Cuaderno de novios
Beatriz Caballero
Ilustraciones de Daniela Violi
Colección Torre de Papel
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2001
¿Qué clase de libro es éste? Si el lector
se atiene a lo que dice la ficha bibliográfica, contestará que
es una novela juvenil. Si está familiarizado con las franjas
de edad de las editoriales, dirá que es infantil: de hecho,
está ubicado en Torre Azul, a partir de nueve años.
Pero si ignora esas clasificaciones y lo hojea desprevenidamente,
pensará que, más que novela, son cuentos. Otros lectores,
muy informados, encontrarán una cantidad de guiños
y permanentes alusiones a gentes y lugares conocidos, para decir
que se trata de un relato autobiográfico, al estilo de las
memorias. Y otros podrían leerlo como el retrato, aparentemente
ingenuo pero lleno de ironía, del discreto encanto de esa
burguesía bogotana en la que transcurrió la infancia
de la autora.
¿Qué pensarán los niños?... Tal vez
a esa pregunta, habría que anteponer otras: ¿Se trata
de un libro para niños? ¿O será, más
bien, para niñas? ¿Si es así, ¿qué niñas
podrían disfrutarlo: las de ahora, las de antes, o las
de siempre? ¿Las de nueve, las de quince, o las mayores
de cuarenta, es decir, las mamás o las abuelas de los
lectores de Torre Azul?
Sin excluir al público masculino, que podría verse
retratado en uno de esos amores platónicos, se me ocurre
una clave para responder a las preguntas. El libro, como su nombre
lo indica, es un Cuaderno de Novios. Por eso no encaja en ninguna
clasificación. Nadie que haya llenado cuadernos con sus
artistas de cine preferidos, con estrofas de canciones de moda,
con pétalos disecados o con las iniciales de sus “tragas”,
aspira a la pureza del género, entiéndase lo que
se entienda por género. Los cuadernos así están
hechos con retazos de la vida: una imagen aquí, una frase
allá, un pensamiento, una cierta sensación que logramos
atrapar entre las páginas. Un intento, también, por
congelar el tiempo en movimiento, como en el juego de la Cruz Roja,
en el que nunca veíamos avanzar a los jugadores pero, cuando
abríamos los ojos, estaban cada vez más cerca.
Los diecinueve relatos –o cuentos o capítulos, vaya
uno a saber– del Cuaderno son, en el fondo, ese juego de
cerrar los ojos para encontrarnos con instantáneas robadas
a distintos momentos de la niñez y de la adolescencia: Desde
que nos enamoramos para siempre de ese primo Juancho que hay en
todas las familias, y luego del chofer del bus del colegio, del
cura confesor, del novio telefónico; de los hermanos de
las amigas, del novio de la hermana, del de la prima o del de la
mejor amiga; hasta que van apareciendo otros novios, cada vez más
reales, el Amor con mayúscula, o el deseo del amor, va hilando
las páginas del libro. Y aunque cada vez se vuelva más
próximo a la vida real, no deja de tener ese toque mágico
de los amores imposibles.
“Los curas, los jardineros y los choferes son los únicos
hombres que vemos las niñas que no estamos en colegio mixto”.
Esa atmósfera, con los códigos sociales de una época
y con ese lenguaje salpicado de humor y de dichos familiares, puede,
a primera vista, parecer lejana para los niños del siglo
XXI. Sin embargo, más allá de las apariencias, intuyo
que ciertas cosas permanecen inmutables. Antes de reseñarlo,
quise cerciorarme de esa hipótesis con cierta niña
de doce años, pero me contestó que luego lo leía
porque estaba muy ocupada. Miré disimuladamente qué importante
tarea hacía y me pareció verla llenar un cuaderno
indescifrable... Por eso temo que, si descubre el “Juego
del Amadeón”, la Página Personal de Novios
y otros secretos de mi libro, tendré que compartirlo con
ella y con todas sus amigas, así estén en colegio
mixto y ya no usen moña ni media velada.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
