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Reflexión acerca del primer acercamiento a la actividad musical
Carmenza Botero, codirectora de Espantapájaros Taller y directora del Grupo Malaquita, que se dedica a divulgar la música y la poesía desde la primera infancia, describe en este artículo cómo la música está presente en la vida de un niño, desde antes de nacer. ¿Desde qué mes de gestación oye un bebé? ¿Qué significa cantarle desde el vientre? ¿Qué lugar ocupa la música en el desarrollo cognitivo, sensorial y afectivo de los niños?.
Por: Carmenza Botero.
Hoy en día tenemos mucha información acerca del desarrollo integral del niño desde su concepción y también contamos con pautas educativas para aplicar esa información en beneficio de la formación de nuestros hijos y alumnos. Los innumerables estudios acerca del desarrollo emocional, físico, psíquico y social permiten que los padres, educadores y artistas podamos dar cada vez más sustento y encontrar mayor sentido a nuestra manera de relacionarnos con el niño a partir de prácticas lúdicas y artísticas que estimulen los sentidos y que, así, beneficien el desarrollo integral del ser humano.
Esta reflexión tiene como objetivo subrayar la indiscutible presencia de la música en la formación de todos los aspectos que integran al ser humano y exaltar el valor que tiene la manera consciente, respetuosa y comprometida con que nosotros, como adultos, entregamos un mundo sonoro o una canción a quienes están empezando su recorrido en la vida.
Parto de la premisa de que el primer acto humano es el conocimiento de sí mismo y de que éste le permite al hombre ir adquiriendo una identidad propia que beneficia la apropiación, comprensión y relación con el mundo que lo rodea.
¿Cómo se logra el conocimiento de sí mismo?
A través de los sentidos y del cuerpo, el ser humano se apropia del mundo oyéndolo, tocándolo, oliéndolo, chupándolo y mirándolo. Empieza a descubrir, desde el vientre materno, los alcances de sus sentidos y comienza a conocerse corporalmente y a tener noción de lo que su cuerpo puede lograr. Se va adquiriendo, poco a poco, una personalidad corporal que se alimenta en la lactancia, en el abrazo, en el arrullo, en el cambio de pañal y en todo el manejo que se desprende de este complejo pero tan natural proceso. Así comenzamos a comprender y a apropiarnos del mundo.
¿Cuál es el papel de la música en todo esto?
La música juega un papel primordial, ya que es una vivencia con poderes sobre la actividad corporal, mental y espiritual. Se puede hablar del oído y del sonido desde los primeros meses de gestación y, más adelante, de cómo desde las estructuras auditivas se va organizando ese sonido para convertirse en música. Voy a abordar esta reflexión a partir de dos momentos, dentro del desarrollo infantil, en los que la música tiene total y pleno impacto en el desarrollo emocional, psíquico, físico y social.
Antes de nacer
Estudios científicos han comprobado que el oído es el primer sentido que se desarrolla, ya que empieza a percibir, más o menos hacia los 5 meses de gestación, el latido del corazón y los sonidos que produce el aparato digestivo de la madre. Más adelante, la respiración y el mundo sonoro que a ella la rodea –las voces del padre, de los hermanos, de los abuelos y de otros seres cercanos– comienzan a dar mensajes de afecto al bebé, y es así como se prepara el terreno afectivo para el nacimiento. Pues bien, todos los sonidos del universo interno de la madre son el cimiento de lo que culturalmente conocemos como música, ya que éstos instalan el sentido rítmico, tanto a nivel auditivo como a nivel corporal; el sentido melódico a partir de la entonación de la voz de la madre y el armónico, legado de esa madre que instala huellas sonoras.
Después de nacer
En este momento el bebé se enfrenta a innumerables estímulos sensoriales que, sin duda, lo desconciertan. Es entonces cuando, con su sentido más desarrollado, el auditivo, busca las estructuras sonoras conocidas que contribuyeron a formarlo –la inflexión de la voz de la madre, la canción que ya le cantaron y la música que ya escuchó– para sentirse seguro y crear lazos entre su mundo actual y su mundo anterior.
