Espantapajaros · Principal

Aserrín, aserrán...

Por: Carmenza Botero
Espantapájaros Taller
Bogotá, octubre de 1998

Es muy difícil recordar. Mi mamá me apretaba en sus brazos y me cantaba: “Arrorró mi niña, arrorró mi sol...”. Yo era muy pequeña y no había cumplido aún el mes de nacida. Luego, cuando fui creciendo, y probablemente antes de cumplir el año, nos sentábamos a la mesa y un: “Arepitas de maíz tostado, para papito que no ha almorzado”, no podía faltar. Era la palabra cargada de afecto, la que expresaba todo el amor que mi papá sentía por su chiquita, cuando me cargaba, me sentaba en sus piernas y jugábamos “Aserrín aserrán, los maderos de San Juan...”. Seguro hicieron lo mismo con mis hermanos mayores, pero el hecho es que en ese momento, cuando yo era la chiquita de la casa, esos eran MIS juegos, MIS canciones, MIS palabras y esa era MI comunicación con quienes así daban sentido a mi existencia, convertían en fortaleza mi fragilidad, sembraban mi memoria poética y sobre todo, con quienes me dieron todo su afecto: mi papá y mi mamá.

Hoy, desde mi profesión como pedagoga musical, y ahora desde mi experiencia como madre, le canto, le hablo y le juego a Helena y converso para mis adentros: “Cuando nació esta vida, nació con ella el ritmo; su vida y ritmo están íntimamente ligados por el pulso cardíaco. Muy poco tiempo después de su gestación, apareció en Helena el sentido del oído y ella, desde mi vientre, oyó los latidos del corazón, el flujo de la placenta, el movimiento de mis órganos internos y, desde allí, comenzó a familiarizarse con mi voz, con la voz de su padre y con la de quienes hoy están dando cimiento al desarrollo de su afectividad. ¡Parece un milagro!

Desde muy chiquita, Helena responde rápidamente a todo tipo de estímulos auditivos, y busca siempre, con su mirada, encontrar un responsable de esa emisión. Esto me ha hecho redescubrir sonidos como el del tren, el del avión, la moto, el pajarito, el trueno, el viento y otros más que, por ajenos o por cotidianos, vaya uno a saber, habían pasado para mí, a un plano absolutamente desatendido. Qué maravilla, a Helena le llaman la atención, y me doy cuenta de que con ellos empieza a conocer la vida. No son simplemente ruidos o sonidos. Son situaciones. Son oportunidades para buscar protección cuando se asusta con un rayo fuerte, o para compartir su alegría cuando escucha pasar un avión o cuando escucha llegar el carro de papá o cuando escucha a leguas a Hanna, la vecina, y quiere salir a jugar. Y yo me pregunto: “¿qué se había hecho todo el encanto que esto tiene antes de que Helena me hiciera caer en cuenta?.” Yo lo debí haber percibido, cuando chiquita, igual. ¿Y qué pasó?

El hecho es que, me he dado cuenta de que hasta hace poco, Helena se la pasaba el 100% de su vida ESCUCHANDO y almacenando sonidos, palabras, estructuras gramaticales y, con ellas, todo el afecto con que su desprevenido sentido auditivo ha obrado. Ya empezó a decir algunas palabras, palabras-frase y creo que el fruto de haber escuchado con tanta atención, se está empezando a revelar. Repite con alguna precisión, haciendo sus primeras incursiones en el plano del lenguaje expresivo. En él se refleja la estructura de un pensamiento. ¡Es asombroso! Helena se tomó casi 18 meses madurando el sistema fonatorio y almacenando datos. Todo ese tiempo para empezar a sacar algo que tenía en su interior, inclusive desde mucho tiempo antes de nacer. ¡Definitivamente la naturaleza es sabia!

Otra de las cosas que me ha sorprendido durante el crecimiento de Helena ha sido su percepción rítmica. De esta maravilla hago esencialmente responsable, como lo mencioné antes, a la vida misma con su respiración, con su circulación sanguínea y evidentemente con su latir del corazón. Me emocioné increíblemente con los primeros movimientos descontrolados y hasta arrítmicos de Helena para responder a estímulos auditivos, con el primer contoneo del cuerpo al ritmo de una canción y con la increíble lucha por aplaudir al ritmo del radio. También es increíble la rapidez con que se da el proceso de “aprender a caminar”, que considero eminentemente rítmico. Es como la ilustración del ritmo cardíaco. Ahora que Helena camina más o menos rítmicamente, andamos por ahí jugando con las pisadas al ritmo de una ronda, de una canción o de un juego callejero. Nos divertimos mucho. Jugamos a reconocer y nombrar las partes del cuerpo; siento que ya está teniendo claridad frente a su esquema corporal, y que le fascina que le pregunten, que le pongan nuevos retos, que los que están a su alrededor se rían de sus equivocaciones o festejen sus aciertos.

Podría extenderme, y ahora, con mi vanidad de madre mucho más, pero voy a acabar puntualizando, en resumidas cuentas, lo que he querido decir con estas palabras:

Tuve en mi primera infancia, una relación musical, armoniosa y amorosa con mi familia. Para que hoy exista una relación igual entre Helena y yo, sólo he tenido que acudir a la memoria, aportar una intención, voluntad de juego y todo mi amor. Así he estimulado en Helena los campos perceptual, motriz, de lenguaje, conceptual, pero sobre todo el socioafectivo, porque la melodía, el ritmo, la armonía y el timbre son vehículos, por excelencia, para la comunicación de todo mi afecto y mi amor.

Agradezco a mi papá, a mi mamá, a mis hermanos, abuelos, tíos, tías, profesoras y a todos los que alguna vez imitaron mi primer “agúúú...”, me sentaron en sus piernas para jugar un “Aserrín aserrán, los maderos de San Juan...”, me cantaron una canción o me hicieron escuchar con atención el pasar del tren, porque con sus cantos y juegos me ayudaron a crear vínculos indisolubles con la palabra y, a la vez, cimientos muy fuertes en mi espiritualidad. Porque me ayudaron a encontrarle a la vida su sentido musical, a descubrirme y conocerme en este mundo, a diferenciar lo familiar de lo ajeno, a distinguir lo bueno de lo malo, a saber a quién acudir cuando necesito protección, pero, ante todo, porque me dieron momentos únicos, MIS momentos de mucha felicidad. Así, se construyó mi vida desde el afecto, desde el amor...

... y espero que así sea para Helena.

e-mail: infotaller@espantapajaros.com - tels: [57 1] 620 0754 - 629 7828 | Espantapájaros Taller © 2004