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Lectura e infancia en contextos de pobreza
Ponencia de Graciela Bialet
presentada en el III Encuentro de Promotores de
Lectura, realizado en la Feria del Libro de Guadalajara, México, en noviembre
de 2005.

La siguiente ponencia de Graciela Bialet fue presentada en el III Encuentro de Promotores de Lectura, realizado en la Feria del Libro de Guadalajara, México, en noviembre de 2005. Alrededor de la pregunta, ¿Dónde están los lectores?, Ana Arenzana, (México), Yolanda Reyes, (Colombia) y Graciela Bialet (Argentina), compartieron con los participantes diversas experiencias de Promoción de Lectura que desarrollan en sus países.

Graciela Bialet, coordinadora del Programa “Volver a Leer”, de Córdoba, Argentina; promotora de lectura y autora de libros para niños y jóvenes, (Los sapos de la memoria; Si tu signo no es cáncer, entre otros), generosamente cedió este testimonio que conmoverá e inspirará a los lectores de Espantapájaros.

Datos surgidos del último informe sobre el estado del hambre en el mundo, realizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), revelan que en el mundo viven 852 millones de personas desnutridas.
Si bien las noticias más alentadoras provienen de América Latina y el Caribe, la única región en desarrollo que alcanzó su meta establecida para reducir el hambre de sus poblaciones lo suficientemente rápido, a ninguno de los presentes escapa que nuestros pueblos aún sufren este flagelo.

En mi país, Argentina, que bajó a 600 mil la cantidad de personas en esa condición en el período 2000-2002, de los 700 mil que registraba una década atrás (1990-1992), por ejemplo, en el 2004 todavía había un cinco por ciento de niños menores de cinco años que registraban bajo peso. O sea, y para ir personalizando el tema, que de los casi 3 millones y medio de niños argentinos de hasta 5 años, HOY 175.000 de ellos están mal nutridos.
Nuestra Latinoamérica padece la pobreza. Nuestros niños y jóvenes son los más perjudicados. Y nosotros acá, ocupados en que lean. Que coman, reciban dignamente atención y también que lean, claro.
Por eso, si vamos hablar de dónde están los lectores, si voy a hablar de ellos, decido llamarlos por sus nombres.

Voy a contarles de Anita

 Anita tiene tres años. Pasa al lado de una máquina expendedora de gaseosa y piensa “quiero coca”. Su padre es vendedor ambulante, vende trapos de rejilla a los automovilistas que se detienen frente al semáforo del shopping. Ella le ayuda, porque aun siendo más chiquita, le compran más rejillas que a su tata.

Anita tiene sed y desea beber Coca-Cola, pero se conforma con agua de la canilla pública del estacionamiento del shopping. Sabe leer Coca sin haberse enterado que la “C” se llama “ce” y que suena “C”, interpreta el significado de esas letras escritas que saben a refresco caramelo marrón, pero comprende muy bien que con agua es suficiente. Anita ha descubierto los propósitos de la escritura. Sí que lo sabe. Sabe que esos signos que algunos llaman letras dicen lo que hay dentro de esa máquina de gaseosa, que a cambio de una moneda (ay, si ella tuviera una moneda...) le daría coca. Pero no, Anita es muy inteligente, ha aprendido en la calle, trabajando, que la coca, con dos “C” no es para ella, es para los niños que ve jugando en el segundo piso vidriado del shopping, montados en una calesita llena de luces, caballitos y colores que brillan tanto, que cuando anochece iluminan la noche del estacionamiento.

En el libro Infancia y poder, Mariano Narodowski dice que los efectos de la globalización de las nuevas tecnologías y de la exclusión provocada por el modelo económico-social vigente, han llevado a la construcción de dos tipos de infancias bien diferenciadas: una infancia hiperrealizada, que tiene acceso a nuevas formas de pensamiento, fragmentario, yuxtapuesto -de video clip, podríamos decir en términos de imagen- que no es mejor ni peor que otros, sino distinto, y que conducen a modos de ejecutar acciones conceptuales que aun ni la psicología educacional y la evolutiva han terminado de descifrar. Una infancia que se sabe más astuta que muchos adultos que pretenden “pedagogizarla”, pues está más preparada y dispuesta que sus maestros a entenderse con y a través de las nuevas tecnologías informáticas. Sus modos de recolectar información y de leer, si bien están tecnológicamente asistidos por orientadores de sentido, son autogestivas en tanto requieren de estrategias volitivas para connotarlas y exigen del usuario-lector destrezas de selección que le posibiliten no perderse en un mar infinito de datos.