Si nos detenemos un poco, nos damos cuenta de que la evolución maravillosa del sentido auditivo le permite al bebé, a la hora de nacer, estar habilitado orgánicamente para percibir todas las cualidades del sonido: su altura, el volumen, el timbre y duración. Este es un momento maravilloso en el que el niño está absolutamente abierto a recibir con atención cualquier estímulo y a traducirlo y percibirlo como afecto que se le entrega. Por eso es tan importante cantarles, arrullarlos y hablarles, para ir ayudando a que se den las conexiones neuronales de la zona auditiva, que también son cimiento para el desarrollo del lenguaje y, por ende, del pensamiento. No debemos dejar de lado otro vehículo que favorece estas conexiones: el cuerpo. El contacto físico que se genera con un arrullo, con un abrazo y con una caricia, contribuye a fortalecer su esquema corporal, a asociar el ritmo con un movimiento, a la salud del niño y a la salud en sus relaciones afectivas
Después de haber escuchado, después de haber almacenando sonidos, palabras, estructuras gramaticales y, con ellas, todo el afecto con que su desprevenido sentido auditivo ha obrado, el bebé comienza experimentar con su voz, basándose en lo que tiene instalado auditivamente. Es aquí cuando también se empieza a vislumbrar una mayor autonomía del cuerpo, en todo su significado. Este momento puede suponer la capacidad para irse separando de la madre, y puede coincidir con el ingreso a la escuela maternal. Entran, entonces, en el escenario otras personas: las maestras de preescolar, a quienes les es de extrema utilidad tener conciencia del poder que tienen para instalar huellas sonoras a través de la palabra y de la canción infantil.
Acudir a la poesía, a los juegos de palabras y a las rondas va instalando en el niño el afecto, la solidaridad, la curiosidad, el desafío a las dificultades del pensamiento simbólico, el amor por la palabra, el ritmo silábico y un contorno melódico. Esto hace que la poesía se convierta en un material musical de inigualable valor, pues precede a las estructuras musicales más formales.
Por otra parte, así como es muy positivo que las mamás canten desde el embarazo a sus hijos, los maestros de los más pequeños, unidos en ese esfuerzo, pueden ayudarles a los niños, con canciones, a reconocer su cuerpo, a descubrir el lenguaje y, en general, a descubrir el mundo. Comparto plenamente el planteamiento de Violeta Hemsy de Gainza cuando afirma que: “La canción infantil es el alimento musical más importante que recibe el niño”(1) .
Es fundamental insistir en el valor que tiene la canción infantil en la formación integral y musical del ser humano, porque ésta congrega todos los elementos musicales. Contiene la melodía, el ritmo, la armonía y el poema. Obviamente las primeras canciones que canta un niño tambalean, como tambalea su caminar en un comienzo, y por eso es importante contar con un repertorio adecuado que le permita al niño, a la vez que escucha, ir puliendo su precisión melódica y rítmica y su sentido armónico. El texto, muchas veces sin sentido, va instalando también una sonoridad y un ritmo que, sin duda, apoyan enteramente el desarrollo musical.
Todos los que le hemos cantado a los niños hemos notado cómo al cantar afloran sus miedos, sus angustias y sus problemas íntimos. También hemos experimentado cómo se van desarrollando funciones psíquicas de percepción, memoria, lenguaje, razonamiento, imaginación que apoyan todos los otros aprendizajes escolares. Con la canción infantil podemos apoyar entonces, el desarrollo auditivo, el desarrollo corporal, a través del ritmo, el desarrollo lingüístico y conceptual y, lo más importante, las posibilidades expresivas que posibilitan una sensibilización y una socialización sana.
Es así como, para concluir, resalto que el primer acercamiento a la música prepara el terreno para el futuro. Tanto los padres como los educadores de los más pequeños deben comprender el poder de la música en la formación del ser humano y lo que ésta hace posible para nuestra relación con el mundo y con las otras personas.
