Editorial
A los lectores y escritores…
En esta nueva entrega del boletín, nos sentimos muy orgullosos de albergar voces desde un extremo al otro del continente, en torno al oficio de formar lectores.
Del lado austral, nuestra invitada especial es Graciela Bialet, escritora y promotora de lectura de Córdoba, Argentina. Su ponencia sobre “Lectura e infancia en contextos de pobreza”, presentada en el Seminario Internacional de Promotores de Lectura de la Feria del Libro de Guadalajara, México, 2005, se pregunta por el sentido de la lectura para ese gran porcentaje de la población infantil que en todos nuestros países vive situaciones de exclusión. El estremecedor testimonio de Bialet señala la urgencia de emprender el trabajo con los libros y las palabras como una forma de “reinventar la esperanza”. Desde el otro extremo, Juliana Bustamante, nuestra corresponsal en Washington, nos actualiza con noticias sobre los emblemáticos premios Caldecott y Newberry, 2006, y nos envía la reseña de Rosa, uno de los libros recientemente galardonados.
Y desde aquí, en Colombia, como punto medio en el cruce de caminos, Espantapájaros comparte sus propuestas dirigidas a formar lectores de todas las edades. Con el Laboratorio de Animación a la Lectura se inicia el programa anual de formación de adultos, que continuará durante el semestre con las ya tradicionales Jornadas de Literatura, de las que adelantamos algunos avances. También les mostramos la nueva imagen de nuestra librería, Tienda de Oz, que está abierta de lunes a sábado para grandes y pequeños, interesados en la mejor literatura. Y como siempre, las secciones habituales sobre libros recomendados y actividades para bebés, niños, niñas y adultos conforman este crisol de voces: este texto, hecho por tantas manos, que llega a ustedes para invitarlos a ser lectores, escritores y, ojalá, coautores de muchas otras páginas para escribir todos juntos, sin fronteras de edad ni de país.
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Lectura e infancia en contextos de pobreza
La siguiente ponencia de Graciela Bialet fue presentada en el III Encuentro de Promotores de Lectura, realizado en la Feria del Libro de Guadalajara, México, en noviembre de 2005. Alrededor de la pregunta, ¿Dónde están los lectores?, Ana Arenzana, (México), Yolanda Reyes, (Colombia) y Graciela Bialet (Argentina), compartieron con los participantes diversas experiencias de Promoción de Lectura que desarrollan en sus países.

Graciela Bialet, coordinadora del Programa “Volver a Leer”, de Córdoba, Argentina; promotora de lectura y autora de libros para niños y jóvenes, (Los sapos de la memoria; Si tu signo no es cáncer, entre otros), generosamente cedió este testimonio que conmoverá e inspirará a los lectores de Espantapájaros.
Por: Graciela Bialet.
Datos surgidos del último informe sobre el estado del hambre en el mundo, realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), revelan que en el mundo viven 852 millones de personas desnutridas. Si bien las noticias más alentadoras provienen de América Latina y el Caribe, la única región en desarrollo que alcanzó su meta establecida para reducir el hambre de sus poblaciones lo suficientemente rápido, a ninguno de los presentes escapa que nuestros pueblos aún sufren este flagelo.
En mi país, Argentina, que bajó a 600 mil la cantidad de personas en esa condición en el período 2000-2002, de los 700 mil que registraba una década atrás (1990-1992), por ejemplo, en el 2004 todavía había un cinco por ciento de niños menores de cinco años que registraban bajo peso. O sea, y para ir personalizando el tema, que de los casi 3 millones y medio de niños argentinos de hasta 5 años, HOY 175.000 de ellos están mal nutridos. Nuestra Latinoamérica padece la pobreza. Nuestros niños y jóvenes son los más perjudicados. Y nosotros acá, ocupados en que lean. Que coman, reciban dignamente atención y también que lean, claro. Por eso, si vamos hablar de dónde están los lectores, si voy a hablar de ellos, decido llamarlos por sus nombres.
Voy a contarles de Anita
Anita tiene tres años. Pasa al lado de una máquina expendedora de gaseosa y piensa “quiero coca”. Su padre es vendedor ambulante, vende trapos de rejilla a los automovilistas que se detienen frente al semáforo del shopping. Ella le ayuda, porque aun siendo más chiquita, le compran más rejillas que a su tata.
