Voces.
Por: Lina Mendoza Lanzetta
En los laboratorios de animación a la lectura que Espantapájaros
realiza semestralmente, los participantes escriben. El siguiente texto nos
lo ha regalado Lina Mendoza. Ella nos narra desde su experiencia lectora,
las voces que la han acompañado contándole historias y abriéndole
puertas en este camino de ser lector que nunca termina.
Lina estudió literatura en la Pontificia Universidad Javeriana y
trabajó como bibliotecaria en el colegio Los Nogales.
Mi proceso durante los últimos meses ha sido similar al de un espectador
que, después de tener los ojos clavados fija y pacientemente en millones
de puntos-al parecer aleatorios-, descubre ante sus ojos una maravillosa
imagen 3D que da sentido a cada una de las manchas que componen el cuadro.
Tal vez los Griegos fueron sabios al creer en el Destino; yo, por mi parte,
me siento inclinada a hacerlo al enfrentarme a una cadena de elementos (ya
no tan fortuitos) que me condujeron a ser lo que hoy soy.
Es difícil encontrar aquel primer eslabón que me condujo a
los libros, pues así como recuerdo las lecturas de noche en voz de
mi mamá -entre las que rescato con delicia a Minizurumbullo y el dulce
de icaco-, también están aquellas que durante el día
traía a la vida la voz de ese enigmático personaje que fue “María
C” para nosotros los nogalistas: esa mujer que nos sentaba sobre cojines
para leernos apasionadamente un libro, primero en un inmenso estudio en Suba
en el que el piso craqueaba con cada paso, y luego en un sótano (desapacible
para muchos adultos) en donde su voz daba vida a millones de mundos y personajes
que nos llevaban lejos o cerca de lo impensable, negaban el tiempo y convertían
la realidad en fantasía.
Qué tanta casualidad puede haber sido dentro de todo este proceso
el hecho de que el nuevo local para la oficina de mi mamá hubiese
quedado justo encima de una librería, en ese entonces una librería
como cualquier otra, no lo sé. Lo que sí sé es que allí también
se desató una parte importante de este proceso: cantidades de libros
que recompensaban detestables citas a la dentistería y largas jornadas
frente a un computador jugando solitario a la espera de que mi mamá saliera
de trabajar. Poco a poco mi cuarto se fue llenando de historias y de imágenes,
dando forma a lo que hoy en día es mi bienamada biblioteca: Roald
Dahl, Michael Ende, Christine Nöstlinger, Malcolm Bird, Collodi, Carroll,
entre muchos otros. Paulatinamente mi cabeza se iba llenando de voces, sí,
voces que creaban silenciosos murmullos de más allá, mundos
racionalmente inexistentes pero posibles, que se convertirían en mi
compañía.
Independientemente de a qué etapa o dirección de la genealogía
de mi lectura perteneció cada una, mis oídos siempre estuvieron
acompañados de una voz, un lector que daba vida a esa supuestamente
inerte existencia que estaba plasmada en las páginas de un libro;
como si fuera música de radio, las voces de esos personajes y narradores
quedaron grabadas en mi memoria y yo no lo sabía.
El tiempo pasó y seguí leyendo desaforadamente; era y es para
mí una necesidad vital consumir letras, palabras y sonidos, y cuando
no lo hago tengo la sensación de estar deshidratada: la privación
de la lectura resulta sinónimo de estar tan seca como una uva pasa.
Atrás quedó esa voz lectora, ese delicioso canto, y comencé yo
a leer, de todo, por aquí y por allá, y por eso cuando llegó el
momento de entrar a la universidad nada tenía más sentido que
estudiar literatura: opté pues por la lectura como mi opción
de vida; “la carrera de las letras sería la mía”,
como dirían en la época de Don Quijote. Se abrieron ante mí cantidades
de estudios teóricos y cuestionamientos en manos de académicos,
problematizaciones de temas y personajes, realidades que en ésta y
otras épocas eran utópicas o revolucionarias. Pienso ahora
que no en vano me obsesioné con trabajar el narrador, aquel que cuenta,
que escribe, que lee; aquel que da su voz al relato.