Como lo dijo Rudolf Steiner, creador del sistema de educación Waldorf: “La música es cimiento de la capacidad espiritual, de la capacidad matemática, de la creatividad y del intelecto”(2) .
Notas
(1) Violeta Hemsy de Gainza. La iniciación musical del niño. Buenos Aires. Ricordi Americana. 1964.
(2) Rudolf Steiner. Qué pretende la escuela Waldorf. Ed. Rudolf Steiner. Madrid, 1905.
CARMENZA BOTERO
Nuevas voces

Por: Juliana Bustamante. Corresponsal en Washington D.C.
Para saber qué se está publicando y qué está sucediendo en otros lugares, nuestra corresponsal en Washington visita librerías y bibliotecas y nos envía estas reseñas sobre el trabajo de Mo Willems, a quien el New York Times catalogó como el más grande talento que hasta ahora ha surgido en este siglo en literatura infantil.¿Cuánto tiempo tendremos que esperar para que sus libros circulen en estas tierras?.
Mo Willems: de la televisión a los libros.
Mo Willems, es un joven neoyorkino, escritor de literatura infantil, que empezó su carrera haciendo guiones para Plaza Sésamo, tal vez el programa para niños de mayor duración y más querido y recordado por todos los que lo hemos visto durante los últimos 25 años. Una de las características fundamentales del trabajo de Willems es que, a través de ilustraciones y textos simples que parecen pintados con crayones, presenta personajes definidos con estados de ánimo muy claros, lo que produce rápidamente, una fácil comunicación con el lector.
En Don’t let the pigeon drive the bus (No dejes que la paloma conduzca el autobús, disponible también en español para el mercado estadounidense), Willems juega con el lector -o con el niño al que le están leyendo- al pedirle que no deje a la paloma manejar el bus. Se evidencia así, la participación activa del niño con del libro, y un diálogo permanente con él. Luego de este álbum, la paloma ha protagonizado otras historias que han sido igualmente muy exitosas, en gran medida, por emplear esta técnica de interacción que resulta especialmente atractiva para los niños.

Mo Willems ha ganado dos títulos honoríficos de Cadelcott (Cadelcott Honor) por Don’t let the pigeon drive the bus y este año por Knuffle Bunny, en el que los dibujos estilo caricatura, se mezclan con fotos en blanco y negro de Nueva York, creando imágenes creativas y hermosas. Recientemente el New York Times lo catalogó como el más grande talento que hasta ahora ha surgido en este siglo en literatura infantil.
Leonardo the terrible monster
Leonardo es un monstruo terrible…¡terrible porque no asusta a nadie! Es chiquito y no tiene ni los dientes ni las garras ni el tamaño de los demás monstruos. Las personas lo encuentran tierno y divertido, pero nunca miedoso. Y por eso Leonardo está bravo: él quiere ser un buen monstruo. Para ello, quiere provocar miedo verdadero y decide conseguir un niño fácil de asustar. Sam, un pequeño callado y tranquilo, parece ser el ideal. Asustarlo cuando está leyendo un libro es su mejor estrategia. Después del supuesto susto, Sam se pone triste y empieza a llorar desconsoladamente. Nuestro monstruo está feliz de haber asustado tanto a alguien, pero Sam le dice que está así porque ha tenido un mal día. En el estilo único de Mo Willems, con letras grandes y congestionadas, el niño describe todas las cosas terribles que le han sucedido. Leonardo, frustrado por su incapacidad de producir miedo, y sorprendido por la ira de Sam ante las dificultades reales, descubre que lo que en realidad quiere, es ser un buen amigo del niño.
Esta historia, contada más con imágenes que con textos, tiene un ritmo “in crescendo” de emociones. El libro se presta para muchas interpretaciones que pueden servir para estudiarlo detenidamente. Willems, como muchos autores, reconoce la existencia e importancia de los miedos de los niños y los representa con una historia que se burla –con mucha originalidad- de esos monstruos, presentando al niño como el héroe final, que si bien no se asusta, sí se afecta con las cosas malas que le suceden en el mundo real.
