Nuevas Voces
En asuntos de lectura y escritura, los niños, las niñas y
los jóvenes vinculados a los talleres de Espantapájaros son
nuestros más calificados expertos. Por ello queremos incluir en este
boletín sus voces, sus criterios y sus textos, que son la razón
más poderosa para seguir apoyando la formación de nuevos lectores
y escritores.
Corazón de Pollo y Deseo de León
Por: Violeta Martínez Bohórquez
Este artículo es de Violeta Martínez Bohórquez,
quien a sus 15 años nos cuenta las vivencias como estudiante de
Noveno grado del Liceo Juan Ramón Jiménez y estudiante de
Piano del Conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia.
“Exámenes
de admisión para los alumnos que deseen
estudiar música y tengan conocimientos”
Esto fue lo que leí en el periódico, una mañana
nublada de abril. Ese anuncio era de la reconocida Universidad
Nacional de Colombia, pensé en que sería bueno presentarme
al examen, aunque la verdad no estaba muy segura de saber lo suficiente
y por lo tanto de pasar la prueba, pues mucha gente se presenta
y sólo había cupo para cinco aspirantes a piano.
Un poco ansiosa le comenté a mis padres sobre mi deseo
de presentar dicha prueba. Ellos estuvieron de acuerdo. Sin embargo,
mi papá me preguntó:
- ¿Estás segura? Pues él ya había
estudiado allí y había pasado por eso antes que
yo. Creo que él pensaba que yo no estaba segura de querer
ingresar al conservatorio, ya que el nivel de exigencia es muy
alto. No porque yo no fuera capaz, sino por el tiempo que debía
invertir para preparar mis clases tanto del colegio como del conservatorio.
Estuve estudiando un pequeño repertorio para grabar en
video y enviarlo, ya que en esto consistía la primera prueba.
En el debía salir interpretando tres obras que duraran
entre todas máximo diez minutos. Entonces manos a la obra,
al siguiente mes ya tenía listo lo tenía listo,
este consistía en una obra de Scott Joplin: “The easy Winners”, “La
marcha turca” de Mozart, un ejercicio mecánico de Hannon
y todas las escalas mayores con sostenidos. Grabé el video
y lo envié a la Universidad.
Poco tiempo después me enviaron unos papeles en los cuales
estaban los nombres de las jóvenes que pasaron el primer
examen. Lo leí muy impaciente pero segura de que no pasaría, ¡pues
habían mandado ochenta videos! Qué difícil
fue eso. Estaba pasando mi dedo por los apellidos y en la M vi
Martínez Bohórquez Violeta. Sentí cosquillas
en el estómago y una gran emoción que no pude disimular.
Iba para la segunda prueba, que consistía en tocar el
mismo repertorio pero esta vez ante un jurado conformado por tres
maestras grandes pianistas, maestras del conservatorio, maestras
del conservatorio.
Llegué ese día al conservatorio de la Universidad,
busqué el lugar donde me debía presentar. Ya había
empezado la audición. Esperé impaciente frente al
salón. Salió un niño, que estaba sudando
y no paraba de temblar, era obvio que estaba demasiado nervioso.
Luego entró una niña. Yo le grité desde afuera: “suerte”,
pues estaba tan nerviosa como el niño que acababa de salir.
Diez minutos más tarde salió con la cara completamente
desfigurada y cuando vio a su mamá se puso a llorar, diciendo
que le había ido muy mal y que no creía que fuera
a pasar. Mi mamá que estaba presenciando aquel conmovedor
cuadro le dijo a la mamá de la niña: ¡Abrácela,
consiéntala!. Después de ver al niño sudando
y temblando y a esta niña llorando, sentí un vacío
en mi estómago. Fue entonces cuando escuché mi nombre
que salía del salón, entré muy segura, toqué mi
repertorio y salí muy tranquila.
Cuando llegué a mi casa me di cuenta de que tenía
los brazos y el cuello brotados.¡¡¡ Me había
dado urticaria por los nervios!!!, luego el brote se subió a
los párpados y me duró dos días.
Pasaron dos meses hasta que por fin salieron los resultados de
las admisiones, fui ese día con mi mamá y mi hermana,
cuando llegamos mi abuela estaba allí y no parecía
muy feliz.
-Ya vi los resultados. Fue lo único que nos dijo.