Fue entonces cuando entendí que para algunos de nosotros la literatura,
la lectura, las letras, son la única salida y la única entrada
al mismo tiempo; son una necesidad de vida, el poder llegar a conocer y a
sentir más allá de lo que alcanza a experimentar nuestro propio
cuerpo en la época que nos tocó vivir. Mi mamá alguna
vez me dijo que le preocupaba que los lectores compulsivos “se dedicaran
a vivir otras vidas y dejaran de lado la suya”; y aunque en ese entonces
refuté enérgicamente dicho argumento, hoy pienso que tiene
un poco de razón: el arte nos ayuda a vivir todo aquello que nos es
prohibido, plasma aquello que no debe ser olvidado y busca dejar huella para
que otros conozcan.
Mejor aún: con mi tesis de grado (a pesar de haber trabajado un contexto
poscolonialista y posmodernista en la India de Salman Rushdie, esto aplica
para cualquier ser humano de nuestros días) entendí que el
hombre se ha construido a sí mismo (a lo largo de la historia y hasta
hoy día) a través del arte, se ha definido a través
de las palabras, los trazos y las notas, pues es allí donde se permite
a sí mismo presentarse como se ve, cree que es o quiere ser. Porque
así como algunos autores dicen que con cada palabra dejan parte de
sí mismos en el papel,
los lectores nos encontramos cada vez más cerca de nosotros mismos
en esas palabras que leemos.
En otras palabras, el acto de lectura termina siendo un acto de escritura,
de autobiografía, de autodefinición. Esas frases que subrayamos
o que releemos, esos personajes que conocemos como si fuésemos nosotros
mismos, esas historias que parecen nuestra propia vida; esos también
somos nosotros. Esa obra de arte, esa novela, no sólo es escrita por
el autor sino que realmente es el autor o el lector pues son ellos los que
se encuentran a sí mismos allí dentro.
En este taller, al cual también llegué por sutiles movimientos
del demiurgo, he podido mirarme con distancia y entenderme: no tengo alumnos
ni hermanos pequeños, mucho menos hijos, por lo que mi conejillo de
indias he sido yo misma, intentando desesperadamente entender por qué a
cada libro que Yolanda menciona hay un movimiento afirmativo de mi cabeza,
por qué en el fondo de mi memoria están grabadas todas esas
poesías y canciones, por qué conozco los innumerables juegos
de palabras y por qué existe una relación tan fuerte entre
toda esta teoría y mi propia vida. En más de un momento he
sentido que soy el dibujo o el ejemplo de un libro para la promoción
de la lectura de autoría de Espantapájaros, pues todo encaja
tan asombrosamente que es por eso que digo que no todo puede ser cuestión
del azar. Sobre todo porque, el asentir desde las entrañas a las múltiples
afirmaciones o explicaciones “teóricas” me ha llevado
a cuestionar ese hado que me ha convertido en un lector de profesión.
Porque releyendo La abuelita de arriba y la abuelita de abajo escuché,
luego de años de no hacerlo, una voz distinta de la mía en
mi cabeza. Eso mismo pasó entonces con Sapo y Sepo, el Búho,
Roald Dahl, Frederick, en fin....una mágica fusión entre al
pasado y el presente, una voz de alguien más que alguna vez leyó para
mí y que desde entonces habita silenciosamente en mi cabeza. No he
podido dejar de pensar en ello desde que ocurrió, por lo que esta “tarea” se
ha convertido en un gran signo de interrogación que persigue cada
uno de mis pasos: gracias a estas últimas 9 “clases” llegué a
entender por qué para mí las imágenes están siempre
en un segundo plano, por qué cambio mi primogenitura -no por lentejas
sino- por una deliciosa voz que me lea una historia mientras tengo
mis ojos cerrados, por qué mi cabeza a veces pareciera habitar el
lugar donde viven los monstruos.
Resulta que yo me he construido a través de la lectura, he visto
más de una bruja de las de Dahl en la calle, una que otra vez me ha
crecido la nariz, alguna vez me dolió el estómago como a Franz,
alguna noche soñé con poder tener un hada madrina, creo haber
conocido los hombrecitos grises, me he enamorado como Emma Bovary, me he
comportado como un cronopio, tengo un papá tan loco como Don Quijote
de la Mancha y creo que a veces soy víctima de los incasables juegos
de los dioses griegos. Porque gracias a esas voces que leyeron para mí días
y noches, la literatura tiene vida propia; los personajes están tan
vivos como yo o, incluso, yo puedo llegar a ser parte de alguno de esos cuentos.