El monstruo representa los miedos, pero la reacción del niño frente a él cuenta una historia distinta: los niños no sólo se preocupan por los monstruos y por sus miedos…hay cosas del día a día que los afectan y que les producen sentimientos extremos –no necesariamente miedo- como la ira. Y lo que Sam hace es una típica pataleta con un monstruo que para él no tiene la menor importancia frente a las cosas que le han pasado. Los miedos resultan insignificantes, ante las dificultades diarias. Leonardo es el receptor de la agresividad de Sam por las frustraciones de ese mal día. Por esto, Sam recibe de buen grado la amistad de Leonardo.
El libro, dirigido a niños en edad preescolar y lanzado en la primavera pasada, hasta el momento ha tenido muy buena acogida entre el público estadounidense y se encuentra dentro de los más vendidos de los últimos meses. Las ilustraciones caricaturescas son muy atractivas y plasman lo que la historia quiere decir de manera muy clara. Este libro ganó el Oppenhiem Portfolio Platinum 2005 que otorga una organización especializada en la selección de los mejores materiales educativos y de entretenimiento para los niños en Estados Unidos. El autor está realizando encuentros y conferencias en varias ciudades del país con gran éxito, no solo para presentar esta nueva producción, sino para referirse también a sus otras obras, dentro de las cuales el personaje de la paloma sigue siendo altamente llamativo.
La medalla Cadelcott que otorga la ALA (American Library Association) en Estados Unidos la ganó, para el año 2005, el autor Kevin Henkes con su libro Kitten’s First Full Moon. (La primera luna llena del gatito). El libro cuenta la historia de un gatito que al ver por primera vez la luna llena, la confunde con un tazón de leche; la historia relata la persecución del gato al tazón de leche y su frustración por no atraparlo, triunfando eventualmente al volver a casa y encontrar lo que quería. Con ilustraciones delineadas a lápiz en blanco, negro y gris en variada intensidad, y utilizando las sombras, Henkes presenta su historia con dibujos muy sencillos pero llenos de movimiento y belleza. La historia fluye gracias a la manera como los dibujos se presentan y a la simplicidad del relato: un placer visual y una tierna y divertida historia para los más pequeños.
Actividades

El 29 de Octubre celebramos la fiesta de dos libros escritos e ilustrados por uno de nuestros autores favoritos: el colombiano Ivar Da Coll. Se trata de ¡Azúcar! y El día de muertos, publicados por la editorial Lectorum de Nueva York y distribuidos en Colombia por Fondo de Cultura Económica. Al lanzamiento asistieron 250 personas, de cero a casi cien años y todas tuvieron la oportunidad de conocer a Ivar, pedirle autógrafos, tomarse fotos con él y hasta bailar salsa en honor a Celia Cruz.
A continuación queremos compartir con ustedes algunas de las experiencias vividas por los niños y las profesoras de Espantapájaros durante la preparación de esta fiesta.
¡Azúcar! La fiesta de los libros.
Espantapájaros tiene la tradición de involucrar a las familias lectoras en “Las fiestas de los Libros”. Estas fiestas son días especiales para “celebrar” la lectura y convertirla en un acontecimiento cultural que ofrece opciones variadas y flexibles para toda la comunidad de niños, padres y maestros.
“La fiesta del libro de ¡Azúcar! nos cayó como “anillo al dedo”, porque el proyecto que habíamos trabajado durante el semestre, se relacionaba con el movimiento y el cuerpo. Mirando algunas revistas donde queríamos reconocer diferentes expresiones que hacen las personas, nos encontramos con la cara de Celia Cruz y yo aproveché para contarles algo de su vida. Unos días después llegó a Espantapájaros el libro de ¡Azúcar! Cuando los niños lo vieron dijeron: ¡nos hicieron el libro de Celia! Conocer el libro y disfrutarlo tanto fue la mejor preparación para nuestra Fiesta”. Olga Margarita Bohórquez. Profesora del Taller de Cuentos en pañales y del Equipo de Animación a la Lectura de Espantapájaros.
