Charlie y la fábrica de chocolate.
Roald Dahl.
Traducción de:
Verónica Head.
Bogotá, Alfaguara, 2005. 2° ed.

Hay que agradecerle a la industria cinematográfica que, de vez en cuando, elija buenas obras de la literatura infantil para divulgar entre el gran público. Autores como el estadounidense Chris Van Alsburg, cuyos títulos Jumanji y El expreso polar han sido llevados a la pantalla grande y el inglés Roald Dahl, de quien se han adaptado novelas como Las brujas y Matilda, ofrecen sobrados méritos para los productores cinematográficos por una razón sencillísima: son maestros en el arte de contar buenas historias y es bien sabido que las buenas historias no son precisamente abundantes.
Tal vez por ello presenciamos de nuevo otra versión cinematográfica de Charlie y la fábrica de chocolate, una de las obras más emblemáticas de Dahl. A riesgo de sonar anticuada por proferir una de esas típicas sentencias adultas, recomiendo aprovechar el boom publicitario para leer en familia la novela original. Y aún sin haber visto la película de Charlie, me atrevo a asegurar que jamás podrá ser mejor que ese libro, catalogado por varias generaciones de niños como “demasiado bueno para perdérselo”.
El autor inglés que se ha ganado un lugar de honor entre los clásicos contemporáneos es un genio de la literatura infantil. Maestro del humor negro y políticamente incorrecto, Dahl maneja a la perfección el arte de narrar y su consigna parece ser la de atrapar al lector desde la primera línea. Con su voz personalísima y su prosa llena de matices, Charlie y la fábrica de chocolate convierte en realidad una fantasía infantil que todos hemos acariciado: la de tener a nuestra entera disposición una fábrica de chocolate.
A partir de un provocador anuncio, Willy Wonka, el propietario de la fabulosa empresa, decide permitir que cinco niños, “sólo cinco –y ni uno más–” visiten su fábrica. Además del premio que la visita guiada por ríos de chocolate, helados que nunca se derriten y chicle que jamás pierde el sabor, Wonka promete a los afortunados recibir chocolate y caramelos suficientes para toda la vida. Para ello emite cinco billetes dorados que están escondidos en la envoltura de cinco chocolatinas normales y que pueden encontrarse en cualquier tienda del mundo.
La novela nos presenta desde el comienzo a los cinco felices ganadores. Y mientras el lector vive deliciosas aventuras, el perverso Dahl se las arregla para hacer lo que mejor sabe hacer, que es retratar la naturaleza humana. Porque, han de saberlo, los niños elegidos no son idílicos ni perfectos. Con su lápiz afilado y su irreverencia sin límites, Roald Dahl nos ofrece, al lado de una historia fascinante, la posibilidad de reírnos de nosotros mismos, con una mueca burlona. Por eso, a cualquier edad, es imprescindible leer esa novela y seguir luego con el resto de su obra, recomendada no para los que buscan literatura moralizante sino para los amantes de la buena literatura, a secas.
Yolanda Reyes.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
