 3 billones de pesos anuales” y considera un logro de su gestión que ahora se ejecutarán por convocatoria pública, lo cual lleva a preguntarse cómo se ejecutaron antes. Menciona también 7 millones de “usuarios”, 8 mil “operadores”, cerca de 12 mil “colaboradores”, más “63 mil madres comunitarias incorporadas al mercado laboral normal” y agrega, como quien suma niños con Bienestarina, casi un billón de pesos para comprar alimentos.

Entre esa mezcla de cifras hay una frase que suena cínica, viniendo de alguien que se caracterizó por su desconocimiento del sector, pero que sintetiza, a la vez, la oportunidad y la amenaza del ICBF. Se trata, dice el ex director, de “un instituto desconocido que se tiene que dar a conocer a todos los colombianos, propiciando un control social sobre la ejecución de los recursos”. Ese “desconocido”, en efecto, cuenta con un presupuesto de 5 billones de pesos que se puede manejar desde la 68 en Bogotá y que llega hasta el último rincón del país. Tener esa plata y esa posibilidad de ejecución lo convierte en botín para pagar favores políticos, con la ventaja de que los temas de infancia están bastante a salvo de controles periodísticos, ciudadanos y políticos. Es tan apetecible el botín que hasta los Nule recibieron contratos de interventoría en la torta de la Bienestarina, pero eso no lo recuerda la ciudadanía con indignación similar a la que suscitaron los desfalcos en obras públicas.

Sin embargo, además de la amenaza que entraña el hecho de ser tajada política, el ICBF escenifica el eterno dilema presidencial entre clientelismo y meritocracia y, por ello, es un laboratorio en el que veremos a Santos decidir entre pagar los favores con niños, o jugársela por un director(a) técnico(a), que convierta al ICBF en protagonista de las transformaciones anunciadas. Si, como prometió en campaña, “ser el país más educado de América Latina en 2025” requiere brindar atención integral de calidad a 2.4 millones de niños en primera infancia, su apuesta en la dirección del instituto encargado de educar a la población infantil más vulnerable del país marcará una diferencia entre el dicho y el hecho.

A ese desafío se suma el de liderar la construcción de un país en paz, pues más allá de cualquier conversación, son los programas de prevención y de protección del ICBF los que garantizan la implementación del Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes, el liderazgo en asuntos cruciales como el reclutamiento ilegal de niños y la garantía y la promoción de derechos de la infancia, sin los cuales la paz es solo discurso. Esos dos pilares –educación y paz– requieren de un aliado que se la juegue desde el ICBF por la implementación de la Ley de Infancia y Adolescencia, que fue aprobada en 2006 y no ha podido ser aplicada por falta de directores comprometidos con ella. Y no se puede concluir sin mencionar la Bienestarina, un asunto que comprueba la falta de control político, pues fabricar “concentrado” para pobres en pleno siglo XXI, pese a que los estudios recomiendan modalidades más eficaces como los micronutrientes (o la comida, simplemente) es una aberración que no sabemos quiénes se niegan a desmontar, y que solo alguien con liderazgo, independencia y respaldo del Presidente podría evaluar.

La decisión de Santos sobre la dirección del Instituto ejemplificará lo que podemos esperar de su segundo mandato. Si vuelve a decir que “el ICBF es para la U”, le dará la razón a quienes lo acusan de tener un doble discurso y una doble moral. Es una situación que conlleva una elección y que nos muestra un carácter.

Yolanda Reyes

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Nuestra Directora: «Mechas y los intelectuales»

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En su columna para El Tiempo, de hoy, lunes 23 de junio de 2014, Yolanda Reyes escribió:

.«MECHAS Y LOS INTELECTUALES»

Dicen que en la pasada campaña electoral hubo dos tipos de mensajes que inclinaron la intención de voto: de un lado, el video de Mechas, una mujer “humilde” –nótese el eufemismo con el que fue caracterizada– que anunció votar por “Juan Pa”, como llamó a Santos, porque prometía regalar casas a los pobres; y de otro lado, el respaldo de los llamados “intelectuales” –no todos, como generalizó el presidente, pero sí bastantes – que  firmaron cartas de adhesión y escribieron columnas intentando explicar por qué su decisión electoral debía ser imitada por sus lectores. Incluso algunos revivieron sus tiempos gregarios de la adolescencia pintándose las manos con mayúsculas de PAZ y dibujitos de palomas.

Conviene tomar un poco de distancia, mientras volvemos a convertirnos en carnada de políticos de las siguientes elecciones, para interpretar lo que nos están diciendo esos mensajes acerca de nuestras competencias como electores y, no es un juego de palabras, sobre nuestras competencias como lectores.  