Anita tiene sed y desea beber Coca-Cola, pero se conforma con agua de la canilla pública del estacionamiento del shopping. Sabe leer Coca sin haberse enterado que la “C” se llama “ce” y que suena “C”, interpreta el significado de esas letras escritas que saben a refresco caramelo marrón, pero comprende muy bien que con agua es suficiente. Anita ha descubierto los propósitos de la escritura. Sí que lo sabe. Sabe que esos signos que algunos llaman letras dicen lo que hay dentro de esa máquina de gaseosa, que a cambio de una moneda (ay, si ella tuviera una moneda...) le daría coca. Pero no, Anita es muy inteligente, ha aprendido en la calle, trabajando, que la coca, con dos “C” no es para ella, es para los niños que ve jugando en el segundo piso vidriado del shopping, montados en una calesita llena de luces, caballitos y colores que brillan tanto, que cuando anochece iluminan la noche del estacionamiento.
En el libro Infancia y poder, Mariano Narodowski dice que los efectos de la globalización de las nuevas tecnologías y de la exclusión provocada por el modelo económico-social vigente, han llevado a la construcción de dos tipos de infancias bien diferenciadas: una infancia hiperrealizada, que tiene acceso a nuevas formas de pensamiento, fragmentario, yuxtapuesto -de video clip, podríamos decir en términos de imagen- que no es mejor ni peor que otros, sino distinto, y que conducen a modos de ejecutar acciones conceptuales que aun ni la psicología educacional y la evolutiva han terminado de descifrar. Una infancia que se sabe más astuta que muchos adultos que pretenden “pedagogizarla”, pues está más preparada y dispuesta que sus maestros a entenderse con y a través de las nuevas tecnologías informáticas. Sus modos de recolectar información y de leer, si bien están tecnológicamente asistidos por orientadores de sentido, son autogestivas en tanto requieren de estrategias volitivas para connotarlas y exigen del usuario-lector destrezas de selección que le posibiliten no perderse en un mar infinito de datos.
Esta infancia hiperrealizada (pobres niños ricos, diría Benedetti) ha incorporado y habitualizado a sus esquemas representativos los conceptos de precarización, consumo y mercantilización, asumiéndolos como modo de vida. Paradójicamente estos niños, capaces de infiltrarse en informaciones secretas de bases de datos informáticas supuestamente inviolables, son ignorantes o por lo menos inmaduros a la hora de sobrevivir sin protección adulta; de hecho, esta niñez y adolescencia hiperrealizadas son cada vez más extensas cronológicamente en cuanto a la dependencia vincular con sus padres, agudizado esto en nuestros países por la falta de oportunidades laborales y académicas.
Anita no pertenece a este tipo de infancia, sino a la otra. A una que coexiste mirando, desde la calle, inabordables juegos con láser. Ella pertenece al grueso grupo de los niños que engordan estadísticas de las ONU, UNESCO y de miles de ONGs; ella forma parte de esa infancia desrealizada que nos rodea a diario, esos niños y niñas que han quedado no solo afuera de las mieles de las nuevas tecnologías de la comunicación, sino de las más elementales de sus necesidades básicas cubiertas. Una infancia que se adultece a fuerza de intemperie y exclusión: primero -y cada vez más tempranamente- de su seno familiar, luego de la escuela y por fin de la sociedad. Una infancia que es capaz de sobrevivir en la calle pero que es incapaz de superar el primer ciclo de la escolaridad primaria. Sobrevivir en términos de vivir, crecer, drogarse, jugarse, dormir, hambrearse, amar, robar, congelarse, limpiar vidrios, enamorarse, compartir y hasta morir en la calle.
Estos chicos que no tienen un pelo de tontos a la hora de comprender el valor de la moneda, son los que la escuela dice que no pueden aprender a leer y a escribir. ¿Cómo es que Anita puede leer “coca” de un cartel y luego no podrá aprender a leer lo que la escuela le enseña? ¿Cómo es capaz de leer los signos y los metamensajes que su realidad social le imponen y no puede leer frases tan célebres como “El osito Matías come setas. ¡Es goloso!” (y ¡cuidado!, he extraído esta frase de un libro escolar vigente). ¿Será quizás que Anita no solo no tiene idea de lo que es una seta, sino que además su necesidades de todo, incluso de lectura, pasan hoy por hoy por otros lados?
Ahora voy a contarles de Santiago.