Pensé que no había pasado y me dieron ganas de
llorar porque la primera vez que me presenté lo había
hecho sólo por probar. Pero cuando pasé el primer
examen mi interés por entrar aumentó fue por eso
que al ver la cara de mi abuela me sentí un poco triste.
Sin embargo no perdí las esperanzas. Quería comprobarlo
con mis propios ojos así que fui a mirar las listas. ¡No
podía creerlo! ¡Mi nombre estaba entre los cinco
admitidos a Piano!
Me demoré en salir de mi emoción, pues era tan
increíble aparecer en esa lista en la que de ochenta sólo
cinco habíamos pasado.
Transcurrieron otros tres eternos meses, yo estaba muy ansiosa
por entrar, por fin llegó el día y al cruzar la
puerta del conservatorio del que todas las personas hablaban maravillas,
escuché una serie de sonidos: trompetas, violines, flautas
y oboes. Había mucha gente la mayoría apresurada.
Busqué el salón donde tenía clase de gramática,
hasta que encontré el que se suponía que me tocaba.
Abrí la puerta y vi una cantidad de cabezas que se voltearon
hacia mí. Todas tenían entre 20 y 26 años.
El profesor, que estaba allí parado frente a la clase me
dijo muy dulcemente:
-¿Eres de esta clase?
No sabía qué decirle pues era obvio que no era
de aquélla clase, pero ese era mi salón. No dije
nada, simplemente cerré la puerta y me dirigí a
preguntarle a la secretaria que cuál era mi salón.
Ella me llevó a otro. Entré y la profesora me dijo:
-Llegas un poco tarde!, empezamos a las 3:00pm y ya son las 4:30
Quede más confundida que antes, pues se suponía
que mi clase empezaba a las 4:30, una vez más me di cuenta
que estaba en la clase que no era. No me importó, ya no
tenía sentido salir a buscar otro salón. Decidí quedarme,
pero cuando empezaron a hacer ejercicios de composición,
no entendía nada pues esta clase era de nivel universitario.
Al poco tiempo salí nuevamente a la secretaría a
preguntar por tercera vez, por favor alguien que me diga cuál
y en dónde queda el salón de mi clase de gramática.
Al siguiente día era mi primera clase de piano. Me imaginaba
a mi maestra viejita, canosa y regañona. Entré a
mi salón y vi a una señora de 50 años aproximadamente,
tenía el pelo negro y no tenía casi arrugas. Era
muy amable, quiso saber de mi vida, de mi familia, de mi iniciación
en la música, esto me generó confianza y ganas de
saber un poco de su vida, tanto a nivel personal como profesional.
Luego me dijo que tocara alguna pieza musical para saber en qué nivel
estaba, después hicimos el programa del semestre enseguida
me pidió un libro de ejercicios mecánicos que siempre
trabajan allá, yo lo llevaba en mi maleta, lo saqué y
ella lo abrió en la página 89. Me preguntó cómo
se llamaba mi papá y se dio cuenta que ella había
sido la maestra de piano de él pues en la página
estaba la fecha en la que ella le había puesto ese ejercicio.
Me sentía grande cada vez que iba a la Universidad. Luego
ya me empezó a parecer normal, pues habían más
niños de mi edad, eso le quitó un poco encanto y
de emoción al lugar.
A la siguiente semana entré finalmente a clase de gramática,
en el salón que era, a la hora que era y con la profesora
que era, y descubrí que mi maestra había sido compañera
de gramática de mi papá, sucedió con el maestro
de coro algo parecido, pues también tuvo algunas prácticas
con él. Todos mis maestros habían estado vinculados
de alguna manera a mi papá, y era increíble que
lo acordaran después de tantos años. Hasta sabían
qué había estudiado y cuándo se había
graduado. Pensé que tal vez en 20 años también
se acordarían de mi.
En las siguientes semanas conocí a mucha gente en mis
clases. Todos se habían iniciado en la música desde
muy pequeños y la mayoría tenían influencias
musicales en sus familias. Me sentía muy bien hablando
con esta gente, pues querían tanto la música como
yo. Mi visión acerca de ella había cambiado, la
veía de una forma más profunda y entendí que
esto de la música era todo un mundo maravilloso en el que
cada día aprendía y la quería más.
