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Viaje por las entrañas de la memoria.
El soldadito de plomo.
Jorg Müller
Lóguez, Salamanca, 2005.

Tal como lo indican las únicas palabras que aparecen en el libro, se trata de la historia clásica de Andersen que todos conocemos, “en dibujos de Jörge Müller”. Sin embargo, el término “dibujos” se queda corto para describir la calidad y la profundidad del reto artístico que emprende este ilustrador suizo, ganador del premio Andersen, para recrear desde su personalísimo punto de vista, y valiéndose únicamente de imágenes, uno de los cuentos más adaptados, ilustrados y emblemáticos de la literatura infantil.

Los lectores de muchas generaciones, incluso aquellos que creen haberla olvidado, llevan inscrita en la memoria, como una impronta, la triste historia de amor de un soldadito cojo con una hermosa bailarina, y es justamente esa impronta la que hace de El soldadito de plomo un clásico. Porque así no recordemos cuándo lo leímos, sus símbolos permanecen en nosotros. ¿Quién no recuerda, acaso, el tortuoso viaje  de ese soldadito por oscuras cañerías y su terror al ir a parar al vientre de un pez? ¿Y quién no se conmovió con el tópico del “amor constante, más allá de la muerte”, del que quizás tuvo las primeras noticias siguiendo las peripecias de un soldado defectuoso y diferente al resto de los soldados de una caja de juguetes?

El trabajo de Müller hace emerger esos inquietantes símbolos del imaginario colectivo. Para subrayar la vigencia del clásico como fuente de nuevas interpretaciones, lo traslada a una ciudad europea contemporánea y ubica a los personajes en la habitación de unos niños de hoy, con todas las alusiones publicitarias a nuestra sociedad de consumo. Alternando con el computador, las piezas de Lego y los íconos de Toy Story o Minnie Mouse, el soldadito y la presumida bailarina, que toma la forma de una Barbie, inician sus peripecias y, al igual que en el cuento de marras, transitan por los bajos fondos de ciudades, cañerías, basureros, ríos y mares, hasta desembocar en otra orilla del mundo
 –un país africano– donde un niño los rescata y van a parar a manos de un turista, hasta terminar exhibidos en un museo.

Las imágenes del recorrido muestran un mapa de la desigualdad, a través de alusiones y de guiños –en ocasiones sarcásticos y de indiscutible contenido político– a esas dos orillas del mundo: el “desarrollado”, en donde se inicia el viaje, y el  “subdesarrollado”, que se describe con pinceladas crueles como escenario exótico frecuentado por turistas europeos. Pero, más allá de agotarse en la denuncia social, lo que hace Müller es proponer, mediante un dramático juego de contrastes, múltiples posibilidades interpretativas para conmover al lector de cualquier edad.

Como ya lo había demostrado con su obra El libro en el libro en el libro, el artista parece decirnos que hacer libros para niños es una apuesta personal y arriesgada y un oficio con altísimos niveles de exigencia. Este álbum, que se convertirá en objeto de culto para los amantes del diseño gráfico, propone un diálogo entre generaciones de padres e hijos y un viaje por los vericuetos de la memoria. Personalmente, yo no había reparado en la profunda huella que me dejó El soldadito, hasta volver a descubrir, en las imágenes de Muller, lo que significa para la psiquis infantil ese viaje terrible por cañerías llenas de ratas, en busca del amor imposible.

     

Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista Cambio de Colombia y aparece en este medio con autorización expresa de la misma.

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