Un mapa de ninguna parte
Gillian Cross
Traducción de Laura Emilia Pacheco
México, Fondo de Cultura Económica, 1996
“Hay que leer”, aseguramos los adultos, mientras buscamos
libros que cautiven a los jóvenes. Pero, más allá del
discurso, ¿sabemos qué encontrarán ellos en
la literatura juvenil contemporánea?. Cada vez descubro
más libros polémicos, no sólo para jóvenes,
sino también para nosotros, los adultos. Libros que no son
best sellers; que no se convierten en películas de moda
y de los que nadie se ocupa. La crítica los deja pasar porque
tiene el prejuicio de considerarlos pueriles, sin leerlos siquiera.
Los maestros tampoco los conocen, pues no son los que suelen recomendarse
en los circuitos escolares, ávidos de mensajes explícitos.
Y, como a los libros para menores el mercado les exige que escriban,
en lugar visible, su contenido en “valorías”,
suelen triunfar los que anuncian mensajes obvios, con tramas poco
convincentes. Sin embargo, hay libros juveniles que escapan a estas
leyes del mercado. Son “mapas de ninguna parte” y están
llenos, como éste, de zonas pantanosas, que hacen tambalear
nuestras certezas y que quizá llevarían exclamar
a más de un “adulto responsable” que es mejor
que los jóvenes no lean.
La inglesa Gillian Cross se vale de los juegos de rol para involucrar
al lector en una aventura existencial y ética, en la que
todo será puesto a prueba. Mediante la recreación
del lenguaje y las estructuras de esos juegos, tan temidos por
los adultos, construye un mundo donde se borran las fronteras entre
realidad y fantasía. Y, en ese mundo, los protagonistas
enfrentan, como sus guerreros imaginarios, terribles encrucijadas.
Todo comienza cuando Nick, de cuarto año, perteneciente
a una familia de clase media, es puesto a prueba por su hermano
Terry, miembro de una pandilla que asalta tiendas en sus motocicletas.
Su misión consiste en ganar la confianza de Joseph, un compañero
de escuela, de familia cristiana, que tiene una tienda en un caserío
pantanoso, “al borde de la nada”. Para conseguir información
sobre el lugar dónde sus padres guardan la caja fuerte,
Nick visitará a Joseph; conocerá una familia opuesta
a la suya y entrará en un juego extraño, dirigido
por Ruth, la joven hermana de Joseph.
En el juego, Ruth será Jezabel, reina de las tinieblas;
Joseph será Jetro, el aventurero, y Nick será Zefanías,
un personaje muy difícil de representar. El azar de los
dados le otorga 7 puntos de fuerza; 4 de valentía; 3 de
inteligencia; 13 de virtud;15 de fe y 18 de resistencia. Con ese
puntaje, Nick se siente “un perdedor” y piensa que
su personaje será incapaz de “amasar una megafortuna
o dominar el mundo”. Él aspira a ser fuerte, valiente
e inteligente, pues son esos los máximos valores previstos
para triunfar, no sólo en los juegos, sino en ese mundo
de apariencias y posesiones materiales, a imagen y semejanza del
de sus padres. Nick, como su personaje de Zefanías, se moverá solo
en esa zona “intermedia”, donde los límites
entre el bien y el mal son brumosos. Una zona que los padres, atareados
haciendo cuentas, están “desesperados” por no
conocer.
Los roles más difíciles los juegan, sin duda, los
adultos de este libro. La familia de Nick, “perfecta en la
casa perfecta”, se niega a ver y maltrata a sus hijos con
una indiferencia cómplice, circunscrita a resolver necesidades
materiales. En el otro extremo, la familia de Joseph, que posee
una sólida escala de valores religiosos, también
debe enfrentar un dilema ético, con más de una grieta.
Llena de “túneles inexplorados, espacios en blanco
y signos de interrogación”, la novela tiene mucho
que ver con la realidad de nuestros jóvenes y con nuestro
papel como adultos. Al descubrir que su “ciclo de juegos” ha
terminado; Nick enfrenta la difícil tarea de crecer, en
un mundo sin referencias claras y con un final muy abierto. “De
eso exactamente se trata la vida”. Quien quiera hablar de
sus encrucijadas, encontrará en esta novela un fascinante “pretexto” para
establecer un diálogo consigo mismo y con los jóvenes
de carne y hueso que comienzan a jugársela.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