Santiago tiene 13 años pero parece de 16. Él es amigo de mi marido, limpia los vidrios de nuestro auto todas las mañanas, a eso de las 8 menos cuarto, cuando pasamos apuradísimos de camino al trabajo. “Chau, abuelo” le dice cada mañana y le palmea el brazo cuando recibe su moneda matinal. Estuvo un tiempo enojado con mi esposo porque dejó de convidarle puchos luego que dejara de fumar (hablo de mi marido, porque El Laucha, así le llaman sus amigos de esquina a Santiago, sigue fumando como lo hace desde sus 8 años). Santiago, El Laucha, es un chico de la calle. Desertó de la escuela en tercer grado. Se dio por vencido luego de repetir 1° grado tres veces, 2° grado dos veces y el 3° grado no lo completó. No había logrado aprender a leer.
El Laucha se “faneaba” (así se dice en mi país al aspirar cemento de contacto) en las alcantarillas de La Cañada hasta que una noche apareció en su vida Oscar Arias, un trabajador social de carne y hueso hastiado de ver chicos de la calle muriendo en las calles de Córdoba y se ganó el respecto de muchos de estos niños. ¿Cómo lo logró? Con afecto, con trabajo y con palabras que empezaron a plasmarse en una revista y en un proyecto que ya es realidad. Ese proyecto se llama “La luciérnaga” y consiste en producir una revista que luego los chicos de la calle ofrecen en las esquinas a todo humano que transita la ciudad. La revista ha comprometido el trabajo de estos niños que, para escribirla, producirla y venderla, han desarrollado competencias lectoras. Estos pibes que la escuela no pudo formar como lectores, se hicieron lectores en la necesidad de leer para poder subsistir. La lectura les salvó la vida, y no es una metáfora. Que ellos se sintieran “necesitados de aprender a leer” y que los “compradores” de la revista seamos lectores, es para ellos “su negocio”.
Santiago aprendió a leer en el marco de responder a reales necesidades de lectura. La revista refleja en todos sus números la manera de pensar y de sentir del chico de la calle. La revista tiene dos eslogan “Mendigar nunca más” y “Aparece cuando sale” en referencia a las posibilidades temporales de edición. Por esta razón, Santiago limpia vidrios entre un número y otro de la revista, porque trabajar es mejor que robar, nos dijo un día.

¿Cómo se enseña a leer a un niño desnutrido y abandonado a la buena de Dios? Se le enseña a leer con responsabilidad social… y con ternura, que es del único modo en que se leen los cuentos a los niños. Se les enseña a leer con paciencia y empezando siempre por lo que dicta el sentido común: averiguando qué necesita, qué desea leer y créanme, la poesía es siempre una buena aliada. Las nanas, las rondas, las retahílas, las canciones, las fórmulas, la lírica son una fuente permanente de regocijo infantil.
Los teóricos distinguen entre aprender a leer, en términos de descifrar el código lingüístico, y el formarse como lector, o sea incorporar como conducta habitualizada la práctica de la lectura. Son dos procesos cognitivos diferentes; subordinado el segundo del primero, pero no irremediablemente su consecuencia. Se puede aprender a leer y nunca llegar a ser lector. Y esto no depende directamente de la condición social del aprendiz, sino de su proceso de construcción como lector. Por supuesto que los niveles de nutrición y el desarrollo emocional de los niños comprometen todas las áreas del aprendizaje y del conocimiento, los de la vida misma comprometen, y decirlo es casi una perogrullada, pero Anita y Santiago aprendieron los propósitos de la lectura mucho antes que las letras, a pesar de sus dramas de exclusión. Los niños pobres aprenden a viajar en colectivo (o camión) aunque no puedan pagar el pasaje.
La diferencia está dada por la actitud política que la sociedad, la escuela y los adultos, cualquiera de nosotros, asume frente a la democratización de la cultura letrada, o mejor dicho, a la formación de lectores, que es una práctica esencialmente cultural.
