Olivia
Ian Falconer
Traducción de Ernestina Loyo
México, Fondo de Cultura Económica, 2001
¡Todos aman a Olivia! dice en la solapa de Olivia saves
the circus, la segunda obra de Ian Falconer para niños que
está en furor en Estados Unidos. Las jugueterías
venden una gama de mercancías que el olfato comercial de
los norteamericanos se lanza a producir cuando descubre un personaje
emblemático. En las librerías virtuales se puede
comprar la versión en español de Olivia la reina
del circo, sin haber salido de la imprenta. En menos de dos años,
esta cerdita se puso de moda y arrasó con los premios de
la crítica especializada. Olivia fue uno de los Libros de
Honor de Caldecott, el prestigioso galardón que se otorga
a los libros ilustrados, y a este reconocimiento se suman muchos
otros. Es best seller del New York Times, de USA Today, y de Los
Angeles Times; y en el 2000 fue el mejor libro del Child Magazín
y el Premio de Oro de los padres norteamericanos.
El lector se preguntará si se trata de un fenómeno
como Harry Potter y una respuesta simplista que sólo se
fijara en las ventas o en el hecho de suscitar segundos títulos
en poco tiempo podría ser afirmativa. Pero algunos detalles
hacen pensar que se trata de fenómenos distintos: En tanto
que Harry Potter ha sido de mejor recibo entre el público
profano, Olivia ha llamado la atención de los expertos en
literatura infantil y de otros círculos de intelectuales.
Quizás esto se deba a que su autor era ya una figura reconocida
en el terreno de las artes visuales, antes de haber publicado libros
para niños. Trabajó al lado del pintor David Hoockney,
diseñó escenografías y vestuarios para ópera
y ballet e hizo carátulas para el New Yorker.
Olivia, a simple vista, es una simpática cerdita “ muy
buena para cansar a la gente (...) Vive con su mamá, su
papá, su hermano, su perro, Perry, y Edwin, el gato”.
La trama del libro –que, para muchos, ni trama será porque
en la historia no sucede nada especial– es la vida cotidiana.
Por los pasatiempos de la cerdita deducimos que se trata de una
niña citadina, tal vez de Nueva York, que va a museos con
su mamá, adora las bailarinas de Degas, trata de superar
el estilo de Jackson Pollock en las paredes de su apartamento y
construye castillos de arena más altos que los rascacielos.
El resto del tiempo hace lo mismo que cualquier niño: cargar
al gato, lavarse los dientes, bañarse, hacer desastres;
burlar la hora de la siesta; asustar a su hermanito y pedir muchísimos
cuentos a su mamá, con tal de no dormirse. Nada digno de
mención hay en el texto, por lo demás, bastante lacónico
y casi minimalista. Sin embargo, es la manera de combinar palabras
con imágenes y, más allá de eso, la intención
explícita de hacer del diseño mismo del libro el
centro de la propuesta, lo que marca la diferencia.
Desde la primera hasta la última página, se revela
un estilo propio y una voluntad explícita por el diseño
del conjunto. Las ilustraciones, hechas con témpera y carboncillo,
crean un mundo de negros, sombras y matices, en el que contrasta
la irrupción del color rojo. De negros y grises está hecha
la foto familiar en la que sólo Olivia aporta el rojo y
rojos son también su merienda, la cuerda del lazo, sus accesorios,
sus travesuras y sus sueños. Pero además del juego
con el color, hay otros elementos como el manejo de la perspectiva
que reelabora el mundo conocido desde el punto de vista de los
niños; el trazo ágil que capta figuras en movimiento,
gestos y expresiones y una diagramación muy cuidadosa, llena
de sorpresas. Todos estos elementos imprimen a Olivia una indiscutible
personalidad, cercana a los pequeños que conocemos. Es inevitable
que los lectores de todos los tamaños se enamoren de la
ternura, el humor y la inteligente sencillez de Olivia y sigan
agotando ediciones, como sucedió también en la Feria
del Libro de Bogotá.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
