El libro triste
Michael Rosen
Ilustraciones de Quentin Blake.
Adaptación: Esther Rubio.
Barcelona, Serres, 2004.

Andaba en busca de un libro diferente para reseñar y hojeaba, errática y dispersa, las aparentes novedades de literatura infantil que llegan a la librería. Picaba páginas aquí y allá, pero nada parecía atraparme o conmoverme. Detrás de la calidad en el diseño gráfico y en las ilustraciones, que ya son habituales en muchos libros para niños, hallaba los mismos temas: miedo, monstruos, disparates o historias de la vida cotidiana; algunas bien contadas pero, en el fondo, irrelevantes.
“Necesito un libro que me mueva el piso”, le dije a la librera, sin muchas esperanzas. No es fácil encontrar cosas así cuando uno se familiariza con el género y ha visto casi todo lo que puede conseguirse. Entonces ella me mostró un ejemplar azul y gris con un nombre sencillo: El libro triste. Su autor, hasta entonces desconocido para mí, es un inglés llamado Michael Rosen. El ilustrador es uno de los más célebres del mundo: Quentin Blake, ganador del Premio Andersen e ilustrador de cabecera del inolvidable maestro Roald Dahl, me hizo un guiño para empezar a leer.
El libro se abre con la imagen de un hombre común y corriente, poco atractivo, casi viejo, y con los expresivos trazos de Quentin Blake, sonriendo. Pero debajo de la imagen, salen estas palabras: “Este soy yo cuando estoy triste. Quizá pueda parecer que estoy contento en esta foto. En realidad estoy triste pero finjo que estoy contento. Lo hago porque creo que no le gusto a los demás cuando tengo aspecto triste.” Tal vez así contado, sin el dramático contraste de la imagen, no anuncie nada extraordinario. El efecto de conjunto, sin embargo, tiene algo conmovedor; como la tristeza misma, que no es estridente, sino profunda y personal.
Mientras las páginas avanzan, nos vamos adentrando en la tristeza: en sus motivos, sus colores y su atmósfera. La tristeza mayor del personaje es que su hijo ha muerto. Entonces se pregunta: “¿Cómo pudo morirse así, sin más? ¿Cómo pudo hacerme eso? Y él no dice nada. Porque él ya no está aquí”. De nuevo, la ilustración enmarca cada una de esas lacónicas frases y, entre los dos lenguajes, se teje una elegía que deja espacios libres al lector. La trama, suponiendo que así pueda llamarse, es la tristeza, en todo su lirismo. Es también ella el personaje principal y puede orientar a los lectores el hecho de saber que Michael Rosen es un prestigioso poeta dedicado a escribir para niños y jóvenes.
El derecho a la tristeza, su reconocimiento y esa dulce sensación que deja –porque nos hace sentir vivos y nos conecta con nuestra sensibilidad humana– parece desterrado de la vida cotidiana y, sobre todo, del mundo de los niños. Nos asusta la tristeza: se asocia con debilidad y quizás por eso se nos quiere distraer cuando estamos tristes. Estos coautores se atreven a pintarla con trazos esenciales, no para regodearse en ella, sino para mostrarnos que puede ser hermosa y que hace parte de la vida. No sé cómo explicarlo pero este libro triste es un homenaje optimista y vital a la tristeza. A mí, de niña, me habría hecho feliz encontrar un libro así. Y es que a cualquier edad resulta liberador saber que estar triste no es nada excepcional.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