Pruebas a la vista las dan el estudio de los programas escolares con los que se educó durante el Siglo XX en Argentina, donde pueden observarse que cuando en mi país sus dirigentes necesitaron, en las primeras décadas, asimilar a la construcción de la Nación a miles de inmigrantes europeos, diseñaron un Programa de Lectura para “alfabetizar sobre el idioma y la cultura argentina” a estas legiones de italianos, árabes, judíos, polacos... Luego de los años 50 (interminables dictaduras...) no sólo desapareció ese programa de lectura sino que se borró el nombre de la disciplina (o espacio curricular, como se lo denomina ahora) que comenzó a llamarse lenguaje -a secas-, lengua, lengua oral y escrita, expresión lingüística... y así hasta el día de hoy. ¿Será que el proyecto dejó de consolidarnos, a través de la cultura y de la lectura, como Nación? ¿Será casualidad que en los últimos 50 años han venido siendo educadas generaciones de argentinos como decodificadores de letras lo suficientemente entrenados para lo instrumental de la lectura –leer carteles, fichas, textos instructivos... para ser buenos consumidores, bah - y no como verdaderos lectores que se comprometen, interrogan, comprenden, completan y dan sentido con sus pensamientos a la escritura propia y la de otros? Por algo los más variados verdugos del pueblo (con y sin charreteras) han quemado libros o cancelado miles de partidas presupuestarias a bibliotecas, o dando de baja cargos de bibliotecarios a medida que se van jubilando, o eliminado curricularmente la educación de lectores que requiere de bibliotecas escolares y de contenidos puntuales, apostando así al embrutecimiento de varias generaciones. Este embrutecimiento adormece, atropella derechos humanos, y habilita a que niños duerman en la calle frente a la indiferencia de muchos.
Es que la lectura es peligrosa... porque un pueblo que lee elige, selecciona, y no sólo sus lecturas, sino a sus gobernantes, sus modelos de vida, etc. Aprende a pensar. Aprende a optar. Aprende a defender sus puntos de vista.
Por eso hay que ofrecer escenarios de lectura a los niños, y cuanto más pobres, más aun, porque la lectura es liberadora y nadie puede contener los procesos de pensamiento que genera en cada persona. Y cuando digo nadie nos incluyo a todos (hasta los profesores de literatura que siempre se saben lo que quiso decir el autor y coartan las infinitas reescrituras de un texto que cada lector produce). Una vez escuché esta historia: Gandhi estaba dando una conferencia de prensa y solo peticionaba apoyo a proyectos culturales hindúes. Un periodista le reprochó que ellos tenían sus necesidades básicas insatisfechas, que necesitaban agua, leche, medicamentos... eran tan pobres. Y el Mahatma le contestó que precisamente porque eran tan pobres, no podían darse el lujo de perder lo único que poseían: su cultura. Parafraseando esa genial respuesta, podría decirse que, precisamente porque son pobres y excluidos nuestros niños, es que hay que ofrecerles más y más lectura, porque la necesitan para salvar lo único que no pierden mientras viven: el alma y las posibilidades de revertir su situación.
El proyecto de “La Luciérnaga” es un contundente ejemplo de la lectura como salida posible. No es cierto que todo está perdido... Es posible ofrecer lectura. Desde el Programa Volver a Leer que coordino en Córdoba, Argentina, realizamos varios intentos: hemos llevado bibliovalijas (donadas por oyentes de una radio cuya locutora colaboró con la idea) con libros, confeccionamos una manta, algunos almohadones, unos peluches y escondimos en cada valija algún objeto mágico que despertara curiosidad (la pata seca de un cangrejo, una llave vieja, una cajita con tornillos raros... incógnitas que pudiesen asociarse a los libros que ahí encontrarían) y las entregamos a potenciales lectores y mediadores: a escuelas rurales perdidas en las montañas, para que luego una la pase a otra y a otra; a jóvenes que trabajan en una villa de emergencia con niños marginales; a abuelos contadores de cuentos; a un comedor popular; y hasta, en carritos de supermercado, una biblioteca rodante para los pequeños enfermos de dos Hospitales de niños. No inspeccionamos qué hacen con esas bibliovalijas. Apostamos al descontrol que genera su uso. Claro, muchas veces se pierden en el camino las ganas y algunos libros, pero está bien, los libros están para que (al decir de Sartre) encuentren a su lector y sus caminos siempre son insospechados. Después de muchos años de trabajo (13, ya), sólo registramos la pérdida de un montón de libros y la ganancia de muchas experiencias de lectura que surgen a partir de allí, como la unos chicos de la Pampa de Pocho (en la alta montaña) que luego de la lectura de un libro iniciaron una radio escolar, o de un grupo de chicos rurales que copiaron la idea y generaron su propia biblio-mochila que cada quince días intercambian con la de otra escuela rural a través de un voluntario que ofrece su sulqui para el traslado; o mesas rodantes convertidas en bibliotecas de recreo.
