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Lavarse las manos y esperar

Estas páginas están abiertas al debate, a la reflexión y al intercambio. Todas las escrituras son bienvenidas.

En su columna para El Tiempo de hoy, lunes 8 de marzo de 2020, Yolanda Reyes escribió:

Lavarse las manos y esperar

Lavarse bien las manos, con frecuencia, como si nos jugáramos la vida en cada dedo, y seguir protocolos que recuerdan, pero sin un ápice de ironía, las ‘Instrucciones para subir una escalera’, de Cortázar. Evitar los gestos cotidianos, casi todos inconscientes, que van de la mano al ojo, a la boca o al mentón. Y de repente nos pillamos a nosotros mismos devanándonos los sesos, o con el dedo cerca de la oreja o la nariz, y nos reconvenimos con las viejas advertencias de la infancia y recuperamos la vieja sensación de peligro que siempre ha estado ahí, agazapada entre las urgencias cotidianas. Esa vulnerabilidad que separa la salud de la enfermedad –y la vida de la muerte– nos ha vuelto, a los que ya teníamos síntomas, aún más hipocondríacos.

Seamos francos: ¿quién no se ha notado más vigilante de sus estornudos habituales, por no mencionar la tos de los demás? ¿Quién no ha navegado en internet en busca de información menos difusa sobre las señales del coronavirus 2019 y ha regresado de esas expediciones infructuosas sin ninguna claridad que le permita distinguirla de la gripa de toda la vida?

Si desde nuestros viejos tiempos escolares, cuando nos quedábamos en la casa silenciosa, tomando néctares y jarabes edulcorados y esperando a que empezara la programación educativa de la tele, parecía claro que de una gripa no se moría nadie (o casi nadie), hoy no es fácil asegurar a ciencia cierta qué podría pasar. Y, aunque las estadísticas disponibles indican que un alto porcentaje de los contagiados se recupera, de repente, el planeta se ha convertido en el salón de cuarto B, con la diferencia de que nadie quiere acercarse ni siquiera al más cercano.

Después de tantas guerras y amenazas nucleares, de tantas armas ‘naturales’ o sintéticas y de tantos grupos ilegales o legales, descubrimos –o, mejor, recordamos– que el peligro somos nosotros; que cada uno puede tener –o simplemente transportar de un aeropuerto a otro, sin imaginarlo siquiera ni mostrar síntomas– ese virus que nadie conoce bien aún y parece tomado de un cuento maravilloso, con su toque de murciélago y de especies salvajes, y sus orígenes lejanos.

A veinte años de comenzado este milenio, este covid-19 que evade los detectores de metales más sofisticados y los controles aeroportuarios diseñados para conjurar amenazas del tipo 11S nos trae un mensaje sobre los tiempos y los peligros que han cambiado (y que, en el fondo, son los mismos).

Lavarse las manos y la cara; no toserle encima a nadie y asumir la responsabilidad frente a los otros: ¿a eso se reduce todo, como en nuestros tiempos escolares? ¿Acaso, dónde está la ciencia: cuáles son las vacunas y los antibióticos para uso inmediato? Esa obsesión del todo para ya; esa urgencia de conectar causas y consecuencias y estímulos y respuestas infalibles parece diluirse momentáneamente en el aire, y como en aquellos libritos de pasatiempos que nos distraían en esos días eternos de estar enfermos sin ir al colegio, nos vemos uniendo punticos con un lápiz para encontrar una figura.

Quizás la figura que aparezca sea la de este viejo planeta agotado, resfriado y a veces sin defensas que insiste en decirnos cosas simples y en recordarnos otras que siguen siendo irremediables. Que no tenemos que trabajar si estamos enfermos, ni ser tan ‘productivos’, ni hacer tantos viajes ni asustarnos tanto por las bolsas de dinero. Que quizás sea tiempo de albergar, con esta incertidumbre, todo lo que nos hace humanos: ese regreso a la solidaridad, esos abrazos de palabras para estos días de cuarentena, esa ética del cuidado y ese viejo mandato de proteger a los más frágiles, empezando por los que antes fuimos eternamente jóvenes y hoy somos, simplemente, nosotros.

YOLANDA REYES

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