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BRRRRR...¡Quién dijo miedo!

  Monstruos, Ogros y otros inventos de la literatura para niños

En estas fechas propicias para la aparición de brujas y monstruos, resurgen esas preguntas frecuentes que se hacen los adultos en torno a las historias de miedo para los niños. ¿Qué efecto producen en ellos? ¿Es aconsejable leerlas? ¿Son las historias las que causan el miedo o, por el contrario, permiten expresarlo? Sobre esas y otras cuestiones habla el artículo de Yolanda Reyes.

“Los cuentos que le leímos hormigueaban de hermanos, hermanas,
padres, dobles ideales, escuadrillas de ángeles guardianes, cohortes
de amigos tutelares que se hacían cargo de sus pesares, pero que,
luchando contra sus propios ogros, encontraban a su vez refugio
en los latidos inquietos de su corazón. Se había convertido en su
ángel recíproco: un lector. Sin él, su mundo no existía. Sin ellos, él
quedaba preso en la espesura del suyo. Así descubría la virtud
paradójica de la lectura que consiste en abstraernos del mundo
para hallarle un sentido”.

Daniel Pennac. Como una Novela

  ¡Auxilio, un monstruo!

En una oscura, oscura noche, un niño se despierta gritando:
-¡Papá, mamá! ¡auxilio, un monstruo!
Papá llega corriendo y enciende la luz de la habitación.
-Vamos a ver, ¿dónde está el monstruo?- pregunta, con un tono de voz bastante incrédulo.
-No sé- duda el niño. Creo que estaba escondido debajo de la cama... o detrás de las cortinas, o entre el armario.
Papá revisa todos esos lugares y anima al niño a comprobar que no hay ningún monstruo en la habitación.
-¿Te das cuenta? –dice triunfante- Aquí no hay monstruos. Ahora, duérmete, que mañana tenemos que madrugar.
El padre apaga la luz y regresa a su cuarto. Sólo entonces, cuando ya se ha ido, el malvado monstruo sale de su escondite y vuelve a tomar su lugar en las tinieblas de la noche.

La escena anterior no pertenece a ningún cuento. Hace parte de la vida real. Tal vez le sucedió anoche a su hijo y es probable que suceda mil y una noches en todos los lugares de la tierra donde existan niños. Quizá, desde nuestra lógica, nos resulte incomprensible e incluso desesperante comprobar que la razón poco ayuda en estos casos. De nada valen los argumentos y el “sentido común” de los padres para demostrar la inexistencia de los monstruos que acechan en la oscuridad. Es más: podría decirse que los monstruos y los personajes siniestros son inherentes al mundo de los niños, a pesar de todos los esfuerzos de los adultos para erradicarlos del paisaje de la infancia. Aún si dejáramos de mencionarlos y si escondiéramos todos los relatos que, a nuestro juicio, dan miedo me atrevo a pensar que los niños se las arreglarían para crear sus propias ficciones tenebrosas.

¿En qué radica, entonces, el inmenso poder de estas criaturas? ¿Cómo se las han arreglado para sobrevivir durante milenios enteros, permaneciendo intactas en la memoria de tantas generaciones?

Para intentar posibles respuestas, conviene ampliar los estrechos límites de lo que llamamos “realidad “. Desde una cómoda perspectiva de “gente grande”, el término suele abarcar únicamente lo que sucede fuera de nosotros mismos; aquello que se puede medir, tocar, observar y ojalá fotografiar. En general, los adultos no consideramos que las realidades psíquicas hagan parte de “la vida real” y por eso nos resulta difícil entender que para los niños pueda ser tan real un helado de fresa como una poción mágica, o que quizás los atemorice más una pesadilla nocturna que un acontecimiento vivido verdaderamente.
El sueño de la educación muchas veces se reduce a lograr tempranamente que los niños “pongan los pies sobre la tierra” y que establezcan fronteras definidas entre realidad y fantasía, ignorando que se trata de una conquista progresiva que compromete procesos psíquicos bastante complejos.