En el Programa VOLVER A LEER trabajamos dentro y para el sistema educativo en tres direcciones:
- y la más importante, en el desarrollo de escenarios y prácticas reales de lectura;
- en capacitación y reflexión docente;
- en el acercamiento a los bienes culturales, porque uno se para frente a los demás con lo que es y con lo que tiene adentro, y la lectura, intencionalmente fue descalificada política y socialmente como bien simbólico, y hoy nuestros docentes son aquellos educados bajo las consignas de valores de consumo en detrimento de los culturales.
Poder, se puede, no es cierto que todo está perdido.... todo depende de decisiones políticas, no solo de los funcionarios de turno, sino de cada uno de los adultos a quienes nos importa hacer algo por esta infancia de la calle y la otra, la hiperrealizada, conectada a juegos de violencia que espantarían al mismísimo Atila. Cuando un pueblo expulsa a sus niños al abandono está renunciando a su futuro. Cuando un pueblo se resigna a que le roben el derecho a pensar, que implica el derecho a leer, está hipotecando su casa, ya lo sabemos, lo hemos vivido y comprobado. Yo me resisto a que me echen de mi hogar, a que me quiten el país, que es la patria, que es mi paternidad, mis padres, mi simiente. Somos de los que no podemos dormir de noche, sabiendo que hay un niño en la calle, a esta hora, exactamente (como dice el poeta Armando Tejada Gómez), por eso estamos aquí, porque es nuestro destino y nuestro desafío.
“Importan dos maneras de concebir el mundo. Una salvarse solo, arrojar ciegamente los demás de la balsa y la otra, un destino de salvarse con todos, comprometer la vida hasta el último náufrago...” (Tejada Gómez, en Profeta en su tierra).
Por último les voy a contar dos historias breves.
Una vez una maestra, de 2° grado, me invitó como escritora de literatura infantil, a una escuela a contarles cuentos a los chicos como una estrategia de animación a la lectura. La escuela es una escuela de las llamadas urbano-marginales. Muy pobre. Estando ya en el aula con los niños, me llamó la atención que algunos niños: Gastón, Fede y Aníbal, tenían marcada una aureola roja en la cara. La maestra me comentó, con total naturalidad, que esas eran las huellas de las bolsas de nylon cuando aspiran fana. Yo casi me desmayo, pero no lo hice y leí varios cuentos. Al principio era un alboroto terrible, yo estaba tan dispersa como los chicos, pero a medida que la historia tendía su burbuja de ficciones, los chicos entraban conmigo dentro de ella y se respiraba un mundo nuevo.
Luego de los cuentos, me llevaron a la dirección, no porque me portaba mal sino porque era la escritora y me convidarían un café. Allí no pude contener mis lágrimas sintiéndome una idiota: ¿Qué hacía allí contándoles un cuento a chicos que se drogan a los 8 años? Pero la maestra, sabedora de los códigos de esta infancia desrealizada y confiada en el poder de la lectura me recompuso diciendo: “No seas necia, Graciela, estos chicos han sido niños durante media hora ¿Sabés lo importante que es eso?”
Ahora la historia de Erica. Es muy cortita y en realidad un homenaje.
Erica tenía 7 años y era mi alumna en 1° grado, hace mucho. Ella vivía en la villa de Costa Cañada. Sus padres estaban separados. El padre era policía y residía en Catamarca. Su madre tenía un concubino que abusaba de sus seis hijos. Erica no era la excepción. Un día llegó a la escuela con los genitales quemados con brasas, ¿para borrar huellas?... el padrastro dijo a la policía que porque se orinaba en la cama. Un juez retiró a Erica y a sus hermanos del hogar y los asiló en un orfanato u hogar de protección al menor, como les gusta llamarlos ahora. Todos los intentos por adoptarla abortaron por mi imposibilidad de llevarme a los seis hermanos o a ninguno, según la jueza. Finalmente su abuela materna, una proxeneta, sí pudo retirarlos de allí e iniciar a Erica, a los 12 años en la profesión más antigua del mundo.
Erica amaba un libro de poesía: “El arbolito Serafín” de María Hortensia Lacau. Hace poco le regalé otro, uno de Galeano y compartiré con ustedes su favorito, dedicado especialmente a todos los que nos quieren hacer creer que leer es un lujo de ricos e intelectuales, que los niños son bobadas ñoñas de cotillón, que los chicos pobres solo necesitan bolsones de comida y que los que estamos preocupados por la infancia y la lectura somos utópicos... Pues que se enteren: Sí, creemos en la utopía de la lectura y la libertad, y como dice Mempo Giardinelli, vamos a reinventar la esperanza.