Se trata, en el fondo, de la misma vieja brecha entre eso que algunos siguen denominando “el pueblo” y esa supuesta élite llamada “los intelectuales”, bajo la cual se engloba no solo a quienes trabajan con las artes, las letras, el periodismo o la academia, sino a quienes  detentan el poder de la palabra. Me refiero a ese poder para contar y ser tenido en cuenta, que es uno de los bienes más desigualmente repartidos en Colombia y que se relaciona con “privilegios”, como recibir educación de calidad, casi siempre privada, y tener cercanía con el poder político, económico y social. Los intelectuales, para nadie es secreto, mantienen  continuos coqueteos con el poder y la farándula, como se ve en las páginas sociales que parecen del tiempo de los criollos ilustrados.

Del otro lado, en cambio, está el llamado “pueblo”, representado por Mechas, y aunque no es claro si el video fue espontáneo o prefabricado, fue explotado por la campaña de Santos y por eso es revelador leer entre líneas su mensaje. En primer lugar, parece insinuar que una “mujer humilde” no tiene la capacidad –ni el derecho ni el deber– de tener información básica sobre los candidatos que elegirá (si los llama Juan Pa y Zurriaga, se infiere su falta de conocimiento). Sin embargo, en vez de preocupar al presidente y a los electores, su desconocimiento se celebra de forma paternalista e indulgente, como si fuera representativo de la idiosincracia del “pueblo colombiano”.  En segundo lugar, se trata de la vieja concepción asistencialista que ha orientado las relaciones entre el Estado y los ciudadanos en condiciones de pobreza: el gobernante es dueño de los dineros públicos y, en su infinita generosidad, sortea y reparte dádivas, en vez de garantizar derechos.

Cabría preguntarse por qué la perspectiva de derechos, que es un pilar de la Constitución de 1991, no ha logrado desterrar esa cultura de la dádiva. En vez de proponer otras relaciones, los candidatos Santos y Zuluaga les prometieron casas y subsidios a las familias pobres, para explotar no solo la pobreza material, sino la pobreza simbólica, pues cambiar votos por casas es insultar la inteligencia ciudadana negando el derecho de elegir, de informarse y de exigir.

En medio de esos dos estereotipos, -intelectuales e ignorantes- se  reafirma la necesidad de formar una ciudadanía que se constituya en masa crítica para sustentar el ejercicio democrático. Porque la capacidad para pensar, leer, escribir y decidir no es patrimonio de los “intelectuales” sino un derecho de todos. O para decirlo con la frase que hizo célebre Gianni Rodari, en su Gramática de la Fantasía, “Todos los usos de las palabras para todos. No para que todos seamos artistas sino para que ninguno sea esclavo”.    

Yolanda Reyes 

 
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Nuestra Directora: «No saben, no responden»

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 9 de junio de 2014, Yolanda Reyes escribió:

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No saben, no responden

Cansada de discusiones sin contenido, de cartas de adhesión de gremios y cacaos, de patéticas “volteadas” de antiguas candidatas y de “confesiones” sobre por quién votarán, hechas por columnistas de opinión, se me ocurrió –ilusa yo– que algunos lectores inclinados hacia el voto en blanco o la abstención podrían necesitar información especializada en temas importantes, como educación. Y pensé que a los candidatos podría interesarles, en esa desesperación por captar votos, contestar siete preguntas sobre el tema.

 Calculé que, juntando a los abstencionistas con los del voto en blanco, podrían sumar un 70% de electores potenciales y que, según había leído en los dos programas de campaña, los maestros seríamos el centro de una transformación educativa. Así supuse –ingenua yo– que por pertenecer a este “importante” gremio de maestros, y por el hecho de escribir sobre educación en este diario, los candidatos, o sus publicistas, contestarían mis preguntas. Había leído concienzudamente ambos programas educativos y los había encontrado casi idénticos. Y, en medio de los lugares comunes sobre bilingüismo, primera infancia, jornada única y el Sena y bla, bla, blá, quería identificar matices que diferenciaran a Santos de Zuluaga.

Ojalá te contesten, dijeron los colegas más crueles –o más realistas–, pero jamás me imaginé que Óscar Iván y Juan Manuel dejaran de pronunciarse frente a un tema que consideraban crucial en sus programas y sobre el cual les pregunté con la intención de que ustedes, los lectores, tomaran decisiones informadas. Sin embargo, ninguno de los dos se pronunció. Envié el cuestionario a sus contactos de campaña, y colombiana como soy, también contacté a personas que pudieran tener acceso directo a los candidatos, pero nada. Aquí van las preguntas, a ver si alguien de este diario tiene suerte y les pide que respondan alguna esta noche, en el debate:

1. Liderazgo del Ministro (a) de Educación: Les pregunté por el perfil de sus posibles candidatos para el MEN y quise saber si elegirían un énfasis político, técnico o administrativo. Pedí nombres, porque suelen hablar maravillas educativas, en abstracto, y luego le entregan la cartera a una amiga de la esposa… Tal vez por eso no me contestaron.