Durante ese largo itinerario en el que se va construyendo la personalidad, el ser humano tiene contacto con realidades dolorosas que hacen parte de su mundo interior. La lucha con los monstruos del inconsciente, el descubrimiento de sentimientos no siempre buenos en nosotros mismos, la percepción de un cierto caos interior al que no nos resulta fácil dar forma, hacen de la infancia una época difícil. Basta con echar un vistazo a nuestra propia niñez para recordar miedos terribles y situaciones en las que nos sentíamos profundamente indefensos, vulnerables y confusos. Hasta el punto de que, si nos dieran a escoger, muchos evitaríamos volver a ser pequeños, con tal de no volver a pasar por los temores de la infancia.

De ahí, el enorme significado que tiene para los niños la literatura. Los tradicionales cuentos de hadas están llenos de personajes temibles: ogros, brujas, lobos feroces, malvadas madrastras... Los autores modernos más leídos por los niños tampoco evaden el tema. Maurice Sendak, el autor de “Donde viven los monstruos”, David McKee, con historias como “Ahora no, Bernardo” o el colombiano Ivar da Coll de “Tengo Miedo”, por citar unos pocos ejemplos, son leídos y releídos con devoción por los niños pequeños. Podría decirse que hay una fascinación compartida entre los autores para niños y sus jóvenes lectores, una especie de complicidad, frente a los personajes del miedo y frente a realidades como el dolor, la maldad, los celos, la muerte.

El tema ha dado para más de una polémica en la que, curiosamente, no son los niños los interesados sino sus padres y sus maestros. Con frecuencia, son ellos los que tildan a los cuentos de violentos y los que los acusan de causar temores “infundados” en los niños. Porque, a fuerza de despistar la memoria, muchos adultos se han ido creyendo el mito de la infancia como un paraíso perdido, como la época más feliz y despreocupada de la vida. En esa concepción idealizada, no caben la violencia, ni el miedo ni la maldad. Tampoco caben los cuentos, con su enorme poder para nombrar lo innombrable. Es como si el miedo fuera un perverso invento literario, ajeno a la vida real. 


  “De mi casa desterrada la palabra miedo”

En los talleres de literatura dirigidos a padres de familia, he escuchado más de una vez frases como esa. Con una gran dosis de ingenuidad y con las mejores intenciones, las madres se precian de escoger para sus hijos materiales de lectura sin escenas agresivas, tristes o miedosas. La creencia generalizada de que “el mundo es de por sí demasiado cruel para agregarle más problemas” tiende a buscar una literatura “rosa” o a adaptar los cuentos tradicionales, suprimiendo todos los conflictos que, a juicio de los adultos, puedan “herir la sensibilidad de los niños“. Las historias de personajes perfectos, muchas veces insulsos y aburridos o las de animalitos que viven en unas condiciones idílicas en el bosque o las versiones light de los cuentos de hadas, en las que Caperucita y su abuela alcanzan a esconderse en el armario antes de ser devoradas por el lobo, les encantan a los padres y a los educadores, deseosos de utilizar los libros para impartir enseñanzas y transmitir mensajes. A los niños, por el contrario, esas historias almibaradas y nostálgicas, les parecen un tanto sospechosas. Con razón suelen desconfiar de una “literatura” que se empeña en desconocer las “debilidades” de la naturaleza humana.

No se trata de afirmar que toda la literatura para niños deba ser “fuerte”. Se trata, más bien, de descubrir en los libros, los conflictos y las situaciones existenciales a las que todos los seres humanos nos vemos enfrentados desde muy pequeños. Justamente, el poder hablar acerca de aquello que nos preocupa, nos molesta o nos causa angustia, es ya un posible camino de solución porque implica salir de nosotros y poner las cosas afuera, para intentar mirarlas de otro modo. Esa es una de las principales funciones del lenguaje y de la literatura: la de expresar, traducir y dar forma a las emociones y a los sentimientos que tantas veces nos atormentan.

Citemos, por ejemplo, un cuento que a los adultos suele horrorizar y que muchas veces es eliminado del repertorio de las historias aptas para los pequeños. Estoy hablando, nada menos, que de Hansel y Gretel. La trama es espeluznante. Una noche, mientras los niños duermen, la malvada madrastra y su marido se quejan de lo pobres que están. Como no tienen con qué alimentar a los niños, ella sugiere que los abandonen en el bosque. La idea no es del todo descabellada ni perversa: quizás alguien se compadezca de ellos y encuentren un destino mejor. Lo que sigue, ya lo sabemos. Los niños escuchan y hacen planes, pero al final tienen que pasar por todo el lío de la falsa casa de chocolates y de la bruja y del horno, etcétera, etcétera.