Nuevas voces

Por: Juliana Bustamante. Corresponsal en Washington D.C.
Como ya es habitual, Juliana Bustamante, nuestra corresponsal en Washington, nos trae noticias sobre el mundo de los libros para niños en Estados Unidos. En esta ocasión se refiere a los Premios Caldecott y Newberry de 2006. Aunque quizás estos libros tarden algún tiempo en ser traducidos a nuestro idioma se trata de galardones de enorme prestigio en el campo de la literatura infantil contemporánea y por ello nos interesa darles cabida en nuestro boletín.
Nuestra corresponsal elaboró además la reseña de Rosa, un interesante libro que obtuvo Mención de Honor Caldecott y que narra la historia de Rosa Parks, la primera mujer afroamericana que se negó a cederle su asiento del bus a una persona blanca.
Medalla caldecott: ganadores para el año 2006
La medalla Caldecott fue creada en honor al ilustrador inglés del siglo XIX, Randolph Caldecott. La otorga anualmente la Asociación para Servicio de Bibliotecas para Niños, una división de la Asociación Americana de Bibliotecas, al artista que haya producido el mejor libro ilustrado para niños.

Este año, la Cadelcott fue otorgada al libro The Hello, Goodbye Window, escrito por Norton Juster e ilustrado por Chris Raschka. (Michael di Capua Books, imprenta de Hyperion Books for Children). El libro cuenta las experiencias de una niña cuando visita la casa de sus abuelos y “sus dibujos logran crear ilustraciones expresivas que se conjugan con el calor y afecto de la conexión entre generaciones que plantea el libro”, según lo señala uno de los miembros del Jurado.
Libros que obtuvieron Mención de Honor Caldecott este año
- Rosa, escrito por Nikki Giovanni ilustrado por Bryan Collier. (Henry Holt and Company).
ver la reseña
- Zen Shorts escrito e ilustrado por Jon J. Muth (Scholastic Press).
- Hot Air: The (Mostly) True Story of the First Hot-Air Balloon Ride, escrito e ilustrado por Marjorie Priceman. (Atheneum Books for Young Readers, Simon & Schuster).
- Song of the Water Boatman and Other Pond Poems, escrito por Joyce Sidman e ilustrado por Beckie Prange. (Houghton Mifflin Company).
www.ala.org/alsc/caldecott.html
Medalla newberry: ganadores para el año 2006
La Medalla Newbery fue creada en honor al librero inglés del siglo XVIII, John Newberry. La otorga anualmente la misma Asociación que entrega la Medalla Caldecott al autor que haya producido la mejor contribución a la literatura norteamericana para niños. El ganador de este año es el libro titulado Criss Cross escrito por Lynne Rae Perkins (Greenwillow Books, imprenta de Harper Collins Publishers).
 Criss Cross relata la historia de cuatro adolescentes de 14 años de edad en un pequeño pueblo, quienes a lo largo del libro exploran pensamientos y sentimientos en relación con el significado de la vida y el amor.
Libros que obtuvieron Mención de Honor Caldecott este año
- Whittington, de Alan Armstrong, ilustrado por S.D. Schindler. (Random House).
- Hitler Youth: Growing Up in Hitler\'s Shadow, de Susan Campbell Bartoletti. (Scholastic).
- Princess Academy, Shannon Hale. (Bloomsbury Children\'s Books).
- Song of the Water Boatman and Other Pond Poems, de Jacqueline Woodson, ilustrado por Hudson Talbott (G.P. Putnam\'s Sons).
www.ala.org/alsc/newberry.html
Rosa: historia ilustrada para niños
Nikki Giovanni. Ilustraciones de: Bryan Collier. Editado por: Henry Holt & Co., 2005.
