Entrevista con Beatriz Helena Robledo.
Por: Carmenza Botero, Espantapájaros
Carmenza Botero: ¿Cuál considera usted que es el papel
de la poesía
dentro del proceso de formación de lectores?
Beatriz Helena Robledo: La poesía tiene un papel esencial y es
el de sensibilizar hacia todas las dimensiones del lenguaje, sobre
todo hacia esas dimensiones
musicales, melódicas y prosódicas. Es decir, todo lo que se
siente en el lenguaje es vital en la poesía. Más que entender
o comprender, es poner al lector a sentir el lenguaje y a pensar en
función
del lenguaje. Un niño que descubra la poesía desde pequeño
-y llamo poesía a toda la riqueza de la tradición oral, como
puerta de entrada a todo el resto de poesía- es un niño que
tiene un terreno abonado muy sólido para hacerse un buen lector.
C.B.: ¿Qué la llevó a usted a hacer estas antologías
poéticas, la de niños y la de jóvenes?
B.H.R.:Yo venía investigando literatura infantil colombiana desde
hace años y, gracias a mi interés personal, al apoyo de una
beca que me dio Colcultura y a la publicación de la Antología
de los Mejores Relatos Infantiles (colombianos), a medida que iba avanzando
en la investigación, fui descubriendo que no solamente había
narrativa, sino que también había una línea de poesía
poco explorada y poco conocida. Me preguntaba cuál era el poeta de
los niños colombianos y aparecía Rafael Pombo y ninguno más.
Pero cuando me puse a explorar en las bibliotecas y a profundizar, descubrí que
sí ha habido poetas que han pensado en la infancia, que han escrito
para los niños poesía de muy buena calidad. Estando en eso,
la editorial Alfaguara me propuso una Antología de poesía colombiana
para niños y yo acepté el reto. Entonces para mí fue
recoger el trabajo que venía desarrollando e indagar más para
darle el enfoque que se pretendía.
C.B.: ¿Cómo ve usted el panorama de la poesía colombiana
en términos de creación? ¿Cómo era antes, cómo
es ahora y qué se espera para el futuro?
B.H.R.: En Colombia hace falta mucha conciencia de lo que significa
la poesía para los niños. Creo que aquí no hace falta
talento. Este es un país de poetas y de versificadores. Aquí la
poesía le brota a la gente, incluso en el ámbito de la tradición
oral. Cuando uno viaja encuentra unas regiones muy poéticas que llevan
la poesía en la sangre. Lo que hace falta es la valoración
de la poesía para niños a nivel social, a nivel de las mismas
editoriales para apoyar y publicar este tipo de trabajos, y a nivel de los
educadores, de la escuela misma.
Los maestros se preguntan y le preguntan a uno qué hacer con la poesía.
Esta es la misma pregunta que se hace George Jean en su libro y que luego
Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez recogen en otro
libro llamado: Escuela y Poesía ¿Y qué hago con el poema?
Y lo que hay que hacer es leerlo, disfrutarlo y gozarlo, porque esto es lo
que se transmite. En las generaciones anteriores lo que hacían los
mayores era eso: amar la poesía, cosa que ahora se ha perdido mucho.
Yo estoy convencida de que ese es un género en el cual a uno lo tienen
que iniciar. Uno puede vivir sin poesía, pero no sabe de lo que se
pierde. Es muy triste. Esto no pasa con los cuentos, ya que en general todo
el mundo cuenta. Pero la poesía sí requiere que en el camino
alguien lo sensibilice a uno y lo inicie. Y eso es lo que está faltando.
Pongamos el ejemplo de Cuba. En un momento dado, en la época de oro
de la Revolución, en la que hubo esa conciencia por la infancia, la
conciencia de educar a la infancia, de pensar a favor de los niños,
hubo un auge muy importante de toda la poesía infantil. Entonces eso
va muy de la mano de la valoración del niño y de lo que necesita.
C.B.: Su primera antología está dividida en seis partes que
parecen tener una intención específica. ¿A qué obedece
esta división?
B.H.R.: Esta propuesta de dividir la antología por temas fue un trabajo
en conjunto con la editora, una sugerencia que ella hizo y yo acogí.
Me gustó. Sin embargo, si te das cuenta, lo que sí traté de
garantizar era que estuvieran presentes los poetas y poetisas desde Pombo
hasta ahora. No me guié sólo por lo temático, sino que
esto ayudaba a organizar los hallazgos de calidad de los diferentes escritores
desde el siglo XIX hasta ahora. Entonces, por un lado, tiene una estructura
externa que es la de los temas, que a los niños les puede agradar
y a los profesores les puede funcionar como campos semánticos, y por
otro, una estructura interna que tiene que ver con el desarrollo de la poesía
en el tiempo, es decir un desarrollo cronológico.