Son escenas horribles, de verdad. Pero si pensamos en términos de símbolos la situación no es del todo ajena a cualquier niño de nuestra época y de nuestra ciudad, en cualquier clase social. Pongámonos en el lugar de alguien de dos o tres años. Es probable que haya escuchado conversaciones parecidas en el tranquilo seno de su hogar. La madre puede haber dicho cosas similares a las de esa malvada madrastra. Algo así como “ya no puedo quedarme más tiempo cuidando al niño, tengo que trabajar, porque no nos alcanza el dinero. Lo mejor es buscarle un Jardín...” Para el pequeño, que no tiene referencias concretas, la palabra Jardín suena tan desconocida y tan amenazante como el más terrible de los bosques. Y la sensación de abandono puede parecerle tan desesperada como la de Hansel y Gretel. Perderse en el supermercado, entre un bosque de piernas puede llegar a ser también una experiencia terrorífica. Poco importa que dure unos minutos. Para el niño, la noción del tiempo es diferente y la ausencia de la mamá es siempre una dolorosa incertidumbre.

Escuchar la historia de otros a los que ya les sucedieron cosas similares y que lograron, venciendo una serie de dificultades, resolver el conflicto, puede ser revelador para un niño. De manera simbólica, el cuento lo hace cómplice de otros que también tienen problemas. Le permite meterse en la piel del héroe, enfrentar los peligros, aceptar sus sentimientos agresivos, “quemar a la bruja entre el horno” y regresar ileso, sin necesidad de someterse, en la vida real a tan difíciles pruebas.

Desterrar de las lecturas de la infancia estas escenas que a simple vista nos parecen peligrosas, equivale a negar la validez de los sentimientos infantiles. Es creer que los niños no son seres humanos sino una especie de ositos de peluche. Es tenerle miedo al miedo y creer que, simplemente con dejar de mencionarlo, podremos librarnos de él. Y, en el fondo, es también una censura velada contra la libertad de expresión de los niños al señalarles temas vedados de los que, desde el principio, es mejor no hablar.

La psicoanalista Francoise Dolto afirma que “En el inconsciente, el ser humano lo sabe todo desde pequeño. La inteligencia del inconsciente es la misma que la de nosotros, los adultos. De manera que cada vez que tenemos ocasión de hablar a los niños de las cosas de la vida, hay que decírselas sencillamente como son.” (2)
Esa hipótesis recoge, a mi modo de ver, una de las principales características de la buena literatura para niños: Su capacidad para elaborar “las cosas de la vida, tal como son”


  Los cuentos sí lo permiten todo

En ese sentido, los cuentos son sabios. En lugar de negar el miedo, lo afrontan y lo elaboran de una manera simbólica. El lobo, el ogro, el monstruo o la bruja, son personajes frente a los que se puede reaccionar y volcar en ellos lo que produce angustia. Esa angustia, que tantas veces es una sensación confusa e incierta, logra elaborarse en imágenes concretas y, de esa forma, encuentra salidas. A los personajes que la representan, el niño puede odiarlos y castigarlos y ser más fuerte que ellos. Puede, incluso, utilizar su inmenso poder de lector, para dejarlos prisioneros entre las páginas del libro, mientras él lo cierra, regresando a la “vida real”. Así va estableciendo esa sutil distinción entre ficción y realidad, tan necesaria para su existencia. En general, desde muy pequeños, los niños son capaces de intuir que el “Hace muchos, pero muchísimos años, en un lugar muy lejano” o el simple “Había una vez” son fórmulas de entrada a un mundo diferente del real, que se rige por sus propias normas. Para moverse con tranquilidad en estos dos territorios, el niño necesita un guía adulto que lo acompañe y le abra puertas, no un celoso guardián que le prohíba transitar por sus fronteras.