Visitando librerías en diciembre me encontré con Rosa, un nuevo libro para niños escrito por Nikki Giovanni e ilustrado por Bryan Collier. El libro cuenta la historia de Rosa Parks, la mujer afroamericana que por primera vez se opuso a darle su asiento en un bus a una persona blanca, en contra de las leyes que segregaban a las personas de color a mediados del siglo XX. Rosa Parks marcó un hito en la historia norteamericana, pues a partir de este acto se adelantó un boicot por parte de la población de color en contra del sistema de buses de Alabama. Este hecho suscitó que la Corte Suprema de Estados Unidos emitiera una decisión que establecía que las normas de separación iban en contra de la igualdad de las personas y que, por ser violatorias de la Constitución, debían desaparecer. Con esta protesta pacífica se inició en Estados Unidos el movimiento revolucionario en favor de los derechos civiles liderado por Martin Luther King Jr. que produjo grandes cambios en ese país. A fines del año 2005, Rosa Parks falleció y su país rindió homenaje de distintas maneras a su memoria. Esta obra es una muestra de ello.
El libro relata la historia de Rosa, destacando su determinación, su valor y la importancia que tuvieron sus actos. Las ilustraciones, realizadas con un estilo collage, son especialmente importantes en el relato y, según cuenta el propio ilustrador, son producto de sus viajes a Montgomery, Alabama. Los colores utilizados son principalmente cálidos aludiendo al clima del momento en que ocurrieron los hechos, y utilizando un amarillo especialmente brillante en la cara de Rosa, como si tuviera una especie de iluminación. La composición es realmente digna de ser apreciada.
Aunque se trata de un personaje norteamericano, es indudable que toda esta historia impactó de una u otra forma la historia occidental reciente. Este es un libro que vale la pena conocer y disfrutar.
Actividades

Desde el 8 de marzo comenzó el Laboratorio de Animación a la Lectura. Como lo indica su título, El oficio de formar lectores, ofrece herramientas teóricas y prácticas sobre literatura infantil, pedagogía y didáctica de la lectura para los mediadores de lectura. En este espacio, los participantes explorarán y descubrirán todas las posibilidades con las que cuentan para acompañar a los niños en su proceso de crecer como lectores y escritores. Ver mas información
El martes 14 de marzo, en el Centro Cultural William Shakespeare, del Colegio Anglo Colombiano, Yolanda Reyes dictó la conferencia El hogar: un nido para la lectura, dirigida a los padres de familia interesados en leer junto a sus hijos. Esta charla fue organizada por la Red Papaz, una agrupación que reúne a padres y madres de familia concientes de su papel primordial e indelegable en la educación de los niños y los adolescentes.
Informes: Red PaPaz. Teléfono: 2496967 - Dirección: Cra. 5 No. 69-14 piso 5. www.redpapaz.org
El martes 25 de abril comienzan las tradicionales Jornadas de Literatura de Espantapájaros. Bajo el título de “El oficio de inventar: encuentro con nuestros autores”, reuniremos a un grupo de destacados escritores colombianos de diversos géneros (poesía, libros de imágenes, cuento y novela) para preguntarles sobre sus libros de cabecera, su proceso de creación, sus dudas y sus sueños... Este encuentro de lectores y escritores en torno al oficio de inventar será una oportunidad para leer los libros y explorar, al lado de los autores, los entresijos de la creación. Yolanda Reyes entrevistará a los invitados, con la ayuda y las preguntas de todos los asistentes. Próximamente enviaremos el programa detallado.
Tienda de OZ
Los mejores libros, recomendados por expertos, para crecer como lectores desde la primera infancia. Asesoría a padres, maestros y bibliotecarios sobre animación a la lectura, literatura infantil y dotación de bibliotecas.
Hora del cuento: para los niños las niñas y sus familias. todos los viernes a las 5 de la tarde.
Abierta de lunes a viernes de: 10:00 a.m. a 7:00 p.m y los sabados: de: 10:00 a.m. a 6:00 p.m.
Mayores informes: Lucía Liévano La Tienda de Oz- Librería Transversal 19A No. 104A - 60 Teléfono: 2142363 / 620 0754 llievano@espantapajaros.com infotaller@espantapajaros.com
Grupo instrumental.
El pasado sábado, 18 de febrero, comenzó el GRUPO INSTRUMENTAL DE ESPANTAPÁJAROS. Un espacio creado para jugar con las palabras, con las sonoridades corporales, con la voz y con instrumentos de percusión, xilófonos, metalófonos y carillones.
Será una excelente oportunidad para crear música con nuevos amigos.
Dirigido a: niños y niñas a partir de los 4 años Horario: Todos los sábados de 10 a 12 a.m. Profesores: pedagogos musicales con amplia experiencia en la metodología de Orff, bajo la dirección de Carmenza Botero. Inversión: $ 110.000.oo / cuatro sesiones consecutivas.