Esta infancia hiperrealizada (pobres niños ricos, diría Benedetti) ha incorporado y habitualizado a sus esquemas representativos los conceptos de precarización, consumo y mercantilización, asumiéndolos como modo de vida. Paradójicamente estos niños, capaces de infiltrarse en informaciones secretas de bases de datos informáticas supuestamente inviolables, son ignorantes o por lo menos inmaduros a la hora de sobrevivir sin protección adulta; de hecho, esta niñez y adolescencia hiperrealizadas son cada vez más extensas cronológicamente en cuanto a la dependencia vincular con sus padres, agudizado esto en nuestros países por la falta de oportunidades laborales y académicas.

Anita no pertenece a este tipo de infancia, sino a la otra. A una que coexiste mirando, desde la calle, inabordables juegos con láser. Ella pertenece al grueso grupo de los niños que engordan estadísticas de las ONU, UNESCO y de miles de ONGs; ella forma parte de esa infancia desrealizada que nos rodea a diario, esos niños y niñas que han quedado no solo afuera de las mieles de las nuevas tecnologías de la comunicación, sino de las más elementales de sus necesidades básicas cubiertas. Una infancia que se adultece a fuerza de intemperie y exclusión: primero -y cada vez más tempranamente- de su seno familiar, luego de la escuela y por fin de la sociedad. Una infancia que es capaz de sobrevivir en la calle pero que es incapaz de superar el primer ciclo de la escolaridad primaria. Sobrevivir en términos de vivir, crecer, drogarse, jugarse, dormir, hambrearse, amar, robar, congelarse, limpiar vidrios, enamorarse, compartir y hasta morir en la calle.

Estos chicos que no tienen un pelo de tontos a la hora de comprender el valor de la moneda, son los que la escuela dice que no pueden aprender a leer y a escribir. ¿Cómo es que Anita puede leer “coca” de un cartel y luego no podrá aprender a leer lo que la escuela le enseña? ¿Cómo es capaz de leer los signos y los metamensajes que su realidad social le imponen y no puede leer frases tan célebres como “El osito Matías come setas. ¡Es goloso!” (y ¡cuidado!, he extraído esta frase de un libro escolar vigente). ¿Será quizás que Anita no solo no tiene idea de lo que es una seta, sino que además su necesidades de todo, incluso de lectura, pasan hoy por hoy por otros lados?

Ahora voy a contarles de Santiago.

 Santiago tiene 13 años pero parece de 16. Él es amigo de mi marido, limpia los vidrios de nuestro auto todas las mañanas, a eso de las 8 menos cuarto, cuando pasamos apuradísimos de camino al trabajo. “Chau, abuelo” le dice cada mañana y le palmea el brazo cuando recibe su moneda matinal. Estuvo un tiempo enojado con mi esposo porque dejó de convidarle puchos luego que dejara de fumar (hablo de mi marido, porque El Laucha, así le llaman sus amigos de esquina a Santiago, sigue fumando como lo hace desde sus 8 años).
Santiago, El Laucha, es un chico de la calle. Desertó de la escuela en tercer grado. Se dio por vencido luego de repetir 1° grado tres veces, 2° grado dos veces y el 3° grado no lo completó. No había logrado aprender a leer.