Estos son algunos testimonios de los niños:
"Olga Margarita nos leyó ¡Azúcar! y a todos nos gusto mucho. Adornamos los zapatos como a Celia le gustaban porque sus zapatos eran especiales…" Niños de 3 años y medio de Espantapájaros Taller.
"Lo que más me gusta de Celia es esta palabra: ¡Azúcar! Y su cuerpo de sirena." Amalia Mesa. Niña de 3 años y medio de Espantapájaros.
"En el libro de Celia leímos que ella quería ser profesora, pero después le gustó más cantar." Grupo de niños de 3 años de Espantapájaros.
“Con los más pequeños, niños de 14 a 18 meses, nos dedicamos a hacer algunas recetas muy azucaradas y ayudamos a decorar, con papel arrugado y pintado por ellos mismos, el camerino de Celia para que sus zapatos y sus pelucas se vieran muy elegantes y bonitas. También nos dedicamos a bailar muchas de sus canciones como la del Yerberito”. Esperanza Padilla. Profesora de los niños más pequeños de Espantapájaros y del Equipo de Animación a la Lectura.

“Después de leer los libros de ¡Azúcar!, nos dedicamos a viajar por la vida de Celia, a jugar con sus pelucas, a conocer sus gustos, sus canciones y las palabras que más decía. Así surgió la idea de construir el Museo de Celia Cruz la más guarachera. La única cantante femenina que ha tenido la Sonora Matancera”. Pilar Salazar. Profesora de los niños de 3 años de Espantapájaros.
“Lo primero que hicimos para preparar esta fiesta fue contarles el libro de Celia poco a poco, pues en principio nos pareció muy largo para la edad de los niños.
De la lectura nos conectamos con la música de la cantante. Como íbamos a inventar una tienda de pócimas y hierbas llamada La Botica del Yerberito, nuestra canción preferida fue, por supuesto, El Yerberito. La cantamos y la bailamos mucho. Ésta nos inspiró para moldear morteros grandes y pequeños, hacer cucharas gigantes con papel arrugado, inventar recetas que nos curaran la garganta, las hinchazones y hasta el mal de amores. En la fiesta, muchos guardaron una muestra de las diferentes hierbas por si necesitaban en algún momento, aliviar las penas y calmar el dolor de muela o abrir caminos”. Nancy Ruiz y Claudia Daza. Profesoras de los grupos de niños de 2 a 3 años de Espantapájaros Taller.
El altar de los muertos.
Hoy es lunes. Son las 9:15 a.m. y nos saludamos como de costumbre. Todos cuentan lo que han hecho en el fin de semana. Algunos salieron al parque, otros fueron al club; otros jugaron con los hermanos o estuvieron en sus apartamentos. Laura se levanta, nos mira como quien quiere decirnos algo; titubea y finalmente dice: ¡ah! ¡Sí, ya me acuerdo. Llamó un señor a mi casa a decir que unos hombres malos mataron a mi papá. Mi mamá se puso muy triste, Andrea también (la hermana mayor) y yo también. Lloramos. Yo estoy triste!

Laura, una niña de 3 años y medio nos cuenta lo que ha sucedido este fin de semana. Y sus amigos que ya sabían que su papá estaba “perdido”, (llevaba desaparecido 2 años) entienden lo que ella está sintiendo.
Andrés Gerónimo dice: O sea que tu papá está en el cielo. Alejandra le dice: la mamá de mi mamá también se murió. Mi mamá lloró y se puso triste, yo también. Y mi abuelita Sofía también se mulió- le dice Juan Diego.
Yo los escucho y les digo: en estos momentos de tristeza, lo que uno más necesita es que lo abracen, muy, pero muy fuerte para que la tristeza se pase aunque sea un poquitín. Si Laura quiere, la podemos abrazar.