Además, en el mundo de los cuentos se puede andar con seguridad porque sus normas son muy estrictas. Por lo general, los temibles monstruos son castigados y los personajes indefensos logran superar una serie de difíciles pruebas, para encontrar, al final, lo que desean. Más allá de la posible “lección moral,” lo que le dicen a los niños estas historias, no es que el miedo no exista, sino todo lo contrario: que existe, que es válido sentirlo y que también es posible vencerlo. De ahí que muchas veces ellos disfruten con el ritual de escuchar una y otra vez el mismo cuento. Oírlo de nuevo es conjurar el miedo, es “jugar a asustarse otra vez”, es buscar, cada vez en el transcurso de la historia, nuevas claves para intentar descubrir un poco de sí mismos. Y cuando además se tiene la fortuna de escuchar el cuento cerca a un padre, a una madre o a un adulto que, con su voz cálida y su actitud protectora, transmiten seguridad y confianza, el niño recibe también otros mensajes diferentes al del cuento: siente que es acogido y comprendido y que no necesita siempre hacerse el valiente. Establece con los otros esa complicidad tan necesaria en la vida, esa sensación de que nadie, ni el más fuerte de los adultos, es perfecto e invulnerable.

Naturalmente, las historias que son tan significativas para los niños, esconden también sus propios riesgos. A quien las cuenta en grupo puede sucederle que se encuentre con un pequeño al que determinada historia llegue a aterrorizarlo. En ese caso, conviene saber que el miedo ya existía y que simplemente encontró una manera de salir. A propósito dice Gianni Rodari: “Si el niño siente el miedo angustioso de quien no consigue defenderse, es necesario reconocer que el miedo ya estaba en él, antes de que apareciese el lobo de la historia: estaba dentro de él como un conflicto escondido. El lobo es el síntoma que nos revela el miedo, no su causa.” (3)

De todas maneras, si los cuentos pueden servir de “pretexto” para que un niño nos diga algo que necesitaba urgentemente decir, bien vale la pena “el mal rato” de explicarle a la mamá que no fue la profesora quien traumatizó a su hijo, “metiéndole miedo con historias malvadas”. En cuanto al niño, muchas veces la simple oportunidad de conversar con alguien, de poner en palabras lo que lo atemoriza, es el antídoto más eficaz contra el más horrible de los monstruos.

Las historias tradicionales, que a todos nos inquietaron y nos fascinaron en la infancia, no son, en el fondo, más que eso: una manera de elaborar nuestros sueños y nuestras angustias más intimas. Por eso no pasan de moda y, por encima de las circunstancias particulares, tienen una significación universal. Hablan de sentimientos que todos hemos vivido: del temor a la muerte, de la agresividad que percibimos en los otros y, por qué no decirlo, de la que también intuimos en nosotros mismos.    

A los niños les interesan esos temas, sobre todo porque los adultos no acostumbramos a conversarlos con ellos en la vida cotidiana. Nuestro instinto protector nos hace pensar que es mejor ahorrarles, hasta donde sea posible, todo sufrimiento. El problema de ese “ahorro” es que les evitamos, de paso, el sagrado derecho de sentir, de soñar despiertos y de llorar, como lloramos nosotros, en la oscuridad del cine, con las peripecias de nuestros héroes.

Ese sagrado derecho a identificarnos con criaturas de ficción es, a mi modo de ver, el más respetable de todos los derechos humanos. Es el que nos amarra a la trama del lenguaje, al tejido infinito de las palabras, de los símbolos y de la cultura. Es en ese territorio donde cada hombre, grande o pequeño, va escribiendo su lectura particular, en el libro inmenso de los tiempos. 

Notas

(1) Dolto, Francoise. Tener Hijos 1. ¿Niños agresivos o niños agredidos?. Buenos Aires, Piados. Pg. 27.

(2) Rodari, Gianni. Gramática de la Fantasía. Introducción al arte de inventar historias. Barcelona, Reforma de la Escuela,1992. P. 164.

Ilustraciones:
 
Donde viven los monstruos.
Maurice Sendak. Colección Nidos para la Lectura. Bogotá, Alfaguara, 2005.
Ahora no Bernardo. David McKee. Colección Nidos para la Lectura. Bogotá, Alfaguara, 2005.


YOLANDA REYES


 

Actividades

PARA ADULTOS

Curso de literatura infantil contemporánea.

Dirigido a: maestros de educación básica, bibliotecarios, padres de familia y todas aquellas personas interesadas en dar de leer a los niños.

Introducción
Para contribuir a la formación de niños lectores, resulta indispensable contar con adultos que los guíen y acompañen en su acercamiento a los libros. A partir de esa necesidad, Espantapájaros ha desarrollado un proyecto de formación permanente que ofrece a los mediadores de lectura oportunidades de actualización en el campo de la literatura infantil y asesoría en la recomendación de los mejores libros para niños.