No en vano esa caricaturización de voces de la que hablábamos
con María José es el primer paso para dar vida a personajes
tan terribles como la peor señora del mundo; esa etapa en la que todos
hemos descubierto que así como sucede con nuestros papás y
los vecinos, cada personaje literario tiene una voz diferente, pues cada
uno existe independientemente de los demás. Esas voces que leyeron
para mí me llevaron a crear un espacio y una vida para cada uno de
los siete enanos, me hicieron entender que Aureliano Buendía está tan
vivo como cualquiera de mis tíos y que cada libro encierra un mundo
propio que es tan válido como el mío. A eso mismo se refería
Oscar Wilde cuando en su Decadencia de la mentira dijo que la niebla no existió para
nosotros los humanos sino hasta el momento en que los artistas la resaltaron
en sus cuadros; pues el arte no sólo existe sino que también
crea en nosotros a pesar de ser nuestra propia creación. Por eso Caperucita
tiene una vida independiente de la de Perrault y Cándido de la de
Voltaire, y yo tengo parte de ambos en mi propia sangre. Porque somos todos
independientes pero uno sólo, declaro mi existencia y mi profesión
la de un lector consumado, que hoy en día encuentra indisoluble su
identidad de la de los personajes de Camus y de Kundera, de la magia de Salman
Rushdie y de la pequeña Alicia.
Tengo fe ciega en que la lectura hace más felices y mejores a las
personas, pues los enfrenta al bien y al mal, a los dioses y a la muerte.
Creo que no sería yo la misma
persona si no hubiese dado con mi mamá, con María C y con Espantapájaros,
a lo mejor en este momento no conocería a Momo y no se me aguarían
los ojos cada vez que veo el tren. Pienso que la lectura y las voces
nos nutren, nos hacen más sensibles al mundo, nos ayudan a apreciar un canon, a Bach, a
Picasso, a Virginia Wolf, pues nos abren la cabeza, nos enfrentan a otras
vidas, a otros dilemas, dicen lo que no podemos decir. Tal vez no sea entonces
la voz de nuestra conciencia la que habla, sino la de algún lector
o autor consumado que nos llegó al alma.
Tal vez por todo esto, y después de haber pisado la empolvada y erudita
academia, disfruto más que nunca cuando Yolanda nos lee a Roald Dahl
en voz alta, me inclino hacia la lectura para otros, hacia la sensibilización
a las voces. Porque más allá de un Roland Barthes o un Michel
Foucault, hay en mí una innegable prueba de la efectividad de esa
voz antes de caer en brazos de Morfeo, esa que nos cuestiona y nos divierte
entre madre o padre e hijo, esa que acerca al niño a la idea de que
su profesora no lo atormentará como sucedió con Matilda, y
esa que le quedará grabada para cada momento de silencio en su vida
adulta. Porque ojalá cada uno de nosotros pudiera recitar Los versos
del capitán mientras subimos en el ascensor, recordar “Las cosas” de
Borges mientras montamos en bus o paseamos al perro; esas voces que llevo
en mi cabeza me ayudan a encontrar el silencio del lector.
Alguna vez mi primo (quien siempre sale con teorías loquísimas)
me dijo que había leído en algún lado que “cuando
uno deja de oír esa vocecita que oye en la cabeza mientras lee, es
porque está más allá de cualquier cosa en la vida”.
En ese momento no le puse mucha atención, creo que no entendí las
dimensiones de su “dato curioso”. Hoy en día le respondería
con ímpetu que aquel que deje de oír esa vocecita es porque
nunca la tuvo, porque no leyó o no le leyeron, o porque tal vez la
lectura aún no está tan viva en su cabeza como podría
estarlo. Esa vocecita no es, entonces, sólo un eco del grafema sino
más bien, una chispa de vida, una manifestación de movimiento,
de independencia del personaje con respecto al papel. Esa vocecita no sería,
entonces, Dios ni nuestra conciencia sino, mejor, la voz que narra silenciosamente
las vidas-leídas
que todos llevamos dentro.
Es ésta la imagen que apareció ante mis ojos después
de observar pacientemente (durante años) los puntos del cuadro.
Lina Mendoza Lanzetta