Es difícil creer esto: me enamoré de la música,
ya no era sólo un sonido agradable, se convirtió en
mi vida, me encantaba sentarme en el piano e interpretar una obra
de Beethoven, Schumann o Mozart. Al principio fue difícil
adaptarme a este ritmo de trabajo tan fuerte y agotador, pero
poco a poco fui aprendiendo a sacrificar algunas cosas que hacía
antes por estudiar piano.
A veces me sentía muy feliz, pero en otras ocasiones pensaba
que ya no podía seguir, era tanto el cansancio físico
y mental que sólo podía pensar que no alcanzaría
mis metas y eso me ponía mal. Gracias a toda la gente que
me apoyó, y al gran amor que le tengo a la música,
pude salir adelante aún cuando sentía que no podía
seguir más. Otras veces me sentía muy feliz. Aprendí mucho
de las personas que estaban a mi alrededor, y quise saber qué sentían
cuando interpretaban su instrumento. No era fácil responder
eso, pero lo que me dijeron en general fue que sentían
una gran emoción por dentro, que sentían felicidad
y disfrutaban escuchar el hermoso sonido que producía su
instrumento. Me hicieron esta misma pregunta y fue difícil
describir lo que siento al tocar piano, me concentro sólo
en el sonido, no me importan las personas que me están
escuchando. Una gran alegría invade todo mi cuerpo y mi
ser, sólo pienso en la música y cuando termino de
tocar siento una felicidad que no puedo explicar. También
le pregunté a mis amigas del colegio qué creen que
siente un músico cuando interpreta su instrumento, dijeron
que el lugar se llenaba y el sonido las hacía sentir muy
bien, no podían imaginar qué sentía el músico.
Un día quise preguntarle a mi maestra de piano por qué había
decidido estudiar piano y ella respondió que este era un
instrumento con capacidad de producir sonidos muy fuertes y pianos,
que era uno de los pocos instrumentos, yo diría que el único,
que puede hacer la melodía y la armonía de una obra.
Me contó que desde los cuatro años empezó a
estudiar piano porque a sus papás les gustaba la música
clásica. También le pregunté por qué quiso
ser maestra, dijo que le gustaba enseñar porque así podía
transmitirle a sus alumnos el amor que ella sentía por
la música. Y me dio un consejo: “Persevera y verás
que alcanzarás tus sueños, si amas la música
podrás lograrlo. Deberás sacrificarte y tener una
disciplina, pues esto requiere de un rigor muy grande”
Un día normal, en el que tenía clase de coro como
todos los miércoles, vi a un amigo que no paraba de llorar.
Un círculo de personas lo rodeaban tratando de saber cuál
era su problema. Esperé a que se acabara la clase para
preguntarle por qué estaba así, me acerqué a él
y cuando me vio empezó a contarme. No le entendía
nada pues estaba muy agitado, cuando se calmó me dijo que
su maestra de piano lo había hecho sentir muy mal porque
no había estudiado. Se notaba que el regaño había
sido muy fuerte porque estaba muy mal, creía que en realidad
no sabía tocar piano y era un inútil. Me preocupó esa
situación, pues no podía creer que una maestra fuera
tan dura. El resto del día no pude evitar pensar en eso,
y al fin llegué a una conclusión: los maestros querían
exigirnos mucho porque sabían que éramos capaces
de crecer musicalmente y eso tenía sentido, pero yo no
entendía por qué los maestros creían que
tratar mal a alguien era exigirle. Me di cuento de que el miedo
era algo que sentían muchas personas, llegar a una clase
de instrumento a veces producía temor, ¿Por qué?
No lo entiendo, la música es para sentirse bien, feliz
y no para generar temor en las personas.
El resto del semestre fue normal, aunque los últimos días
fueron agotadores. Estaba preparándome para el examen final,
del que dependía mi estadía en el conservatorio,
pues si perdía el examen de piano no podría continuar.
Estudié como nunca antes lo había hecho. Todos los
días de cuatro a cinco horas. Por fin llegó el día
del examen para los alumnos de piano. Me desperté a las
6:30 am y estudié una hora. Mi papá me acompañó,
llegamos al conservatorio y aún no habían empezado
los exámenes. Metí las manos a los bolsillos del
saco que llevaba puesto, las tenía frías y así no
podía tocar. Llegó una de seis maestras que sería
jurado. Más tarde vi a mi maestra quien me preguntó:
- ¿Estas preparada?