En esta ocasión hemos reunido a siete expertos lectores, editores, investigadores, creadores y maestros, quienes compartirán con los participantes sus libros favoritos, para señalar las tendencias más representativas en diversos géneros de la literatura infantil y para ofrecer un menú de libros que ellos consideran “demasiado buenos para perdérselos”.

Este curso pretende indagar en torno a las preguntas más frecuentes que todos los interesados en formar lectores nos hacemos:

 ¿Qué libros vale la pena recomendar a los niños en el colegio, en la casa o en la biblioteca?

 ¿Qué autores nuevos no deberíamos perdernos? 
  
 ¿Cuáles son esos clásicos contemporáneos de la literatura infantil que los lectores de todas las edades deberíamos conocer?

 ¿Cómo seleccionar, entre la abundante producción editorial, literatura de la mejor calidad?

El Curso de literatura infantil contemporánea pretende dar herramientas en torno a estas cuestiones, con el propósito de que cada persona descubra los  amplios horizontes que la literatura para niños ofrece, no solo a los niños, sino a los lectores sensibles de todas las edades.

Itinerario

  Martes 11 de octubre:

El horizonte de la página. Charla de introducción al curso y al placer de leer literatura.
Por Conrado Zuluaga Osorio. Editor, escritor, maestro de literatura y, según sus palabras, “desocupado lector”. Uno de los pioneros en el diseño editorial de planes lectores para niños.

  Martes 18 de octubre:

Gianni Rodari y sus “gramáticas de la fantasía”.  El autor italiano que revolucionó las formas de leer, escribir e imaginar la infancia.
Por Beatriz Helena Robledo. Licenciada y Master en Literatura, con amplia experiencia en investigación y crítica en  el campo de la literatura infantil colombiana. 

  Martes 25 de octubre:

Panorama del libro - álbum contemporáneo. Nombres y tendencias de vanguardia en el mundo y elementos básicos para la comprensión del género.
Por María Fernanda Paz-Castillo. Investigadora especializada en el género del libro-álbum. (Biblioteca de la Juventud de Munich, Alemania). Editora de literatura infantil de Ediciones B para Colombia y Venezuela. 

  Martes 1 de noviembre:

El libro- álbum en América Latina y sus principales exponentes: Alekos, Angela Lago, Isol, Mónica Doppert, Morella Fuenmayor y otros nombres.
Por María Osorio. Arquitecta, ilustradora, profesora universitaria y una de las figuras más reconocidas en el campo del diseño editorial. Editora de Babel Libros.  

  Martes 8 de noviembre:

Roald  Dahl y su lápiz afilado. El maestro británico de la irreverencia y el sarcasmo que ha cautivado a lectores de todas las edades.  
Por Pilar Reyes. Directora Editorial de Alfaguara, Colombia, con amplia experiencia en nuevas propuestas de edición de libros para niños.  

  Martes 15 de noviembre:

El realismo en la literatura infantil y juvenil contemporánea. Polly Horvath, Kate Cann, Joyce Carol Oates y otros autores que señalan tendencias actuales.      
Por Cristina Puerta Duviau. Editora de Literatura Infantil del Grupo Editorial  Norma. Desarrolló una investigación sobre literatura juvenil en la Biblioteca de la Juventud de Munich, Alemania.    

  Martes 22 de noviembre:

La fábula moderna: un género poco correcto para los niños de hoy. Arnold Lobel, Janosch y otros maestros que han revolucionado sutilmente el arte de fabular, ¡sin moraleja!          
Por Yolanda Reyes. Autora, maestra  e investigadora en el campo de los libros para niños y jóvenes. Directora de Espantapájaros Taller. 
  

Inversión: 
Doscientos cincuenta mil pesos semestrales. ($ 250.000.oo).

El curso incluye además:
Lista de libros recomendados.
Sesión individual de asesoría para los adultos interesados en recomendar libros a los niños en su hogar, colegio o biblioteca. (Es indispensable cita previa).

Nota: el 11 de octubre se entregará la lista de los libros que cada conferencista recomienda leer previamente.