C.B.: Cuando yo leí la Antología de poesía colombiana
para niños, pensé que había una intención de
iniciar al niño desde que nace y de ir creciendo con él hasta
que aparecen los temas más complejos y fantásticos. ¿Qué hay
de cierto en esta lectura?
B.H.R.: De alguna manera eso estaba ahí. Una vez al organizar los
temas salió eso que dices. Incluso la Navidad al final, yo pensaba,
cierra el año-. Está desde el arrullo y, como el niño
va creciendo, sí hay una intención de ir caminando con el libro
para crecer en la poesía con los niños.
C.B.: ¿Qué características debe tener una buena antología
poética para niños?
B.H.R.: En una antología uno se la juega. Se la juega como antologador.
Y se juega varias cosas:
1. El conocimiento que se tenga de lo que hay. Esto es fundamental.
Si uno lo desconoce, se va a equivocar. Es decir va a dejar por fuera poetas
o producciones importantes.
2. Pensar en los niños, que no es fácil. Una cosa es lo que
a mí me gusta y otra es conocer a los niños para no subvalorarlos.
En todo este trabajo encontré que existían muchos libros que
se decían llamar de ”poesía infantil” y me decía:
-esto es ripio, esto no es poesía- y siempre me encontraba con una
subvaloración del niño. No podemos pensar que poesía
es rima y no más, o que es algo que tiene una rimita agradable y ya.
Al niño no se le pueden escatimar las metáforas, porque él
es un ser metafórico.
3. Lo que está puesto en la antología es lo que uno dio. Esto
tiene que ver con el ser, y se escapa al deber ser. Si salió bien,
pues qué bueno; y si salió mal pues... Inevitablemente está atravesado
el gusto personal, el capricho, el criterio, el enamorarse de un poema. -Este
poema yo lo meto aquí-. Y, ¿por qué? No lo puedo contestar
racionalmente, sino que está ahí porque uno lo siente de una
manera, vibra en uno.
4. Lo otro es que hubo cosas que, editorialmente hablando, se quitaron.
Por ejemplo yo puse el dato o la fuente de donde había sido sacado
cada poema y me parecía importante para el lector que quiere seguir
investigando un poeta que le gustó. O simplemente un lector que diga:
-me gustaron los poemas de tal o cual autor y quiero saber más-. Eso
es una guía para irse a explorar. Entre más información
y más contexto haya es mejor. Lo mismo me parece con los datos biográficos
de los autores al final del libro. Para mí son fundamentales y lo
he experimentado como lectora de antologías. Yo me puedo leer una
antología muy rica, pero me voy a buscar más porque precisamente
creo que la función de una antología es “antojar”,
es un “abrebocas”, es una ”prueba” para conocer poetas
y si no se dan más pistas hay una especie de frustración para
un lector de antologías.
C.B.: ¿Cómo fue la selección de los poemas? ¿Qué diferencia
de criterios utilizó para seducir a los pequeños y a los más
grandes?
B.H.R.: En la antología de jóvenes fue mucho más difícil.
Al buscar una poesía deliberadamente pensada para jóvenes,
lo que me encontré fue aterrador. Primaba el criterio “jóvenes” y
no el criterio de poesía. Entonces me fui a la poesía colombiana
y dentro de los poetas colombianos empecé a buscar lo que había
que pudiera llegar a la sensibilidad del joven.
Fue un juego entre la joven que yo fui, enamorada de la poesía y el
joven de hoy. Yo sabía que había una diferencia, pero también
sabía que había aspectos que no cambian. Entonces leí mucho,
le leí a mis hijas y a otros jóvenes. Unos me decían:
-no, eso está muy complicado-. Lo volvía a leer, y me preguntaba
qué le podría decir a un joven de ahora.
Había otros poemas muy fuertes, muy desesperanzadores y, aunque no
tuve un criterio ético o moral, de todas maneras también contaban
estos aspectos, pues me preguntaba: -en esta época tan difícil
y mandarlos como contra un muro. Pues-... Entonces traté de que hubiera
un poco de humor, de amor, y de todos los otros sentimientos diferentes al
amor también. Desde la ansiedad, el despecho, etc..., hasta el arte
poética. Porque hay muchos jóvenes que quieren escribir y se
preguntan por el arte mismo de la poesía y hay poemas que hablan sobre
la poesía misma. Por eso lo que más tuve en cuenta fue el criterio
de ese joven lector de poesía y traté de imaginarme que era
yo el joven que leía. Con ciertos poemas en los que tenía duda,
consultaba con jóvenes.