Afirmé con la cabeza y una gran sonrisa. Al fin llegaron
todos los jurados y entraron al salón en el que se haría
la prueba. Salió Ángela Rodríguez, una maestra,
quien me había hecho el primer examen de piano. Preguntó si
había un voluntario para que presentara la prueba. Todos
nos quedamos callados, unas cuantas sonrisas nerviosas salieron
de la boca de algunos, yo como una gallina asustada me escondí detrás
de un muro que estaba cerca al salón. Al fin un niño
de más o menos trece años, entró. Al cabo
de un minuto salió. Nadie sabía qué había
pasado, pues no era posible que la prueba hubiera durado tan poquito.
De nuevo salió Ángela y dijo que debía entrar
un alumno de Piedad Pérez, mi maestra. Yo me quedé callada,
pero me di cuanta de que era la única alumna de ella, así que
tuve que entrar. Esta vez si estaba muy nerviosa, no paraba de
temblar. Saqué mis mano, que ya estaban calientes, de los
bolsillos, pero cuando las puse sobre el teclado del piano se
volvieron a enfriar. Toqué las escalas mayores con sostenidos.
Dos ejercicios de Czerny, la invención número 4
de J. S. Bach en re menor, una pequeña sonatina y una vals
de Burgmüller. Cuando terminé, cada maestra escribió la
calificación y me dijeron: “Gracias, espera afuera que
ya te decimos tu resultado”. Salí, aún no paraba
de temblar. Mi papá me dijo que lo había hecho muy
bien, yo no le creí y le dije que sólo lo decía
para animarme. Me explicó que él lo había
oído todo y dijo:
- Yo creo que te ubican en el nivel dos o tres.
Sólo quería pasar, no me importaba en qué nivel,
aunque me imaginaba que quedaría en el nivel uno pues todos
lo que ingresan entran a ese. Por fin se abrió la puerta
del salón, y mi maestra me llamó. Entré y
sólo dijo:
-Te ubicamos en básica tres
No podía creerlo, me alegré mucho pues había
pasado definitivamente el semestre de prueba. Me dio el programa
para el siguiente semestre, lo debía preparar en vacaciones.
El 21 de Diciembre de ese año era mi examen final de coro.
Teníamos un concierto en el auditorio: “León de
Greiff”. Cuando me paré en el escenario con el resto del
coro, me sentí bien, por fin estaba en aquel lugar en el
que siempre había querido estar. Nunca había visto
el auditorio desde allí, siempre estaba en el público.
El concierto fue todo un éxito. Al final de la noche me
despedí de mis todos mis compañeros, un poco triste
pues algunos no continuarían el siguiente semestre porque
habían perdido el examen de su instrumento. Esa noche llegué a
mi casa a las 12: 30 pm muy cansada. Antes de dormir, me quedé sola
y pensé que hasta ahora comenzaba a luchar por mi gran
meta: ser una pianista concertista...
“Otro día más” Pensé cuando recogía
mi maleta del piso de la ruta del colegio, me la puse y como todos
los días me despedí de Jenny y Armando, pues ya
habíamos llegado a mi destino: la Universidad Nacional.
Todavía no me había despertado del todo, apenas
podía coordinar mis piernas para que bajaran las escaleras
del bus. “¡¡Desalojen, desalojen!!” No había
terminado de bajarme cuando escuché estos gritos. Un hombre
que tenía la cara tapada con una pañoleta azul me
amenazó con una papa bomba, aunque yo no sabía lo
que era, pues no fui capaz de ver con qué me estaba apuntando. “¡Desaloje!” fue
lo único que gritó mientras me halaba del brazo
hacia fuera del bus. Miré al conductor desde abajo, el
hombre que me había bajado lo estaba amenazando con la
misma papa bomba con la que me amenazó a mí. Armando
estaba muy asustado, lo noté en su cara. Jenny, la coordinadora
de la ruta, les dijo a todos los niños que se bajaran.