Informes e inscripciones:
Espantapájaros Taller
Transversal 19A No. 104A- 60
Teléfonos: 6200754 / 6297828
infotaller@espantapajaros.com
espantapajaros@etb.net.co



 De navidad, regala amor por la lectura.

Como sabemos que las empresas ya están pensando en los regalos de navidad que darán a las familias de sus empleados, Espantapájaros ofrece este año un programa completo para contribuir a que haya cada vez más niños, madres y padres lectores en Colombia.




Colección Nidos para la Lectura. Bogotá, Alfaguara, 2005.

El programa incluye:

  Recomendación y venta de libros, con asesoría de los expertos, según las edades de cada niño vinculado a la empresa. (Desde bebés hasta 18 años).

  Fiesta de navidad para la entrega de los libros. Talleres, horas del cuento, conciertos de música y poesía y otras actividades mágicas de Espantapájaros, para hacer de la entrega de regalos una fiesta inolvidable ligada al placer de leer.

Mayores informes:

Lucía Liévano. La Tienda de Nunca Jamás. Teléfono: 2142363
Martha Iannini. Espantapájaros. Teléfonos: 6200754; 6297828.

 

PARA NIÑOS


Las noticias sobre libros y lectura están en furor en esta temporada. Espantapájaros se vincula a la Semana de la Lectura que se vive en Bogotá durante los últimos días de septiembre y, en asociación con la Editorial Fondo de Cultura Económica, ofrece  actividades para toda la familia.

  Lunes 26 de septiembre:

Descubre la librería. Visita guiada para conocer la librería de Fondo de Cultura Económica. Hora del cuento con historias de viva voz para asistentes de todas las edades.
Lugar: Sede de Fondo de Cultura Económica. Carrera 16 # 80-18.
Horario: de 4 a 6 p.m.

  Martes 27 de septiembre:

Poesía y música para leer y cantar con los niños: desde la tradición oral a los poemas de autor. Para niños y niñas de todas las edades.
Lugar: Sede de Fondo de Cultura Económica. Carrera 16 # 80-18.
Horario: de 4 a 6 p.m.

  Jueves 29 de septiembre:

Hora del cuento para bebés, mamás y papás. Arrullos y canciones para escuchar en las rodillas de los seres más queridos.
Lugar: Espantapájaros Taller. Transv 19 A # 104 A- 60.
Horario: 3 a 4 p.m.

  Viernes 30 de septiembre:

Los libros de Fondo de Cultura van de feria a Espantapájaros Feria del libro con horas del cuento para todos los amigos de Willy y de Espantapájaros.
Lugar: Espantapájaros Taller. Transv 19 A # 104 A- 60.
Horario: 5 a 7 p.m.

Pero esto es solo el comienzo, porque octubre, mes de niños y de brujas, trae una programación fantabulosa  para morirse de emoción y divertirse de miedo.

Todos los viernes, a las 5 en punto de la tarde, en Espantapájaros habrá una Hora del Cuento Mágica para niños y niñas de 2 a 10 años, en diversos grupos. (Según su edad y su grado de valentía).

  Octubre 7:
Donde viven los monstruos. Monstruos, ogros y otras criaturas de la literatura infantil. 

  Octubre 14:
Las brujas: trucos, historias, pociones y uno que otro secreto.

  Octubre 21:
El rock de la momia. Rap, rock y otros ritmos para hechizar y hacer magia.

  Octubre 28:
Muertos de susto. Leyendas de tradición oral para leer en la penumbra.




Niños y niñas
¡A formar parte del grupo instrumental de Espantapájaros!
  
Damos comienzo al Grupo Instrumental de Espantapájaros.
Las palabras y canciones también se pueden acompañar con instrumentos de placas (carillones y xilófonos) y de pequeña percusión, para hacer montajes.
Este programa nos ayuda a pensar la actividad musical más allá de nuestro propio cuerpo y como un proceso colectivo.
Para niños entre 4 y 6 años.

Lugar: Espantapájaros Taller. Transv. 19 A N° 104 A – 60
Fecha: Octubre 22.
Horario: Todos los sábados, de 10 a 12 m.
Inversión: $110.000.oo. Cuatro sesiones consecutivas.

Pertenecer al Grupo Instrumental de Espantapájaros da la posibilidad de afiliarse al Club de Música, que les permite a los niños llevar un CD a la casa.