Y Laura que ya se encontraba sentada sobre mis piernas, me mira y moviendo su cabeza afirmativamente, me agarra del cuello muy fuerte y, así, nos damos un abrazo. Luego se acerca delicadamente Valentina y la abraza; luego Alejandra. Y luego todos nos abrazamos y nos “morimos” de la risa porque hemos hecho una montañota -dicen los niños. En esa semana Laura y sus compañeros de grupo juegan a que unos hombres malos los persiguen y que los van a matar. Otras veces los convierten con un conjuro mágico en personas “buenas”.
Ojalá pudiéramos encontrar el conjuro preciso y la pócima indicada para contrarrestar a los violentos. Pero lo que sí encontramos, especialmente en los niños, es esa magia del juego y lo imaginario en donde pueden elaborar esos momentos difíciles de dolor, de tristeza, de miedo y de rabia. Es allí donde pueden recrear lo que sienten y piensan. Y como nada es casualidad, sino causalidad, o como dirían los niños, “como por arte de magia”, la siguiente semana llega a nuestras manos el libro de El día de muertos de Ivar Da Coll. A todos nos encantó. Llegó a nosotros un autor que quería que siguiéramos conversando sobre la muerte, sobre los que ya no estaban, sobre los que murieron de viejos o los que mataron.
Así, nos dispusimos y convinimos en hacer un altar con las fotos de los muertos que queríamos recordar: Willy Cacao el loro de la abuela de Juan Camilo; la abuelita Mamitis de Alejandra; el perro Simón de Jerónimo; la abuelita Sofía de Juan Diego; el pajarito Verdiflón de Valentina y el pollito Simón de Alejandra S. Junto a estas “fotos” que ellos dibujaron aún con sus trazos infantiles, se colocó lo que más le gustaba al muerto. Al lado del papá de Laura no podía faltar un disco de música llanera y unas maracas. A mi papá le gustaba cantar y tocar las maracas -nos cuenta Laura. Al lado de Willy Cacao, migas de pan. Junto al perro Simón, un hueso para morder y muy cerca del pollito Simón, granos de maíz. Y como en todo altar mexicano, no podían faltar las calaveras dulces que preparamos, paso a paso, siguiendo la receta sugerida, chupándonos los dedos uno a uno.
Y fue y continuó siendo la lectura de este libro, al igual que el juego, otro medio para enfrentarnos a la tristeza de nuestra realidad, a nuestros miedos y a lo que para algunas familias o personas es innombrable: la muerte.
Es cierto aquello que se dice: los libros llegan a nuestras manos cuando más los necesitamos. Es en ellos donde nos sentimos leídos. Es el texto el que nos descifra y nos identifica.
Lina María Barrero. Profesora de Espantapájaros. Octubre de 2005.
Las fotografias de los artículos anteriores se publican aquí con la gentil autorización de María Osorio.

Libros recomendados
Yo leo solo
Un verano en La Cañada de los Osos. Polly Horvath. Colección Torre de Papel. Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2004.
La narrativa de Polly Horvath deja una extraña sensación: cierto sabor agridulce, difícil de encasillar en las tendencias de la literatura infantil contemporánea, incluso en aquella considerada de vanguardia. Eso fue lo que sentí con Todo sobre un waffle, la primera novela de esta autora canadiense traducida al español hace un par de años por Norma, y la misma sensación se repitió mientras avanzaba por “la Cañada de los Osos”. A medida que me iba adentrando en ese mundo extraño, con ciertos tintes inverosímiles cercanos al esperpento, experimentaba también una familiaridad con los personajes y con las situaciones, en el fondo muy parecidos a cualquier vida prosaica y real. Es difícil leer a Horvath sin caer en la tentación de hacerse trilladas preguntas: ¿se trata de un ejemplo más dentro de la tendencia realista que las leyes del mercado editorial han acuñado como género cercano a los preadolescentes?, ¿dónde ubicar esta extraña mezcla de crudeza naturalista con humor e ingenuidad?, ¿qué pensarán los niños a partir de once años, que según las indicaciones de la colección, son el “público objetivo” del libro? Por fortuna, las preguntas se tornan irrelevantes porque poco a poco, el lector va quedando cautivado por ese lugar inaccesible y rodeado de osos feroces a donde viaja Trinqueta Clark, la protagonista, para pasar las vacaciones de verano con sus tatara- primas. Tal como le sucede a esa niña, la extrañeza inicial va cediendo a la fascinación y los lectores, al igual que el personaje, empezamos a aclimatarnos a las nuevas coordenadas. Cuando nos damos cuenta, nos movemos en otra lógica y leemos, simplemente, sin parar: sufriendo y riéndonos al mismo tiempo, todo ello sin mayores estridencias, de una forma que fluye, digamos, con naturalidad.