En la calle había como 10 hombres con la cara tapada. Empezaron
a lanzar papas, sonaban muy duro y me asusté... Mariana,
una niña del colegio quien se bajó después
de mi, también iba al conservatorio me miró y dijo: “¿Qué pasa?” lo único
que pasó por mi mente fue correr así que le dije: “¡¡Corre!!” Nos
fuimos por el puente peatonal de la calle 45. Mucha gente corría
en el mismo lugar hacia la misma dirección, los vendedores
ambulantes trataban de recoger su mercancía, las personas
por la prisa pisábamos sus cosas: CD's, aretes, collares,
etc. Antes de llegar al otro lado del puente, miré hacia
abajo y vi cómo quemaban mi bus. Fue horrible esa escena,
no sabía qué pensar, estaba confundida porque no
me explicaba por qué quemaban un bus escolar si los niños
no teníamos nada que ver con sus protestas; asustada porque
fue algo muy intempestivo y a la vez agresivo. Sentía además
mucha rabia al ver que hay personas que hacen eso y les echan
la culpa a los estudiantes. Al vivir esta situación volví a
decirle a Mariana: “¡¡Corre!!”
Cuando llegué al otro lado del puente, la situación
se empeoraba. La gente gritaba insultos contra los terroristas.
Recuerdo mucho esa escena: mientras miraba las llamas que se encendían
dentro del bus vi llegar las tanquetas antimotines de la policía,
se bajaron muchos hombres de allí con trajes negros y máscaras.
Empezaron a lanzarles gases lacrimógenos a los terroristas.
Olían muy feo y me hicieron arder los ojos.
Seguí corriendo hasta una tienda, llamé a mi mamá.
Mientras marcaba los números veía cómo mi
mano temblaba. “Estoy bien, no sé si todos los niños
alcanzaron a bajarse del bus” “¿Cuáles niños? ¿De
qué bus me hablas? ¿Dónde estás?” Me
respondió. Pensé que mi mamá ya se había
enterado de todo lo que había pasado, pues recibí una
llamada suya en el momento en que estaba pasando por esa situación
y no pude contestar, pero con sus preguntas me di cuenta de que
no tenía ni idea de las circunstancias. Le conté todo,
cuando terminé mi narración me dijo con una voz
muy preocupada: “¿Dónde estas?” “No sé, en
una tienda” Miré la nomenclatura de una casa. “En la 27
A con 44” La abuela de Mariana vivía muy cerca de allí,
así que nos dijo que camináramos como 5 cuadras
y allí nos encontramos. Le dije esto a mi mamá.
Después de hablar con ella me dieron ganas de llorar, pero
Mariana estaba más asustada que yo entonces pensé que
mis lágrimas la angustiarían más, así que
me contuve. Mientras caminábamos hacia la casa de los abuelos
de Mariana, mi papá me llamó, me preguntó la
dirección de la casa donde iba a estar. Muchas personas
me llamaron preocupadas... Cuando llegamos a la casa de los abuelos
de Mariana vimos el noticiero en el que salió durante dos
segundos la noticia que para mi fue una eternidad.
Aunque suene increíble aún seguía temblando.
Cuando mi papá llegó por mí me abrazó y
me preguntó si estaba bien. Yo no sabía qué responderle,
estaba bien físicamente pero en mi mente había una
gran confusión.
Llegué a mi casa y mamá también me abrazó como
si me hubiera ido a vivir 20 años a la China. El teléfono
no paraba de sonar, todo el mundo quería que contara mi
versión de lo ocurrido, repetí la historia como
15 veces. Más tarde, cuando el teléfono ya había
dejado de sonar y sólo se escuchaba el viento golpear la
ventana abierta de mi cuarto, sentí que aquel no había
sido “otro día más” como pensé cuando recogía
mi maleta.
Aún después de tanto tiempo no he podido entender
la razón de lo que pasó y me pregunto por qué las
personas son a veces indiferentes ante situaciones como estas.
La gente que uno cree que debería estar acompañando
estos acontecimientos en ocasiones se ha descuidado y no se ha
acercado a preguntar qué piensa uno cuando le pasa una
cosa de estas, qué siente... en fin. Las noticias le dan
más importancia a la sección de farándula
que a las calamidades que ocurren en muchos pueblos. Nunca he
sido indiferente ante la situación de violencia en nuestro
país, pero ahora la entiendo un poco más, tal vez
porque la viví más de cerca. Me preocupa lo que
pasa con muchas familias de campesinos que son sorprendidos por
terroristas quienes les quitan sus casas o los matan sin mayor
explicación...
Septiembre de 2004
Violeta Martínez Bohórquez
15 años
Estudiante del Liceo Juan Ramón Jiménez,
Noveno grado.
Estudiante de Piano del Conservatorio - Universidad Nacional
de Colombia