 

Libros recomendados

 

Yo leo solo

Charlie y la fábrica de chocolate.
Roald Dahl.
Traducción de Verónica Head.
Bogotá, Alfaguara, 2005. 2° ed.

Hay que agradecerle a la industria cinematográfica que, de vez en cuando, elija buenas obras de la literatura infantil para divulgar entre el gran público. Autores como el estadounidense Chris Van Alsburg, cuyos títulos Jumanji y El expreso polar han sido llevados a la pantalla grande y el inglés Roald Dahl, de quien se han adaptado novelas como Las brujas y Matilda, ofrecen sobrados méritos para los productores cinematográficos por una razón sencillísima: son maestros en el arte de contar buenas historias y es bien sabido que las buenas historias no son precisamente abundantes.

Tal vez por ello presenciamos de nuevo otra versión cinematográfica de Charlie y la fábrica de chocolate, una de las obras más emblemáticas de Dahl. A riesgo de sonar anticuada por proferir una de esas típicas sentencias adultas, recomiendo aprovechar el boom publicitario para leer en familia la novela original. Y aún sin haber visto la película de Charlie, me atrevo a asegurar que jamás podrá ser mejor que ese libro, catalogado por varias generaciones de niños como “demasiado bueno para perdérselo”.

El autor inglés que se ha ganado un lugar de honor entre los clásicos contemporáneos es un genio de la literatura infantil. Maestro del humor negro y políticamente incorrecto, Dahl maneja a la perfección el arte de narrar y su consigna parece ser la de atrapar al lector desde la primera línea. Con su voz personalísima y su prosa llena de matices, Charlie y la fábrica de chocolate convierte en realidad una fantasía infantil que todos hemos acariciado: la de tener a nuestra entera disposición una fábrica de chocolate.

A partir de un provocador anuncio, Willy Wonka, el propietario de la fabulosa empresa, decide permitir que cinco niños, “sólo cinco –y ni uno más–” visiten su fábrica. Además del premio que la visita guiada por ríos de chocolate, helados que nunca se derriten y chicle que jamás pierde el sabor, Wonka promete a los afortunados recibir chocolate y caramelos suficientes para toda la vida. Para ello emite cinco billetes dorados que están escondidos en la envoltura de cinco chocolatinas normales y que pueden encontrarse en cualquier tienda del mundo.

La novela nos presenta desde el comienzo a los cinco felices ganadores. Y mientras el lector vive deliciosas aventuras, el perverso Dahl se las arregla para hacer lo que mejor sabe hacer, que es retratar la naturaleza humana. Porque, han de saberlo, los niños elegidos no son idílicos ni perfectos. Con su lápiz afilado y su irreverencia sin límites, Roald Dahl nos ofrece, al lado de una historia fascinante, la posibilidad de reírnos de nosotros mismos, con una mueca burlona. Por eso, a cualquier edad, es imprescindible leer esa novela y seguir luego con el resto de su obra, recomendada no para los que buscan literatura moralizante sino para los amantes de la buena literatura, a secas.      

Yolanda Reyes.

 

Yo leo a escondidas

Tiempo de remover las cenizas.
Mirjam Pressler.
Traducción de Olga Martín y Paula Botero.
Colección Zona Libre.
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2005.

“Tengo que ponerle punto final a esto, piensa, tengo que volver a ser la chica despreocupada que fui hasta esos días de finales de abril…Yo no tengo la culpa de algo que pasó mucho antes de mi nacimiento, hace ya cincuenta y siete años, casi una eternidad, así de lejos está”. Estas palabras de Johanna, la protagonista de la reciente novela de Mirjam Pressler citadas en la contra carátula de la versión de Norma, son un acierto editorial pues no sólo sintetizan la esencia de esta historia sino uno de los temas recurrentes en la narrativa alemana contemporánea para jóvenes.

Mirjam Pressler (1940), reconocida autora alemana, lleva bastante tiempo explorando con valentía y cierta dosis de crudeza, la problemática de los jóvenes europeos. Desde los ochenta, sus libros fueron traducidos al castellano por Alfaguara y así conocimos novelas suyas como Chocolate amargo y Arañazos en la pintura, entre otros, que desafortunadamente no volvieron a circular. Su mirada realista fue una de las primeras en abordar esos llamados “temas tabú”,  cada vez más frecuentes en la literatura infantil y juvenil. Junto con otros escritores como su coterráneo Peter Härtling o la vienesa Christine Nöstlinger, Pressler acostumbró al público juvenil a una literatura de fuerte aliento existencial para dar nombre a preguntas recónditas relacionadas con la sexualidad, la muerte y los orígenes.