En la antología para niños es más fácil tomar
decisiones sobre ciertos poemas, porque de alguna manera ya están
catalogados de antemano como poesía para niños. Desde ahí,
uno revisa qué tan buena es.
C.B.: ¿Qué sugerencia le haría a los maestros para
ayudar a fortalecer ese camino de inculcar el amor por la poesía?
B.H.R.: Lo primero es que ellos se dejen tocar por la poesía y que
le pierdan el miedo. Porque creo que estamos reproduciendo, de generación
en generación, taras y miedos frente a la poesía. También
métodos y pedagogías erróneas. Por ejemplo, eso de medir
los poemas como si fueran sapos en la mesa de disección. Medir los
versos, que creo que a muchos nos tocó (o les sigue tocando), hizo
que quedaran vacunados contra la poesía.
Les recomiendo que empiecen a leer. Eso lo digo en alguno de los prólogos:
hay que rumiar la poesía; masticarla, volverla a leer.
También, que aprovechen en este mundo de las carreras y del afán,
para darle un tiempo diferente a la poesía. Es un tiempo en el que
uno para, se desacelera, se regala un poema y lo saborea como lector. Una
vez tocado el maestro por la poesía, se le abre el camino para tocar
a los niños.
Muchos maestros me dicen: -pero es que ni me oyen-. Aquí yo pienso
que uno debe ayudarse con ciertos rituales, sobre todo si hay niños
que no están acostumbrados a oír poesía. Tener siempre
la tradición oral. Toda la que quieran. Toda. No sobra. La que venga,
porque esa es la puerta de entrada a la poesía: el juego con las palabras,
las retahílas, las adivinanzas, los trabalenguas, las rimas, los sin
sentido, los estribillos de los juegos tradicionales... Todo eso, bienvenido.
Pero además, para irlos iniciando en la poesía de autor, creo
que uno puede utilizar una música que les ayude a relajarse, a distensionar
el cuerpo; poner incienso. Y aunque parezca un poco loco, es iniciar con
unos rituales que invitan a una disposición diferente para relacionarnos
también, de manera diferente, con el lenguaje, con la palabra, con
las imágenes. Hay que hacer mucho de eso.
Más adelante ya vendrán los análisis. Yo les diría
que lo único que deben hacer con el poema, es leerlo y disfrutarlo.
C.B.: ¿Tiene algún poema que la haya marcado en su vida? ¿En
su amor por la poesía?
B.H.R.: Hay muchos. Yo gocé haciendo las antologías porque
fue como recuperarme a mí misma.
Fue recuperar muchos poemas de la infancia en los que recordé a mi
papá que fue el que me inició en la poesía desde que
estaba pequeña. Él recitaba poesía por gusto; se sabía
todos los poemas de Juan de Dios Pesa y los de Jorge Robledo Ortiz. Se sabía
toda la poesía popular; saboreaba esa poesía y así me
la transmitía; me compraba libros de poesía y la leía
con nosotros. Eso para mí fue fundamental.
Algunos autores españoles también me tocaron mucho: Lorca,
Alberti. Más adelante, ya de grande, conocí a María
Helena Walsh y la disfruté muchísimo.
Hay un poema en la Antología de poesía colombiana para jóvenes
que dudé mucho antes de ponerlo. Está en la frontera en que
no sé si es buena poesía, pero que a mí me marcó en
mi adolescencia y es A solas, de Ismael Enrique Arciniegas.... Es un poema
totalmente dramático, pero yo me acuerdo que para mí fue lo
máximo. No sé qué les dirá a los jóvenes
de ahora. Es como cuando uno lloraba con los Galos. Ellos dirán: ¡que
horror! Pero yo dije: -ese queda-. Porque ese tipo de poesía así,
desgarradora y dramática, me gustaba mucho en mi adolescencia.
Otro poema que definitivamente me marcó, fue Margarita, de Rubén
Darío.
C.B.: ¿Ha pensado en una publicación de poesía propia?
B.H.R.: Yo tengo mucha poesía escrita. Tengo un libro hasta con título
que organicé a partir de una selección de todas las libretas
que tenía. Está inédito. De pronto algún día
me lanzo.
Sigo escribiendo, aunque es el género que mantengo en más reserva,
no sé por qué. De pronto porque creo que no alcanzo a dar la
medida de la poesía que está circulando y que yo considero
que es buena. No sé; no sé.