El Laucha se “faneaba” (así se dice en mi país al aspirar cemento de contacto) en las alcantarillas de La Cañada hasta que una noche apareció en su vida Oscar Arias, un trabajador social de carne y hueso hastiado de ver chicos de la calle muriendo en las calles de Córdoba y se ganó el respecto de muchos de estos niños. ¿Cómo lo logró? Con afecto, con trabajo y con palabras que empezaron a plasmarse en una revista y en un proyecto que ya es realidad. Ese proyecto se llama “La luciérnaga” y consiste en producir una revista que luego los chicos de la calle ofrecen en las esquinas a todo humano que transita la ciudad. La revista ha comprometido el trabajo de estos niños que, para escribirla, producirla y venderla, han desarrollado competencias lectoras. Estos pibes que la escuela no pudo formar como lectores, se hicieron lectores en la necesidad de leer para poder subsistir. La lectura les salvó la vida, y no es una metáfora. Que ellos se sintieran “necesitados de aprender a leer” y que los “compradores” de la revista seamos lectores, es para ellos “su negocio”.

Santiago aprendió a leer en el marco de responder a reales necesidades de lectura. La revista refleja en todos sus números la manera de pensar y de sentir del chico de la calle. La revista tiene dos eslogan “Mendigar nunca más” y “Aparece cuando sale” en referencia a las posibilidades temporales de edición. Por esta razón, Santiago limpia vidrios entre un número y otro de la revista, porque trabajar es mejor que robar, nos dijo un día.

¿Cómo se enseña a leer a un niño desnutrido y abandonado a la buena de Dios? Se le enseña a leer con responsabilidad social… y con ternura, que es del único modo en que se leen los cuentos a los niños. Se les enseña a leer con paciencia y empezando siempre por lo que dicta el sentido común: averiguando qué necesita, qué desea leer y créanme, la poesía es siempre una buena aliada. Las nanas, las rondas, las retahílas, las canciones, las fórmulas, la lírica son una fuente permanente de regocijo infantil.

Los teóricos distinguen entre aprender a leer, en términos de descifrar el código lingüístico, y el formarse como lector, o sea incorporar como conducta habitualizada la práctica de la lectura. Son dos procesos cognitivos diferentes; subordinado el segundo del primero, pero no irremediablemente su consecuencia. Se puede aprender a leer y nunca llegar a ser lector. Y esto no depende directamente de la condición social del aprendiz, sino de su proceso de construcción como lector.
Por supuesto que los niveles de nutrición y el desarrollo emocional de los niños comprometen todas las áreas del aprendizaje y del conocimiento, los de la vida misma comprometen, y decirlo es casi una perogrullada, pero Anita y Santiago aprendieron los propósitos de la lectura mucho antes que las letras, a pesar de sus dramas de exclusión. Los niños pobres aprenden a viajar en colectivo (o camión) aunque no puedan pagar el pasaje.

La diferencia está dada por la actitud política que la sociedad, la escuela y los adultos, cualquiera de nosotros, asume frente a la democratización de la cultura letrada, o mejor dicho, a la formación de lectores, que es una práctica esencialmente cultural.

Pruebas a la vista las dan el estudio de los programas escolares con los que se educó durante el Siglo XX en Argentina, donde pueden observarse que cuando en mi país sus dirigentes necesitaron, en las primeras décadas, asimilar a la construcción de la Nación a miles de inmigrantes europeos, diseñaron un Programa de Lectura para “alfabetizar sobre el idioma y la cultura argentina” a estas legiones de italianos, árabes, judíos, polacos... Luego de los años 50 (interminables dictaduras...) no sólo desapareció ese programa de lectura sino que se borró el nombre de la disciplina (o espacio curricular, como se lo denomina ahora) que comenzó a llamarse lenguaje -a secas-, lengua, lengua oral y escrita, expresión lingüística... y así hasta el día de hoy. ¿Será que el proyecto dejó de consolidarnos, a través de la cultura y de la lectura, como Nación? ¿Será casualidad que en los últimos 50 años han venido siendo educadas generaciones de argentinos como decodificadores de letras lo suficientemente entrenados para lo instrumental de la lectura –leer carteles, fichas, textos instructivos... para ser buenos consumidores, bah - y no como verdaderos lectores que se comprometen, interrogan, comprenden, completan y dan sentido con sus pensamientos a la escritura propia y la de otros? Por algo los más variados verdugos del pueblo (con y sin charreteras) han quemado libros o cancelado miles de partidas presupuestarias a bibliotecas, o dando de baja cargos de bibliotecarios a medida que se van jubilando, o eliminado curricularmente la educación de lectores que requiere de bibliotecas escolares y de contenidos puntuales, apostando así al embrutecimiento de varias generaciones.
Este embrutecimiento adormece, atropella derechos humanos, y habilita a que niños duerman en la calle frente a la indiferencia de muchos.