2. Les pregunté sobre el PIB que destinarían a Educación, pero más allá del porcentaje, quería saber cómo se financiaría semejante inversión educativa que prometen. ¿Quiénes pagarían/ pagaríamos el aumento del presupuesto educativo y con qué impuestos: directos o indirectos? Les pedía especificar si era con IVA, con un tributo de empresarios, al estilo del impuesto de guerra, o cómo íbamos a financiar la maravillosa educación de la que hablaban.

3. Sobre la jornada única de ocho horas en la escuela siempre ha habido consenso electorero. (Incluso Petro la prometió a Bogotá). Sin embargo, quise saber cuál era la forma de hacerla realidad de cada candidato. ¿Qué presupuesto le destinarían en el cuatrienio; cuál sería la metodología (en etapas, regiones y costos) y qué resultados podíamos esperar/evaluar en su gobierno?  

La cuarta pregunta tenía que ver con el balance entre lo público y lo privado y se centraba en los colegios por concesión: ¿sí o no?; la quinta indagaba por la manera como veían reflejada la paz en la política educativa y por las premisas para construir una cultura de reconciliación y de respeto por las diferencias desde la escuela; la sexta preguntaba por las tres premisas fundantes del discurso pedagógico de cada candidato, y la séptima quería saber cómo trabajarían con los maestros y, concretamente, con Fecode.

Juzguen ustedes si es cierto que a los candidatos les interesa hablar en serio sobre educación. Yo, francamente, no lo creo. (Ni les creo).

Yolanda Reyes 

 
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Cinco razones para pasar las vacaciones en Espantapájaros

NinosLibreros

1

La casa de Espantapájaros es grande y hay libros por todas partes: libros para morder, porque a los más chiquitos les gusta leer con la boca y probar el mundo. Libros para hojear, tocar y mirar, porque los libros entran por los ojos y son como museos, abiertos a todas horas. Libros para reírse, para llorar y para sentir, porque cada libro es una historia y cada autor cuenta la suya y cada lector lee también desde su propia historia. Libros para ser contados, cantados y vividos, porque en Espantapájaros siempre hay alguien disponible para leer el libro favorito de cada niño y abrazarlo y conversar…

2

Espantapájaros se puede desordenar, como se desordena la casa de la abuela cuando van los nietos y hacen un barco pirata en la sala. O como cuando los papás eran chiquitos y se reunían con los primos en vacaciones para hacer comedias, jugar a la tienda, hacer la casa en el árbol, preparar melcochas, pintar con tiza o disfrazarse con tacones y corbatas, sacados de un viejo baúl. Porque en Espantapájaros, la principal regla de juego es jugar: jugar a hacer de cuenta, jugar a imaginar, jugar a lo que no se puede jugar en el apartamento. ¡Correr, saltar, buscar tesoros, jugar a ser otros y jugar por jugar, que es lo que saben hacer los niños, los artistas y la gente grande que no ha olvidado su infancia!

3

Espantapájaros es un punto de encuentro de niños y niñas de muchas edades, de muchos colegios, grandes y chiquitos, y de muchos países…reales imaginarios. Todos los años viene gente nueva: niños que llegan de países lejanos para practicar el español, exalumnos que ya están en el colegio grande y una cantidad de niños y niñas de otros jardines y colegios. También hay niños que ya son «antiguos» y regresan siempre, porque les gusta volver, simplemente. Porque se acuerdan de las vacaciones pasadas y les piden a sus papás que los traigan… una y otra y otra vez.

4

Espantapájaros cambia cada semana porque son cinco semanas de vacaciones y, en cada una, hay un mundo por construir entre todos…

5

Espantapájaros tiene tienda, para comprar las medias nueves y manejar la mesada (los grandes) o para tener firma y comprar, con autorización de los papás. Y tiene una librería especializada en literatura infantil en donde sí dejan abrir y tocar los libros y en donde le recomiendan a cada niño ese libro que su corazón o su deseo de saber necesita. Y sobre todo, en Espantapájaros hay gente grande que disfruta su trabajo, que adora a los niños, que conoce a cada uno por su nombre y que los hace sentir en su casa.
Porque Espantapájaros es la casa de todos los niños y de todos los cuentos.

¡Los esperamos!

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Y aquí encontrarán información sobre nuestro curso de vacaciones para julio…
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Nuestra Directora: «El verdadero debate»

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En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 26 de mayo de 2014, Yolanda Reyes escribió:

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El verdadero debate

Nuestros hijos, que crecieron con la Constitución de 1991, que han visto brotar primaveras árabes, españolas y chilenas y que hace cuatro años vislumbraron también algún brote de ilusión con la ola verde, se han sentido aun más desencantados frente a estas elecciones que nosotros.