Informes e inscripciones: Espantapájaros Taller Cupo limitado.

Libros recomendados
Yo no leo, alguien me lee
Viaje por las entrañas de la memoria.
El soldadito de plomo. Jorg Müller Lóguez, Salamanca, 2005.
Tal como lo indican las únicas palabras que aparecen en el libro, se trata de la historia clásica de Andersen que todos conocemos, “en dibujos de Jörge Müller”. Sin embargo, el término “dibujos” se queda corto para describir la calidad y la profundidad del reto artístico que emprende este ilustrador suizo, ganador del premio Andersen, para recrear desde su personalísimo punto de vista, y valiéndose únicamente de imágenes, uno de los cuentos más adaptados, ilustrados y emblemáticos de la literatura infantil.
Los lectores de muchas generaciones, incluso aquellos que creen haberla olvidado, llevan inscrita en la memoria, como una impronta, la triste historia de amor de un soldadito cojo con una hermosa bailarina, y es justamente esa impronta la que hace de El soldadito de plomo un clásico. Porque así no recordemos cuándo lo leímos, sus símbolos permanecen en nosotros. ¿Quién no recuerda, acaso, el tortuoso viaje de ese soldadito por oscuras cañerías y su terror al ir a parar al vientre de un pez? ¿Y quién no se conmovió con el tópico del “amor constante, más allá de la muerte”, del que quizás tuvo las primeras noticias siguiendo las peripecias de un soldado defectuoso y diferente al resto de los soldados de una caja de juguetes?
El trabajo de Müller hace emerger esos inquietantes símbolos del imaginario colectivo. Para subrayar la vigencia del clásico como fuente de nuevas interpretaciones, lo traslada a una ciudad europea contemporánea y ubica a los personajes en la habitación de unos niños de hoy, con todas las alusiones publicitarias a nuestra sociedad de consumo. Alternando con el computador, las piezas de Lego y los íconos de Toy Story o Minnie Mouse, el soldadito y la presumida bailarina, que toma la forma de una Barbie, inician sus peripecias y, al igual que en el cuento de marras, transitan por los bajos fondos de ciudades, cañerías, basureros, ríos y mares, hasta desembocar en otra orilla del mundo –un país africano– donde un niño los rescata y van a parar a manos de un turista, hasta terminar exhibidos en un museo.
Las imágenes del recorrido muestran un mapa de la desigualdad, a través de alusiones y de guiños –en ocasiones sarcásticos y de indiscutible contenido político– a esas dos orillas del mundo: el “desarrollado”, en donde se inicia el viaje, y el “subdesarrollado”, que se describe con pinceladas crueles como escenario exótico frecuentado por turistas europeos. Pero, más allá de agotarse en la denuncia social, lo que hace Müller es proponer, mediante un dramático juego de contrastes, múltiples posibilidades interpretativas para conmover al lector de cualquier edad.
Como ya lo había demostrado con su obra El libro en el libro en el libro, el artista parece decirnos que hacer libros para niños es una apuesta personal y arriesgada y un oficio con altísimos niveles de exigencia. Este álbum, que se convertirá en objeto de culto para los amantes del diseño gráfico, propone un diálogo entre generaciones de padres e hijos y un viaje por los vericuetos de la memoria. Personalmente, yo no había reparado en la profunda huella que me dejó El soldadito, hasta volver a descubrir, en las imágenes de Muller, lo que significa para la psiquis infantil ese viaje terrible por cañerías llenas de ratas, en busca del amor imposible.
Yo empiezo a leer con otros
Cuéntame un cuadro. Quentin Blake Adaptación de José Morán. Serres, Barcelona, 2005.
El libro reproduce una serie de obras maestras de la National Gallery de Londres, sumadas a algunas ilustraciones seleccionadas por Quentin Blake. El criterio que usó el célebre artista inglés fue que cada obra contara intencionalmente una historia y su propuesta invita a los niños a observarlas para que luego cuenten, como sólo ellos saben hacerlo, la historia que hay en cada cuadro. Vale la pena oír todo lo que se les ocurre, en este delicioso ejercicio de leer imágenes junto a ellos.
Yolanda Reyes.
Estos libros han sido recomendados por Yolanda Reyes en la página de literatura de la Revista Cambio de Colombia y se publican aquí con la gentil autorización de sus editores.
Lea otras reseñas de libros para todas las edades en nuestro sitio web www.espantapajaros.com

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