Es que la lectura es peligrosa... porque un pueblo que lee elige, selecciona, y no sólo sus lecturas, sino a sus gobernantes, sus modelos de vida, etc. Aprende a pensar. Aprende a optar. Aprende a defender sus puntos de vista.

Por eso hay que ofrecer escenarios de lectura a los niños, y cuanto más pobres, más aun, porque la lectura es liberadora y nadie puede contener los procesos de pensamiento que genera en cada persona. Y cuando digo nadie nos incluyo a todos (hasta los profesores de literatura que siempre se saben lo que quiso decir el autor y coartan las infinitas reescrituras de un texto que cada lector produce).
Una vez escuché esta historia: Gandhi estaba dando una conferencia de prensa y solo peticionaba apoyo a proyectos culturales hindúes. Un periodista le reprochó que ellos tenían sus necesidades básicas insatisfechas, que necesitaban agua, leche, medicamentos... eran tan pobres. Y el Mahatma le contestó que precisamente porque eran tan pobres, no podían darse el lujo de perder lo único que poseían: su cultura.
Parafraseando esa genial respuesta, podría decirse que, precisamente porque son pobres y excluidos nuestros niños, es que hay que ofrecerles más y más lectura, porque la necesitan para salvar lo único que no pierden mientras viven: el alma y las posibilidades de revertir su situación.

El proyecto de “La Luciérnaga” es un contundente ejemplo de la lectura como salida posible. No es cierto que todo está perdido...
Es posible ofrecer lectura. Desde el Programa Volver a Leer que coordino en Córdoba, Argentina, realizamos varios intentos: hemos llevado bibliovalijas (donadas por oyentes de una radio cuya locutora colaboró con la idea) con libros, confeccionamos una manta, algunos almohadones, unos peluches y escondimos en cada valija algún objeto mágico que despertara curiosidad (la pata seca de un cangrejo, una llave vieja, una cajita con tornillos raros... incógnitas que pudiesen asociarse a los libros que ahí encontrarían) y las entregamos a potenciales lectores y mediadores: a escuelas rurales perdidas en las montañas, para que luego una la pase a otra y a otra; a jóvenes que trabajan en una villa de emergencia con niños marginales; a abuelos contadores de cuentos; a un comedor popular; y hasta, en carritos de supermercado, una biblioteca rodante para los pequeños enfermos de dos Hospitales de niños. No inspeccionamos qué hacen con esas bibliovalijas. Apostamos al descontrol que genera su uso. Claro, muchas veces se pierden en el camino las ganas y algunos libros, pero está bien, los libros están para que (al decir de Sartre) encuentren a su lector y sus caminos siempre son insospechados. Después de muchos años de trabajo (13, ya), sólo registramos la pérdida de un montón de libros y la ganancia de muchas experiencias de lectura que surgen a partir de allí, como la unos chicos de la Pampa de Pocho (en la alta montaña) que luego de la lectura de un libro iniciaron una radio escolar, o de un grupo de chicos rurales que copiaron la idea y generaron su propia biblio-mochila que cada quince días intercambian con la de otra escuela rural a través de un voluntario que ofrece su sulqui para el traslado; o mesas rodantes convertidas en bibliotecas de recreo.

En el Programa VOLVER A LEER trabajamos dentro y para el sistema educativo en tres direcciones:

  1. y la más importante, en el desarrollo de escenarios y prácticas reales de lectura;
  2. en capacitación y reflexión docente; 
  3. en el acercamiento a los bienes culturales, porque uno se para frente a los demás con lo que es y con lo que tiene adentro, y la lectura, intencionalmente fue descalificada política y socialmente como bien simbólico, y hoy nuestros docentes son aquellos educados bajo las consignas de valores de consumo en detrimento de los culturales.

