Mi bicicleta es un hada y otros secretos
por el estilo
Antonio
Orlando Rodríguez
Ilustraciones de Esperanza Vallejo
Colección Que pase el tren
Bogotá, Panamericana Editorial, 2001
“¿La poesía? Eso mismo:
hallar nombres –nada más”.
Tiene razón Antonio Orlando Rodríguez. En el fondo
y, por muchas vueltas que le demos al asunto, la poesía
no es nada más ni nada menos que eso: hallar nombres. O,
como confiesa el autor, escribir los disparates dictados por un
duende mentiroso que vive en su oreja. Así, buscando magia
y otros secretos por el estilo donde jamás hubiéramos
pensado que existieran, este libro nos revela el universo poético
que se oculta detrás de una bicicleta destartalada, entre
las espinas de un cactus huraño, en un jabón tímido,
resbaladizo y cada vez más flacucho, en las barbas del viento
o en unas vacaciones al país donde siempre es domingo.
Tal vez así contados los hilos de la trama –si es
que trama tiene el texto– el lector adulto se lleve una idea
equivocada. Podría sonarle a lugar común y discutiría
si es poético ese regodeo en fórmulas supuestamente
infantiles, de las que con tanta frecuencia echan mano los poetas “almibarados” para
niños. Sin embargo, en este caso, las imágenes, los
disparates y las pequeñas historias que se tejen en torno
a las cosas más simples, no surgen de estereotipos sino
de una voz interior, profunda y auténtica. Es quizás
esa voz la que impulsa al autor cubano a escoger como epígrafe
para su libro la célebre frase de Peter Pan: “Yo quiero
ser siempre niño y jugar y divertirme”. Y sí:
en el fondo, los poemas de Mi bicicleta es un hada son la materialización
de ese deseo de jugar y de seguir mirando las cosas con los ojos
asombrados pero también irreverentes y lúcidos de
un niño.
Más allá de los estrechos límites de la rima
y la métrica, en los que suele encasillarse la poesía
infantil, Rodríguez acude a formas diversas de expresión:
Unas veces hace versos libres; otras veces cuenta breves historias;
en ocasiones se vale de un aviso clasificado, o simplemente, de
un par de frases provocadoras para ofrecer una verdadera caja de
sorpresas. Y, dentro de esa caja de sorpresas, la propuesta de
ilustración de Esperanza Vallejo se une al collage, llenando
cada página de detalles insospechados y de guiños
permanentes al lector, quien es invitado también a descubrir
cachivaches, fotos viejas, lentejuelas y pequeños tesoros
de ésos que tanto les gusta coleccionar a los niños.
Este libro, ganador del Premio Nacional de Literatura Infantil
de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1987, se
suma a la colección Que pase el tren de Panamericana para
demostrarnos que no es tan difícil como se cree hacer propuestas
inteligentes y creativas en el ámbito de la poesía.
Una poesía que no se agota en las palabras y que nos ofrece
también la posibilidad de mirar mil veces las imágenes
y de disfrutar de un conjunto hermoso, como esos álbumes
de fotos que, en cada mirada, nos revelan nuevos secretos.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