La vida de Trinqueta, una niña con una madre más que indiferente, está descrita con pequeñas pinceladas que oscilan entre la tragedia y la comedia. Desde su horrible nombre, puesto al azar por un padre que sólo apareció el día del parto, la autora se encarga de desmitificar todos los detalles azucarados que suelen asociarse con la maternidad. La hija es un verdadero estorbo para la madre que trabaja de mesera en el Country Club de Pensacola y que limpia apartamentos ajenos, mientras malvive en un pequeño y sombrío apartamento semi-subterráneo y sin ventanas. Su único sueño de hacerse socia del club parece muy lejano y, para empeorar la situación, la hija tiene una “Cosa” en la espalda: una “Cosa” congénita, así nombrada con mayúscula, que su madre se empeña en mantener oculta.
A medida que avanza la novela, esa “Cosa” y otras cosas se irán develando. El encuentro de Trinqueta con sus ancianas parientas de Maine revela detalles dramáticos que nadie creería adecuados para los niños y que la autora entrega con ese estilo peculiar, en el fondo tan cercano a la percepción infantil. La vida y la muerte son tratadas sin tabúes y, a la vez, sin excesivos dramatismos, con un estilo peculiar que sorprende y que ha sido alabado por la crítica. El sarcasmo con el que la autora caricaturiza el mundo de los adultos se conjuga con una sensibilidad que indaga en el interior de los seres humanos y uno piensa, si es que piensa mientras vive ese largo viaje desde el sol de la Florida hasta los bosques de Maine, por qué hay ciertos libros que sólo circulan para el público infantil. Aunque viéndolo bien, leer a Horvarth es poner la palabra “infantil” entre comillas y descubrir cómo es posible hablar con maestría de todos los temas de la vida, a cualquier edad.
Yolanda Reyes.
Yo leo a escondidas
El misterio de Crantock. Sergio Aguirre. Colección Zona Libre. Buenos Aires, Norma, 2004.
Aguirre, el autor argentino que se ha dedicado a escribir narraciones de suspenso para los jóvenes, sitúa su historia en un pueblo puritano y apacible llamado Crantock, donde se rumora que ocurre “algo que escapa a la razón y a la naturaleza”. Con una maestría en la construcción de la atmósfera y de los personajes, la historia atrapará a los lectores desde el primer párrafo, que ya presagia un final digno del género.
Yo no leo, alguien me lee
Roberto está loco. Triunfo Arciniegas. Colección Los Primerísimos. México, Fondo de Cultura Económica, 2005.
Triunfo Arciniegas, uno de los más premiados autores colombianos de literatura infantil, se ha planteado como el mayor reto de su carrera hacer libros para los más pequeños. Roberto, su nuevo personaje, es un sapo loco y feliz, creado enteramente por Arciniegas, quien ahora se dirige a los “primerísimos lectores”, no sólo como autor sino también como ilustrador, en un poético álbum que conserva su estilo inconfundible.
La pequeña princesa. Figuras. Tony Ross. México, Altea, 2004.
La sencillez, el humor y el encanto del ilustrador inglés Tony Ross lo han hecho célebre entre los lectores más pequeños. Este librito de cartoné hace parte de una serie de cuatro títulos que pueden ser hojeados, “leídos” y devorados por los bebés. Aunque los editores lo sugieren a partir de tres años, se trata de una colección digna de formar parte de una buena “bebeteca”.
Yo empiezo a leer con otros
 ¡Azúcar!. Ivar Da Coll. Nueva York, Lectorum, 2005.