Poder, se puede, no es cierto que todo está perdido.... todo depende de decisiones políticas, no solo de los funcionarios de turno, sino de cada uno de los adultos a quienes nos importa hacer algo por esta infancia de la calle y la otra, la hiperrealizada, conectada a juegos de violencia que espantarían al mismísimo Atila. Cuando un pueblo expulsa a sus niños al abandono está renunciando a su futuro. Cuando un pueblo se resigna a que le roben el derecho a pensar, que implica el derecho a leer, está hipotecando su casa, ya lo sabemos, lo hemos vivido y comprobado. Yo me resisto a que me echen de mi hogar, a que me quiten el país, que es la patria, que es mi paternidad, mis padres, mi simiente.  Somos de los que no podemos dormir de noche, sabiendo que hay un niño en la calle, a esta hora, exactamente (como dice el poeta Armando Tejada Gómez), por eso estamos aquí, porque es nuestro destino y nuestro desafío.

Importan dos maneras de concebir el mundo. Una salvarse solo, arrojar ciegamente los demás de la balsa y la otra, un destino de salvarse con todos, comprometer la vida hasta el último náufrago...” (Tejada Gómez, en Profeta en su tierra).

Por último les voy a contar dos historias breves.

 Una vez una maestra, de 2° grado, me invitó como escritora de literatura infantil, a una escuela a contarles cuentos a los chicos como una estrategia de animación a la lectura. La escuela es una escuela de las llamadas urbano-marginales. Muy pobre.
Estando ya en el aula con los niños, me llamó la atención que algunos niños: Gastón, Fede y Aníbal, tenían marcada una aureola roja en la cara. La maestra me comentó, con total naturalidad, que esas eran las huellas de las bolsas de nylon cuando aspiran fana. Yo casi me desmayo, pero no lo hice y leí varios cuentos. Al principio era un alboroto terrible, yo estaba tan dispersa como los chicos, pero a medida que la historia tendía su burbuja de ficciones, los chicos entraban conmigo dentro de ella y se respiraba un mundo nuevo.

Luego de los cuentos, me llevaron a la dirección, no porque me portaba mal sino porque era la escritora y me convidarían un café. Allí no pude contener mis lágrimas sintiéndome una idiota: ¿Qué hacía allí contándoles un cuento a chicos que se drogan a los 8 años? Pero la maestra, sabedora de los códigos de esta infancia desrealizada y confiada en el poder de la lectura me recompuso diciendo: “No seas necia, Graciela, estos chicos han sido niños durante media hora ¿Sabés lo importante que es eso?”

Ahora la historia de Erica. Es muy cortita y en realidad un homenaje.

 Erica tenía 7 años y era mi alumna en 1° grado, hace mucho. Ella vivía en la villa de Costa Cañada. Sus padres estaban separados. El padre era policía y residía en Catamarca. Su madre tenía un concubino que abusaba de sus seis hijos. Erica no era la excepción. Un día llegó a la escuela con los genitales quemados con brasas, ¿para borrar huellas?... el padrastro dijo a la policía que porque se orinaba en la cama. Un juez retiró a Erica y a sus hermanos del hogar y los asiló en un orfanato u hogar de protección al menor, como les gusta llamarlos ahora. Todos los intentos por adoptarla abortaron por mi imposibilidad de llevarme a los seis hermanos o a ninguno, según la jueza. Finalmente su abuela materna, una proxeneta, sí pudo retirarlos de allí e iniciar a Erica, a los 12 años en la profesión más antigua del mundo.

Erica amaba un libro de poesía: “El arbolito Serafín” de María Hortensia Lacau. Hace poco le regalé otro, uno de Galeano y compartiré con ustedes su favorito, dedicado especialmente a todos los que nos quieren hacer creer que leer es un lujo de ricos e intelectuales, que los niños son bobadas ñoñas de cotillón, que los chicos pobres solo necesitan bolsones de comida y que los que estamos preocupados por la infancia y la lectura somos utópicos... Pues que se enteren: Sí, creemos en la utopía de la lectura y la libertad, y como dice Mempo Giardinelli, vamos a reinventar la esperanza.


 

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