Esta nueva novela gira, precisamente, en torno a la pregunta sobre sus orígenes que se hace Johanna Riemenschneider, una adolescente alemana común y corriente, quien descubre, en un viaje de estudio a Israel, una parte oculta de su pasado. La protagonista, que no sólo ha heredado el nombre de su abuela sino también la prosperidad que le brinda a su familia la Casa de Modas Riemenschneider, conoce, durante la excursión escolar, a Meta Levin, una judía contemporánea de sus abuelos, y ese encuentro resquebrajará el mundo infantil de sus afectos incondicionales, para dar paso a sentimientos de culpa, en un entorno familiar en el que a nadie parece interesarle remover cenizas.

A manera de metáfora, la novela de Pressler da vueltas, desde la perspectiva personal de Johanna, en torno a esa culpa o “pecado original”, presente en la sociedad alemana. Así, mientras se desencadenan en esa adolescente preguntas sobre los orígenes de su herencia y sobre el papel que desempeñaron los adultos más entrañables en uno de los capítulos más terribles de la historia reciente, la autora va tejiendo la complejidad de matices, de versiones encontradas y de secretos a voces que constituyen una historia, a la vez privada y pública y que marcan para Johanna el final abrupto de la infancia, como sucede en las novelas de crecimiento. Tal vez porque aún no se han removido todas las cenizas del holocausto nazi, la novela no tiene un final feliz. Como si se negara a dar soluciones tranquilizadoras, la autora se limita a contar esas historias dentro de “La Historia” y a escudriñar los sentimientos recónditos, no sólo de Johanna, sino de todo un pueblo que todavía se pregunta, como ella, por qué debe culparse de algo que sucedió hace mucho, mucho tiempo.    

Yolanda Reyes. 

 

Yo no leo, alguien me lee

Olivia y el juguete desaparecido.
Ian Falconier.
Traducción de Ernestina Loyo.
México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

Esta tercera entrega de las aventuras de la inquieta cerdita creada por Falconier, vuelve a desatacarse por su calidad. En esta ocasión, el perro Perry se come el juguete favorito de Olivia y, de nuevo, la sencillez de las palabras contrasta con el excelente trabajo de negro y rojo, que ahora admite también la irrupción del verde. Uno de esos álbumes imprescindibles para educar la sensibilidad estética de los más pequeños…¡y también para deleitar a los adultos más exigentes!.  

Chigüiro y el lápiz.
Ivar Da Coll.
Babel Libros, Bogotá, 2005.

Para celebrar los diez años de las primeras historias de Chigüiro, el entrañable personaje que creó el ilustrador colombiano Ivar Da Coll, Babel Libros le ofrece otro motivo de celebración a la literatura infantil. Este libro, publicado bajo el naciente sello editorial, demuestra cómo es posible hacer excelentes libros para los más pequeños, reuniendo talento, sencillez y un trabajo de equipo que se refleja en la calidad de todos los detalles.       

Yolanda Reyes.

 

Yo empiezo a leer con otros

La historia de Erika.
Ruth Vander Zee. Ilustraciones de Roberto Innocenti.
Traducción de Pilar Martínez y Joxé M. González.
Pontevedra, Kalandraka Editora, 2005.

La autora relata, en nota inicial, que conoció a Erika en Rothenburgo, 50 años después de la Segunda Guerra Mundial. La historia de Erika, a quien su madre tuvo que arrojar de un tren cuando era bebé para salvarle la vida, podría ser otra más de las que se han escrito sobre el holocausto nazi, de no ser por la narración sensible y contenida y por las maravillosas ilustraciones de Innocenti que convierten al libro en una obra de arte. 

Yolanda Reyes.

Estos libros han sido recomendados por Yolanda Reyes en la página de literatura de la Revista Cambio de Colombia y se publican aquí con la gentil autorización de sus editores.

Lea otras reseñas de libros para todas las edades en nuestro sitio web www.espantapajaros.com


 

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