Uno de los éxitos de la temporada será esta biografía de Celia Cruz para los niños. El colombiano Ivar Da Coll se le midió al reto de contar, entre versos e ilustraciones, la vida de esta leyenda de la salsa. Su nuevo álbum se constituye en un salto en la carrera de este autor e ilustrador, quien se lanza a conquistar a los lectores que crecieron con Chigüiro y Hamamelis y que aún siguen esperando sus nuevos libros.
El libro triste. Michael Rosen. Ilustraciones de Quentin Blake. Adaptación: Esther Rubio. Barcelona, Serres, 2004.
Andaba en busca de un libro diferente para reseñar y hojeaba, errática y dispersa, las aparentes novedades de literatura infantil que llegan a la librería. Picaba páginas aquí y allá, pero nada parecía atraparme o conmoverme. Detrás de la calidad en el diseño gráfico y en las ilustraciones, que ya son habituales en muchos libros para niños, hallaba los mismos temas: miedo, monstruos, disparates o historias de la vida cotidiana; algunas bien contadas pero, en el fondo, irrelevantes.
“Necesito un libro que me mueva el piso”, le dije a la librera, sin muchas esperanzas. No es fácil encontrar cosas así cuando uno se familiariza con el género y ha visto casi todo lo que puede conseguirse. Entonces ella me mostró un ejemplar azul y gris con un nombre sencillo: El libro triste. Su autor, hasta entonces desconocido para mí, es un inglés llamado Michael Rosen. El ilustrador es uno de los más célebres del mundo: Quentin Blake, ganador del Premio Andersen e ilustrador de cabecera del inolvidable maestro Roald Dahl, me hizo un guiño para empezar a leer.
El libro se abre con la imagen de un hombre común y corriente, poco atractivo, casi viejo, y con los expresivos trazos de Quentin Blake, sonriendo. Pero debajo de la imagen, salen estas palabras: “Este soy yo cuando estoy triste. Quizá pueda parecer que estoy contento en esta foto. En realidad estoy triste pero finjo que estoy contento. Lo hago porque creo que no le gusto a los demás cuando tengo aspecto triste.” Tal vez así contado, sin el dramático contraste de la imagen, no anuncie nada extraordinario. El efecto de conjunto, sin embargo, tiene algo conmovedor; como la tristeza misma, que no es estridente, sino profunda y personal.
Mientras las páginas avanzan, nos vamos adentrando en la tristeza: en sus motivos, sus colores y su atmósfera. La tristeza mayor del personaje es que su hijo ha muerto. Entonces se pregunta: “¿Cómo pudo morirse así, sin más? ¿Cómo pudo hacerme eso? Y él no dice nada. Porque él ya no está aquí”. De nuevo, la ilustración enmarca cada una de esas lacónicas frases y, entre los dos lenguajes, se teje una elegía que deja espacios libres al lector. La trama, suponiendo que así pueda llamarse, es la tristeza, en todo su lirismo. Es también ella el personaje principal y puede orientar a los lectores el hecho de saber que Michael Rosen es un prestigioso poeta dedicado a escribir para niños y jóvenes.
El derecho a la tristeza, su reconocimiento y esa dulce sensación que deja –porque nos hace sentir vivos y nos conecta con nuestra sensibilidad humana– parece desterrado de la vida cotidiana y, sobre todo, del mundo de los niños. Nos asusta la tristeza: se asocia con debilidad y quizás por eso se nos quiere distraer cuando estamos tristes. Estos coautores se atreven a pintarla con trazos esenciales, no para regodearse en ella, sino para mostrarnos que puede ser hermosa y que hace parte de la vida. No sé cómo explicarlo pero este libro triste es un homenaje optimista y vital a la tristeza. A mí, de niña, me habría hecho feliz encontrar un libro así. Y es que a cualquier edad resulta liberador saber que estar triste no es nada excepcional.
Yolanda Reyes.
Estos libros han sido recomendados por Yolanda Reyes en la página de literatura de la Revista Cambio de Colombia y se publican aquí con la gentil autorización de sus editores.
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