La Siesta
Texto: Silvia Nanclares
Ilustraciones: Equipo Elático
Madrid, Editorial Kókinos, 2000
¿Desde cuándo hay que dar de leer a un niño?,
preguntan cada vez más padres y cada vez lo preguntan más
pronto, para fortuna de sus hijos. Siempre contesto que desde que
nacen o, como diría Serrat, “con la leche temprana
y en cada canción”. Según Salinger, “los
bebés tienen orejas” y ese argumento suena contundente
para asegurarle a la literatura un lugar de honor, cerca de la
cuna. Los niños oyen desde antes de nacer y, cuando crecen
al arrullo de las voces más amadas, reciben el mejor legado
que puede hacérsele a un lector: la experiencia de la poesía
que, en el fondo, es esa sensación de estar envuelto en
palabras. Más allá de su significado literal o utilitario,
las palabras, desde la primera infancia, quitan las sombras y ayudan
a dormir. (Y también, a vivir ).
En el comienzo, la palabra es canto o cuento mínimo, sin
páginas. Luego, cuando el bebé puede sentarse en
las rodillas de sus padres y mirar, aparecen las primeras lecturas,
con páginas de verdad. Esos libros son como los abrazos,
porque hay que leerlos muchas veces, con los cuerpos muy juntos.
Casi siempre hablan de experiencias cercanas a los pequeños.
A veces se valen sólo de ilustraciones que las voces adultas
van hilando en una historia y otras, mezclan unas palabras esenciales
con las imágenes del mundo cotidiano.
La historia de un álbum como La siesta –suponiendo
que La siesta sea una historia– cabría en un párrafo: “Todos
los días...después de comer, la casa está a
oscuras y en silencio.” Ya, con esa frase, ha transcurrido
casi la mitad del libro. Porque las palabras, cuidadosamente entregadas,
una por una, se conjugan con fotografías, para recrear una
experiencia o, más bien, un conjunto de sensaciones, alrededor
de la siesta de una madre y su hijo. A medida que la siesta se
va armando, como un rompecabezas, se construye también una
metáfora que nos revela, de una manera plástica y
sensual, la profundidad del amor, en ese sencillo rito de estar “pelo
frente a cara, cabeza sobre pecho, hombro con brazo, mano en espalda,
pie sobre pierna.”
El hecho de referirse a las palabras despojadas de sus correspondientes
imágenes, plantea la mayor dificultad que entraña
hacer reseñas sobre álbumes, especialmente cuando éstos
son tan cercanos a los libros de arte. Parece como si las palabras,
separadas de esas imágenes con las que establecen un estrecho
diálogo, traicionaran el espíritu de la obra. Y justamente,
en esa dificultad para escribir la reseña, radica el mayor
logro de este libro que, antes de afortunada simbiosis entre palabra
e ilustración, debió ser una idea expresada en un
guión mínimo. Se necesitaba un editor con mucha sensibilidad
para intuir que, detrás de esa idea tan simple, podía
esconderse un resultado profundamente poético y hermoso.
En este sentido, todos los detalles de la realización son
como distintas voces que se unen para construir un conjunto. La
diagramación, la selección de las letras, el tipo
de papel, el formato, el texto y las fotografías, hablan
de un cuidadoso trabajo de equipo, que es una de las señales
particulares de los libros de Kókinos.
Esta editorial española se caracteriza por publicar pocos
títulos, sin ceder a los criterios comerciales que tantas
veces sacrifican la calidad en aras de la cantidad. Su trabajo
se dirige, fundamentalmente, a los primeros lectores que, parafraseando
a Salinger, tienen ojos. Dado que la mirada de un niño se
forma desde los primeros encuentros con los libros, La siesta es
una oportunidad para entregar ese descubrimiento de la belleza
y de la poesía desde muy temprano. O para experimentar,
ya de mayores, la maravillosa experiencia de leer “pelo frente
a cara”, con un pequeño, sentado en las rodillas.
Esta reseña fue escrita por Yolanda Reyes para la revista
Cambio de Colombia y aparece en este medio
con autorización expresa de la misma.