Da tristeza verlos así, sin esa sensación de fuerza colectiva y del todo por hacer que podría brindarles la participación política y que es –o debería ser– una motivación de los veinte años. O no: tristeza no; da vergüenza porque, al fin y al cabo, son hijos nuestros y su impotencia nos devuelve la nuestra. Algo, seguramente, hicimos mal para que todo siga igual.

Mientras nosotros envejecemos, ellos se hacen mayores sintiendo que el voto aquí no cuenta –que ellos no cuentan–, que la política en Colombia corrompe lo que toca y que se sigue resolviendo en otros escenarios oscuros y llenos de secretos, que solo se revelan cuando los antiguos cómplices se vuelven enemigos. Sin embargo ya no podemos consolarnos pensando que el nuevo ordenamiento constitucional requiere tiempo. Estos jóvenes crecieron con una Constitución que los consagró desde su infancia como sujetos de derechos y hay que ver el resultado: unos están asqueados, otros repiten los viejos lemas de sus padres sobre el fin que justifica los medios, y otros, a duras penas, sobreviven. Y ni eso.

En medio de la resaca que nos deja el infierno de delaciones, odios y trapos sucios de las últimas semanas, cabe preguntarse cuál es la educación política –ese compendio de teoría y práctica– que, más allá de la letra muerta de las llamadas Competencias Ciudadanas, se transmite de generación en generación en Colombia y cuáles son las ideas de liderazgo y de poder que quedan claras después de una campaña donde solo recibió atención lo escandaloso, lo doloso y lo pasional, en el sentido más primario. Además de la responsabilidad que concierne a los políticos, al Estado y, por supuesto, hay que decirlo, a los medios de comunicación, cabe preguntarse cuál es la responsabilidad de las “audiencias”. ¿Qué leemos, qué escribimos y a qué prestamos atención para que el foco de la contienda electoral se haya centrado en los dos que más gritaron?

Una vez más perdimos la oportunidad de discutir proyectos de país y de contrastar programas de gobierno, y eso por no hablar de educación que fue, como siempre pero esta vez con más expectativas incumplidas, la gran farsa del debate. La discusión sobre lo público y sobre las propuestas de organizar la sociedad en la que los ciudadanos tenemos un interés vital y de la que deberíamos habernos ocupado para tomar decisiones informadas fue justamente la que nos quedamos debiendo.

Más allá de un par de simplificaciones genéricas del tipo guerra versus paz, o calidad versus cobertura, la trayectoria vital y profesional de los diversos candidatos, su comportamiento y su afiliación con un partido que comparte unos principios, unas formas de actuar, una historia y unas políticas de largo plazo son parte de ese conocimiento informado que deberíamos tener los ciudadanos y que es la razón de ser de una campaña. Lo que se prometió y se reveló, pero también las formas de reaccionar, de asumir, de ocultar, de responder o de callar de cada candidato y sus partidos ilustraron, más que nunca, el significado de la democracia en Colombia. Pero la culpa no solo recae en los políticos por lo que no nos contestaron, sino en nosotros, por todo lo que no les preguntamos.

Quizás cada país se reconoce, no solo por los candidatos que elige, sino por lo que les exige. Ese es el fondo del debate político y, por supuesto, el fondo del debate educativo. Porque una sociedad intelectualmente viva y políticamente formada no habría patrocinado esta vergüenza que mal puede llamarse democracia.

Yolanda Reyes 

 
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Noticias desde «el fin del mundo»

El libro que canta, vuelto a contar por Yolanda Reyes, ha llegado muy lejos. Desde la semana pasada, está en las librerías argentinas en una versión muy bonita, publicada por Alfaguara. Ayer nos llegó esta foto, que publicó la Fundación Cuatrogatos en sus redes sociales:librocantaEs el libro, en una librería acogedora llamada Boutique del libro, que queda en Ushuaia: la capital de la provincia Tierra del Fuego. Ushuaia queda tan lejos que la llaman «El fin del mundo» o «La ciudad más austral». Nos alegra mucho que hasta allá haya llegado el Libro que canta.
Por su parte, la promotora de lectura argentina Ivanna Roselli, escribió una reseña de la obra en su blog, La infinita desmesura. Los invitamos a que la lean y, de paso, a que exploren el blog, que es muy interesante. Hagan click aquí para hacerlo. 
Y Yolanda Reyes, autora del libro y directora de Espantapájaros, ¡también está en el fin del mundo! Es una de las invitadas a las Jornadas Internacionales de Literatura Infantil y Juvenil, que empezaron la semana pasada en Misiones, hoy continúan en Ushuaia y culminan el sábado en Buenos Aires. jornadas
En Argentina se ha encontrado con un público muy interesado en la literatura infantil y la primera infancia, que se ha conmovido al ver en foto y video a los bebés y niños de Espantapájaros, firmando sus fichas de préstamo del Club de lectura.